jueves, 21 de mayo de 2020

Música para desvelados

bibliotecas como cementerios de libros como lápidas con títulos como epitafios para difuntos de voces vivas, llameantes o cantarinas como arroyuelos.  Y los silencios blancos entre sus líneas 7  eran para el inspector un

7 La autora alude con un guiño a su peculiarísima relación con un locutor de radio que transmitía dos horas de boleros cinco noches a la semana. Cuando Ariza llamó a la emisora para solicitar una canción, Zagal, el locutor, que llevaba años escuchando las voces sin rostro de los radioescuchas y era desde joven propenso al romanticismo, le confesó -fuera del aire- experimentar aleteos en el estómago al escucharla. En verdad, lo que sintió fueron cosquilleos en el bajo vientre y nuestra futura escritora lo comprendía en su propio cuerpo desde que lo oyó por primera vez en un taxi rodeado por una noche lluviosa. Se dieron a intercambiar llamadas en las que era palpable "el elefante en la habitación", como se dice. Ninguno se atrevía a proponer el verse cara a cara, mas no por el juvenil apocamiento del enamorado, sino por la certidumbre de que su incipiente romance terminaría en cuanto conocieran los rostros tras las voces, cual desencantada culminación de un baile de máscaras. Acordaron un sitio para depositar y recoger sus largas epístolas -al igual que un horario para prevenir un encuentro fortuito- a fin de ignorar sus domicilios particulares y evitar buscarse. Y siendo sus palabras lo único que tenían el uno de la otra, se aseguraron de vertir su auténtico ser en cuanto se comunicaban, ya fuera oralmente o por escrito; despojándose de  muletillas y frases meramente consuetudinarias, formalidades vacías; eludían los circunloquios y los temas baladíes, referentes a las cosas que a ninguno interesa pero que son tránsito obligado para llegar a la franca confidencia. En suma, se despojaron de toda letra muerta, como quien se apresura a desnudarse al ver clarear el Día Final. Él hizo una lista de sus palabras favoritas -fonéticamente- para oírla leérselas, y ella le pidió que le recitara los poemas de su puño y letra, sueños en voz alta de lo que anhelaba oír a un hombre decirle sin ambages. Peroraban en otros idiomas sin que el hablante mismo supiera lo que decía. Quisieron oír cómo sonaban sus voces inflamadas de ira, trémulas de miedo o deseo, suplicantes, llorosas y de hinojos. Se rugían y jadeaban obscenidades que iban desde vocablos procaces hasta maratónicas descripciones, de minucioso acabado, sobre cómo se deleitarían abusando física y emocionalmente la una del otro. Y tras este sudoroso intercambio verbal, este copular de sus voces, se sentían más sucios, irreconocibles y vivos que si sus cuerpos se hubieran revolcado en el suelo, cuales niños o animales.  Pero había un límite: nunca describían sus apariencias. De sobra comprendían que su relación se cimentaba en la mutua ceguera, ese lienzo negro como un universo de posibilidades infinitas, donde el retrato de ambos no cesaba de variar. A veces, él era un mongol requemado por un sol agreste, o un campesino caucásico, robusto y barbado. Ella podía tener ojos rasgados, pómulos altos y tez aperlada, o ser una africana de labios gruesos y curvas como cimas. Lo mismo aplicaba para los rasgos generales de sus vidas, aquello que delineaba los relieves de sus existencias como la silueta de un eclipse: con quién y en qué barrio residían ahora y anteriormente, quiénes eran sus amigos, sus lugares de esparcimiento y sus medios de transporte, adónde y para qué viajaban, cuáles eran sus indumentarias en la calle y el dormitorio; todo aquello, pues, que era sólo circunstancial, todo cuanto el mundo había elegido para ellos y que sólo creían haber elegido -como la ropa, no confeccionada por ellos sino adquirida entre una variedad limitada e impuesta por la moda del tiempo que les tocó vivir. Cierto, sus voces eran también circunstanciales, hereditarias, pero mucho más flexibles y fértiles de ellos mismos que sus aspectos. Entre sus omisiones, estaba el acuerdo lo que procedería en caso de  conocer a alguien más. Y así le ocurrió a Zagal, quien, en vez de dialogar con su "voz gemela", se limitó a detallar a la recién llegada la situación en que lo hallaba. Tras meditarlo una noche, ella decidió que podía aceptarlo como quien acepta el probable recuerdo indeleble de una "ex" en la mente de su pareja. Cuando él