Ella nunca le sonrió de lejos la
primera vez que presentaron el EXANI en la preparatoria Benito Juárez. Él no se
preguntó si la conocía sin recordarla o si ella lo confundía con alguien más,
ni jamás le habría atraído esa seguridad al sonreírle familiarmente, como si
ella lo hubiera elegido. No volvió a encontrarla en el segundo intento, en la
universidad, tras prepararse en el curso del profesor Lázaro. No se apresuró,
inconscientemente, a responder las últimas siete preguntas para poder abordarla
antes que se fuera. Ella no estaba aún en el corredor afuera del salón y al
verlo no le preguntó familiarmente:
-¿Cómo te fué?
Y él no enarcó las cejas ni suspiró:
-Más o menillos.
Así como tampoco inquirió a su vez:
-¿Y a ti?
Ella no se encogió de hombros ni sonrió desafiante al futuro, en lo cuál él no habría repar magnetizado, indeciso de irse. No tuvo necesidad de llenar el vacío en la charla:
Ella no se encogió de hombros ni sonrió desafiante al futuro, en lo cuál él no habría repar magnetizado, indeciso de irse. No tuvo necesidad de llenar el vacío en la charla:
-¿Esperas a alguien?
-A una amiga que también vino a
presentar. Quedamos en ir a celebrar con unas alitas. ¿Para qué carreras vas?
-Mi primer opción es LCO.
-Órale... Yo para LCI. LCO es mi
segunda opción.
-Y la tercera Filosofía o Letras -no bromeó él.
-Sociología, de hecho. ¿Esas son tus segundas opciones?
Su amiga no llegó entonces ni él la
reconoció como una ex compañera de la secundaria. Los tres no se encaminaron
juntos, comentando el examen. No tuvo cosquilleos en las plantas de los pies ni
en el abdomen porque ellas no lo invitaron:
-Si traes carro síguenos. Es aquí cerca, en Canal...
Tampoco se avergonzó de oler a sudor
debido a su nerviosismo durante el examen. Nunca fueron a ese bar, no se rieron
de anécdotas estudiantiles, no hablaron de las películas que los habían hecho
llorar ni de los conciertos a los que habían ido o querrían ir. No se entusiasmaron
al recordar a los actores que realmente representan un personaje y aquellos que
solamente se representan a sí mismos en diferentes situaciones. No hablaron de
“canciones con letra optimista y música triste, como Perfec Day de Lou Reed”. El mesero no tuvo que decirles que ya iban
a cerrar así que ninguno de ellos dijo “qué temprano se hizo tarde”, por lo que
éste no habría sido su primer “chiste local”. No se agregaron en Facebook.
En la mañana en que compró el
periódico no buscó el nombre de ella en la lista de admitidos después de hallar
el suyo. Ella no le mandó un inbox
avisándole que no quedó en la primer opción y que serían “compañeritos” de
carrera. Él no le respondió con un emoticón triste, diciéndole que no llegó ni
a la segunda opción, y ella no le dijo: “pinche parero, ya vi tu nombre en la
lista de admitidos”. No hubiera sido
esto lo que él habría querido oírla confesar.
No tuvo celos ni se decepcionó
durante los primeros días de clase, tampoco se sintió inseguro. Ella no se
mostraba atraída por un estudiante de tercer semestre que era primo de una
media hermana suya. Nunca llegó a compararse con él ni le intrigó lo que de
atractivo pudiera hallar ella en su personalidad. Jamás hizo o dijo algo en
presencia de ella como consecuencia de lo que aquél decía o hacía (o decía que
hacía). No se esforzaba por imitarlo u opacarlo.
En la fiesta de bienvenida de la
generación, él no se limitó a dos latas de cerveza para poder llevarla a su
casa y no se encontraron en el estacionamiento a escondidas porque ella no le
dijo que se escabulló de sus amigos para “irse los dos solitos”. Él no pensó
que solamente lo hizo para evitarle la molestia de otros cuatro pasajeros
“desmadrosos” amontonados en el asiento trasero de su “vocho” de dos puertas. La plática en el camino no “se puso buena” y
no empezaron a hablar de comida. Ella no sugirió que fueran por unas chascas de
arrachera por Santa Anita ni pagó por la de él. Después no fueron por un six ni caminaron hasta Ferronales para
pasear entre las silenciosas casas de estilo estadounidense, riéndose de la
palabra “chasquero” que a él se le salió; riéndose de cualquier cosa, felices.
