jueves, 20 de junio de 2019

Galerna y Mistral

¿Te conté la historia de tu abuela casada con un dios?
Era un dios celoso, mucho más celoso que yo.
Cuando de niños nos casamos supe que ella me dejaría.
Se iría con un viento que conoció antes que a mí.
Así me lo contó:

Hay vientos distintos, cada uno con su nombre y carácter.
El que jugaba conmigo era tibio y amigable por aquel entonces.
Lo conocí en la época en que traía siempre mi mano entre las piernas.
Los adultos me regañaban y me decían que no querían que me tocara
Los obedecí y empecé a frotarme contra los objetos.

Hasta que aquel viento entró a mi habitación una noche.
Yo había dejado mi ventana abierta, como mis piernas.
Supe que tenía un compañero de juegos, pero a escondidas.
Los adultos me cerraban la ventana, no fuera a resfriarme.
Así que yo lo esperaba en la azotea.

Conocí varones, me olvidé de él, pero no realmente.
Tuve hijos, tuve fantasías, él me rondaba, no dejaba huellas.
Había crecido, se impuso en mi vida, lo abandoné todo.
Lo abandoné por él, pero mi familia no me soltaba.
Me tenía toda para él, pero no estaba satisfecho.

¡Tú provocaste esta tempestad!, me acusó su voz de trueno.
Pero eres tú quien provoca las tempestades, repliqué.
¡Pero no las creo de la nada! ¡Alguien debe hacerme estallar!
¡Y esa fuiste tú otra vez!

Ser su esposa es llevar la vida a cuestas.
Como su prometida me exigió el primer sacrificio:
¡Dame a tus amigos si de verdad me amas!¡A todos ellos!
¡Ya tienes todos mis días! ¡Hasta el último! ¡
¿De qué te sirven mis pobres amigos?!

Pero su voluntad no podía ser contrariada.
Los perdí a todos ellos, quienes me habían advertido de él:
Es un tirano, es vano y egoísta, y está lleno de rabia.
Pero esto es justo lo que un no-creyente diría.
Las palabras y los razonamientos sólo enturbian el pozo de nuestra fe.

Quien no odie a su padre y a su madre no es digno de mí, sentenció él.
Y hube de inmolar algo que creí demasiado grande para su altar.
Jamás creí imposible poder inmolar un día, un fin de semana.
Pero no hay imposibles para su poder.
Adiós a mis reuniones familiares de domingo.

¡No me mires con esos ojos de pozo sin fondo!, vociferó.
¡Te he desposado a tí, entre tantas bellezas bajo mi reino!
¡Hubiera podido elegir a cualquiera! ¡A cualquier otra!
Y luego dejaba de hablarme durante días.

Fue entonces que cerró el cielo con ceñudas nubes en plena primavera.
Arrojaba afiladas y pesadas gotas de lluvia en mi camino.
La lluvia no demoraba en volverse granizo.
Arruinó muchos sembradíos.

De pronto volvió a brillar el sol y besó mi rostro herido con aire arrepentido.
Pero entonces me acusaba de no alegrarme con veneración por sus disculpas.
¡Nada has aprendido de mí sobre el perdón, víbora rencorosa!
Nada tenía que perdonarle pues no estaba resentida con él, pero no me creía:
¡Conque eres una fuente de virtud! ¡¿O me amas tanto que no puedes enfadarte?!

Yo callaba, me empequeñecía al nivel de las más humildes criaturas.
¡Conque prefieres la compañía de seres rastreros! ¡¿Los amas?!  
¡¿No sabes distinguir entre tu amor verdadero y un montón de insectos?!
Claro que sí, mi Señor. Mis seres queridos son sólo insectos.
Unos insectos a los que amo profundamente.
Mi respuesta me costó una pedrada en la boca.

Vino el invierno y me abandonó al frío.
Lo veía distante y borroso en las alturas.
No había el más mínimo calor en su presencia.
Sólo había ausencia en su presencia.
Mi corazón aterido imploró de hinojos.

En verano, cuando tenía el calor del cielo y de la tierra
tus caricias no me daban reposo, le recriminé.
Es por eso que nada te daré esta temporada, perra.
Veamos cómo te las arreglas ahora.

Me alejaré de su gélida ira para no morir, me dije.
Él escuchó mis ruegos arrastrándose en el lodo.
Pero no me expresé bien porque me advirtió:
¡Los hombres, mis hijos predilectos, te lapidarán si huyes!

Lo odié por un instante que él advirtió asombrado.
Fue mi amor el que lo odió y le gritó llorando:
Si me quedo ahora pensarás que es porque me has asustado
y no porque quiero quedarme contigo. ¡No es justo!
Mi oración lo complació ampliamente.

Realizó un milagro sólo para mí:
me acarició con un lejano y exótico perfume.
Desearía que mis seres queridos vieran esto, le dije.
Quiero que vean que mi dios realmente me ama.

Ellos dos se buscaban desde antes de conocerse.

Uno quería dominar y la otra ser dominada

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