se preguntó a sí mismo si debía presentar formalmente a ambas, se dijo que "la primera" no necesitaba enterarse de que "una segunda" se había mudado a su casa dado que esto era parte de su vida exterior y aparente. Ni siquiera se preguntó a cuál de las dos estaría dispuesto a dejar ir de suscitarse un -esperado- conflicto pues le pareció una hosquedad propia de comerciantes el recurrir a la balanza para valorar lo invaluable. Pero Ariza advirtió los súbitos accidentes geográficos en su voz  y los incómodos silencios en las entrelíneas de sus cartas: un encogimiento, una inhibición en el discurso de los que él mismo no era consciente -como el que no es consciente de su rostro delator- y que se agravaron cuando su nueva compañera comenzó a encelarse y a reprimir su disgusto para no desdecirse de su convicción primera. Hasta que al atardecer de un mal día de trabajo, estalló en reproches y se lamentó de que "una desconocida lo conociera mejor que la mujer que conocía sus olores y sus defectos". El declive hacia la separación fue suave y parsimonioso, como la distancia que se formó entre ambos, hasta que ella se convirtió en un puntito y desapareció. Un punto final de cuyo episodio optó por no discutir con Ariza, pero no porque hablar de ello avivara la herida -pues no había tal- sino por considerarlo un tema de conversación más digno de sus colegas y conocidos del trabajo, e incluso del vendedor de periódicos afuera de la estación; es decir, algo perteneciente a la superficie de su vida. Mas la mujer al teléfono se percató de su restablecimiento e inquirió: "¿estuviste enfermo?" Él se sintió asaltado y como el que reconoce su propia voz en una grabación. "Tuve dudas", confesó para no mentirle ni entrar en detalles. "¿Y... ya se te pasaron? Porque te duraron meses, casi un año." Se vio arrinconado por esta intromisión en su fuero interno antes de ofenderse y sentirse como un estúpido por su reacción ante lo que románticos incurables como él esperan precisamente de la vida: alguien capaz de entenderlo y conocerlo a fondo. No halló otro deshago que enfadarse con ella: "¡para qué te lo dije...! ahora no vas a dejar de mencionarlo cada vez que puedas usar tu comodín... pero al menos yo fui sincero... ¿yo qué sé de ti?¿cómo sé que no hay un hombre en tu cama, o una mujer?, ¿cómo sé que no hay alguien en otra línea escuchándonos para excitarse?" "¿Y por qué no me lo preguntas?¿Tienes miedo? ¿Te da más miedo enterarte de mi vida o que te mienta y ni siquiera lo sospeches porque después de todo lo que sabes de mí todavía no me conoces?"  La discusión arreció como un abrupto e imparable descenso que él no se atrevía a interrumpir colgando la bocina porque entonces tendría que ser él quien esperase a que ella lo llamara, conciliadora, pues de hacerlo él tendría que volver como un arrepentido despojado y mendicante; y en esos momentos intensos se desahogaba como un dios desatado que destruía lo que aún quedaba de su devastación. Pero al final colgó de un golpe. 
Aguardó semanas, meses. Quebrantado, la llamó. Pero ella había cambiado su número de teléfono. Después de alzarse en toda su furia e indignación cargadas de maldiciones condenatorias de ultrajado, se dejó caer en el abismo de la desesperación que alcanzó los lindes de su existencia hasta el más nimio rincón. Trabajo, familia, amigos, proyectos, pasatiempos, conflictos. Todo fue devorado por el vórtice de la herida que se abría para devorarlo entero a él también. "Pero todo esto es sólo lo exterior", se alentó y así resistió débilmente. Una mañana de domingo lo despertó una idea que lo hizo estremecerse. Acudió al sitio de depósito de su correspondencia por primera vez después del rompimiento. Metió la mano temiendo encontrar la muerte en el vacío. Pero tocó un paquete. Llorando de agradecimiento, lo abrazó sintiendo su corazón exaltado latir contra él. Buscó una banca y se acomodó para la revelación. Su ansiedad fue menguando al descubrir el contenido de las cien cuartillas mecanografiadas: una novela de detectives ambientada en un país ajeno continental y culturalmente. Ni un vestigio había de la vida de la autora; al menos, no de la parte exterior, circunstancial: la que el mundo eligió para nosotros. N del E.











Desengaño

Nada más fácil para enamorar a alguien que haber sufrido mucho o, al menos, aparentarlo. Solemos confundir el amor con la caridad. Sólo debe...