Ella no le ofreció un billete por la gasolina que le costó el desviarse, pero
él no lo habría rechazado.
No se pusieron de acuerdo para
“pinteársela” de la clase de dos horas del profesor “barco” para ir a ver la
nueva película de Pixar, al principio de la cual ella no lloró y él no le
“tronó” un beso electrificado en la mejilla que la hizo gritar. No se rieron
con las frentes apoyadas y los alientos cercanos. No se besaron ahí ni se
volvieron a besar en el estacionamiento. Y nada de esto habría ocurrido como si
lo hubieran planeado telepáticamente. No la llevó a casa ni se despidieron
largamente.
Sus padres no se alegraron por él
porque ella no se hizo amiga de su hermana menor ni se ganó la simpatía de la
abuela desde la primer visita. Él no
conoció a su madre, divorciada desde hacía diez años y alardeando de ser una
mujer liberal, así que no se preguntó si ella también se vería “como una milf” a su edad.
No asistían juntos a las funciones de
la Cineteca en la universidad ni se iban a beber “bombas” a Calvillo con los
compañeros del salón, por lo que no tuvieron su primer discusión cuando una
amiga de ella fue arrestada por decirle “puerco” a un policía y él se abstuvo
de defenderla y de cooperar para la fianza. No se reconciliaron al día
siguiente en el salón, riendo ante el video del incidente que uno de sus amigos
grabó a escondidas.
-Te encabronas conmigo y este güey
aparte de no haber ayudado todavía la anda quemando en las redes -no le dijo
él.
Ella no lloraba de la risa.
No fueron al casamiento civil de un
compañero de salón en un terreno cercano a La Tomatina. No se besaron en la
soledad oscura del estacionamiento hasta meterse las manos bajo la ropa. Ella
no le desabrochó el cinturón ni el pantalón ansiosamente. Él no sintió su boca
salivando en su erección mientras miraba las estrellas ni tenía miedo de
eyacular prematuramente, como si hubiera sido ésta su primera experiencia. No
fue más grande el temor a ser atrapados ni regresaron a la fiesta abrazados y
besándose.
No se llamaban a sus trabajos
matutinos, con los que pagaban la colegiatura, ni se quedaban solos los fines
de semana en la casa donde él acababa de mudarse con un conocido de su hermana.
No se ponían a ver videos pornográficos amateurs ni se burlaban de las faltas
de ortografía en los avisos de las escorts.
No hizo él la observación de que las mujeres siempre estiran el elástico del
calzoncillo para bajarlo sin tocar la erección, mientras el hombre sabe
innecesario tal cuidado. No siguió a esto una tensión en la soledad y en la
quietud de la casa, ni se sintió él intimidado cuando ella lo miró como a un
“adolescente mañoso”. No se recostó en el sillón mientras ella lo besaba
gimiendo. No sintió su lengua vehemente ni el peso de su cuerpo montando el
suyo. No tenía su respiración en su oído, ni temblaban estremecidos ambos, y
sus manos no buscaban su piel. No recuerda el color de su ropa interior ni los
lunares y cicatrices que siempre estuvieron ahí, ocultos a su vista. No se
quedó con la sensación de sus muslos y sus nalgas en las manos ni de la
suavidad del busto en su cara junto con la aspereza del sostén. No recordaría
después el momento en que ella se despojó de sus bragas y descubrió su “corte
de pelo”, ni cuando vio el color y la forma de sus pezones. No la recuerda
transfigurada en su desnudez, con un rostro nuevo, hecho para él en ese
momento. Ella no sacó un condón de su morral jamaiquino. No iba preparada.
Después de eso, ella no fue al
ginecólogo acompañada de su madre para que le colocaran el dispositivo
intrauterino. Y a partir de entonces, las calificaciones de él no bajaron
gradualmente ni estuvo a punto de repetir el tercer semestre. Ella no se propuso mejorar sus calificaciones para
irse de intercambio a Europa y él no se propuso lo mismo sólo para poder irse
juntos. No fueron con algunos amigos de Sociología al Festival Cervantino ni
con un tío de él y su novia al Vive Latino para ver a Caifanes, y de paso
a San Pascualito Rey y al Instituto
Mexicano del Sonido. No se embriagaron en la feria de los Chicahuales ni se
andaba peleando él con un marihuano bajito y correoso que le colmó la
paciencia, por lo que ella no lo calmó acariciándole la entrepierna. No
hablaban de que era más caro tener una hija que un hijo cada vez que pasaban
ante las tiendas de ropa infantil en los centros comerciales.
No cancelaron una cena romántica por
haber peleado cuando él insistió en tener sexo antes de bañarse, excitado por
su olor tras jugar basket ball y
asqueada ella. Al final de un día trabajando como mesero en la feria, él no la
acompañó toda la noche en el hospital cuando a su madre la llevaron a urgencias
por una apendicitis. Ella no se regresó de Guadalajara la misma noche que
llegó, para abrazarlo llorando, cuando supo que lo asaltaron con un cuchillo cerca
de las vías del ferrocarril. No lloraron copulando al amanecer ni juraron que
jamás se separarían.
No fueron a la Ciudad de México en un
viaje de campo con el grupo y un maestro. No planeaban ir a un club de
bailarinas en la Zona Rosa y ella no le iba diciendo que le gustaría meterse a
un privado con él para que la viera “manosear” a la desnudista. En el hotel no
reservaron un cuarto para ellos dos. No fueron a una sex shop ni se metieron a una cabina donde había un DVD, un
televisor y un glory hole que usaron
para espiar a la pareja en la otra cabina. No fueron a una pulquería y luego a
un club cerca de Plaza Garibaldi con siete compañeros del salón. Ella no hizo
un comentario sobre cómo miraba “hipnotizado” las torneadas piernas de una
bailarina colgada del tubo y él no respondió que estaba mirando al vacío
mientras escuchaba la canción de Guns and Roses. No empezaron a discutir ni a
decirse cosas hirientes hasta que ella se fue al hotel y él se quedó en
Garibaldi con sus amigos, tomándose fotos y cantando el “mono de alambre” con
un conjunto. No descubrió que ella había sacado sus cosas del cuarto cuando
regresó al hotel ni fue “encabronado” a tocar la puerta al cuarto donde estaban
sus amigas. Ellas no le dijeron que no estaba ahí sin dejarlo asomarse
siquiera. Una estudiante sinaloense de intercambio no fue a pedirle usar su
regadera con el pretexto de que la suya no funcionaba y él no la miró
desnudarse en el baño, embrutecido por el alcohol y la ira, mientras ella
cantaba tranquilamente, como si lo ignorara. No se desnudó también ni oyó que
tocaban la puerta. No era ella la que llamaba, en licra y camiseta de tirantes.
No se quedó inmóvil y sin respirar en medio del cuarto, oyendo el agua caer y
los golpes en la puerta,seguidos de su nombre en la voz dolida de ella, apagado
por la puerta. La sinaloense no empezó a cantar una canción ranchera de desamor
y él no corrió a cerrar la puerta del baño. No oyó los golpes más impacientes
ni la escuchó insistir casi llorando, sintiendo que se le revolvía el estómago.
No se arrepentiría de lo que haría. No iría a entreabrir la puerta torpemente
ni vería su rostro afeado por el llanto y el desvelo. No balbucearía
contradictorias excusas para no dejarla entrar. No diría que estaba en el baño
ni negaría enfurecido que había alguien en la regadera. No se enfurecería por
el hecho de que para él realmente nadie había adentro porque nada había hecho
él. El rostro de ella no se encendería también al comprender que lo tenía
acorralado. Sus palabras rugientes no lo atravesarían ni harían salir a un
huesped a quejarse y callarlos. Él no cerraría la puerta cobardemente, herido,
suplicando que ella dejara de gritar, oyendo la voz severa del huésped. No fue
a vomitar al lavabo ni la estudiante de intercambio ya no estaba. Ella no había
parado ya de gritar. No se quedó dormido
sobre la tapa del inodoro ni se levantó un rato después para acostarse en la
cama.
Ella no se fue temprano en un autobús
de Turipaquetes ni él intentó alcanzarla cuando un compañero de clase le avisó
por mensaje que la vio con su maleta desayunando en un mercado. Tampoco se
atrevió a preguntarle a la sinaloense si ella la vio salir del cuarto. En el
autobús de regreso, él no se puso a platicar con una de sus amigas ni la hizo
jurar que ignoraba dónde había pasado ella la noche. Por lo tanto él no
sospechó que le ocultaban algo y no fue a preguntar al compañero que le envió
el mensaje si la vio sola. Aquél no le dijo por fin que alguien la ayudaba con
su maleta, pero de haber sido así la descripción no habría encajado con la de
un amigo de ella que tenía un local a tres cuadras del hotel. Así pues, durante
el resto del viaje, no se atormentó a sí mismo ni a los demás con preguntas
necias y repetitivas, entre la duda y la certidumbre.
Él no la estuvo llamando ni ella
ignorándolo durante todo el fin de semana. El lunes no hubo de perseguirla por
el campus para obligarla a detenerse a hablar. Ella no lo torturaba con una
forzada indiferencia, propensa a explotar en ira, ni él le exigía impotente que
le dijera dónde pasó la noche. Tampoco ansiaba que ella le preguntara si había
estado con alguien. No tuvo que ceder y detallar cuánto ocurrió de verdad en su
cuarto sin que ella se lo pidiera. No sufrió su media sonrisa de desdén. No
acabó ella por llorar con rabia y mentarle
la madre, ni él se sintió estúpido pues no le juró que nada había ocurrido
mientras ignoraba aún lo que ella había hecho. No la aferró por la muñeca y
ella no forcejeó para que la dejara ir a clase. Un vigilante no intervino. Él
no faltó al resto de las clases ni perdió el apetito ese día.
Ella no lo citó en un café. Él no fue
con vértigo. Ella no le juró tranquilamente que nada había ocurrido ni le dijo
que fue con su amigo para pedirle dinero prestado para el pasaje porque sus
amigas no tenían suficiente. No eligió creerle ni volvió a insistir en que
también él decía la verdad. No apretó su mano sobre la mesa ni la miró a los
ojos para decirle:
-Quiero
estar contigo solamente.
No
se reconciliaron ahí, en el anochecer.
Finalmente ella no se fue de
intercambio estudiantil a Inglaterra ni a él le resultó imposible mejorar sus
calificaciones. No se comunicaban cada vez con menos frecuencia y con menos qué
decir. Él no se resignaba cada vez más cuando veía sus publicaciones en Facebook
e Instagram con sus amigos extranjeros, en las que siempre aparecía un galés
pelirrojo abrazándola por los hombros. Su última videollamada no fue una
costumbre forzada más que un anhelo cumplido.
-¿A qué hora llegas a Berlín?
-No voy a Berlín. Voy a Viena por
tren.
-¿Cuántos días vas a estar ahí?
-Sabe. ¿Para qué quieres saber?
-Por nada… Por si pensabas cambiar la
fecha del vuelo.
-Mmm
-¿Quieres que vaya por ti al
aeropuerto?
-Mi mamá puede ir.
-No dudo que puede. Esa no fue la
pregunta.
Ella no bostezó ni chasqueó la boca.
No dejaron pasar un silencio amargo.
-¿Y cuándo regreses… qué? -no
preguntó él.
Ella no se quedó pensando ni
respondió:
-¿A qué te refieres?
Él no sonrió meneando la cabeza ni
dijo:
-Qué temprano se hizo tarde. Hasta luego.
-Qué temprano se hizo tarde. Hasta luego.
-Adiós.
Él no
reprobó el penúltimo semestre y ella no se graduó antes que él ni se mudó
a Guadalajara. Durante el último año no
fueron pocas las oportunidades para que coincidieran pues ninguno de los dos
estaba ocupado con sus trabajos y en sus proyectos académicos. Nunca terminaron
por distanciamiento. Ellos realmente nunca se conocieron.