lunes, 20 de mayo de 2019

Antihistoria


Ella nunca le sonrió de lejos la primera vez que presentaron el EXANI en la preparatoria Benito Juárez. Él no se preguntó si la conocía sin recordarla o si ella lo confundía con alguien más, ni jamás le habría atraído esa seguridad al sonreírle familiarmente, como si ella lo hubiera elegido. No volvió a encontrarla en el segundo intento, en la universidad, tras prepararse en el curso del profesor Lázaro. No se apresuró, inconscientemente, a responder las últimas siete preguntas para poder abordarla antes que se fuera. Ella no estaba aún en el corredor afuera del salón y al verlo no le preguntó familiarmente:
-¿Cómo te fué?
            Y él no enarcó las cejas ni suspiró:
            -Más o menillos.
            Así como tampoco inquirió a su vez:
            -¿Y a ti?
            Ella no se encogió de hombros ni sonrió desafiante al futuro, en lo cuál él no habría repar magnetizado, indeciso de irse. No tuvo necesidad de llenar el vacío en la charla:
            -¿Esperas a alguien?
            -A una amiga que también vino a presentar. Quedamos en ir a celebrar con unas alitas. ¿Para qué carreras vas?
            -Mi primer opción es LCO.
            -Órale... Yo para LCI. LCO es mi segunda opción.
-Y la tercera Filosofía o Letras -no bromeó él. 
-Sociología, de hecho. ¿Esas son tus segundas opciones?
Su amiga no llegó entonces ni él la reconoció como una ex compañera de la secundaria. Los tres no se encaminaron juntos, comentando el examen. No tuvo cosquilleos en las plantas de los pies ni en el abdomen porque ellas no lo invitaron:
-Si traes carro síguenos. Es aquí cerca, en Canal...
Tampoco se avergonzó de oler a sudor debido a su nerviosismo durante el examen. Nunca fueron a ese bar, no se rieron de anécdotas estudiantiles, no hablaron de las películas que los habían hecho llorar ni de los conciertos a los que habían ido o querrían ir. No se entusiasmaron al recordar a los actores que realmente representan un personaje y aquellos que solamente se representan a sí mismos en diferentes situaciones. No hablaron de “canciones con letra optimista y música triste, como Perfec Day de Lou Reed”. El mesero no tuvo que decirles que ya iban a cerrar así que ninguno de ellos dijo “qué temprano se hizo tarde”, por lo que éste no habría sido su primer “chiste local”. No se agregaron en Facebook.

En la mañana en que compró el periódico no buscó el nombre de ella en la lista de admitidos después de hallar el suyo. Ella no le mandó un inbox avisándole que no quedó en la primer opción y que serían “compañeritos” de carrera. Él no le respondió con un emoticón triste, diciéndole que no llegó ni a la segunda opción, y ella no le dijo: “pinche parero, ya vi tu nombre en la lista de admitidos”.  No hubiera sido esto lo que él habría querido oírla confesar.
No tuvo celos ni se decepcionó durante los primeros días de clase, tampoco se sintió inseguro. Ella no se mostraba atraída por un estudiante de tercer semestre que era primo de una media hermana suya. Nunca llegó a compararse con él ni le intrigó lo que de atractivo pudiera hallar ella en su personalidad. Jamás hizo o dijo algo en presencia de ella como consecuencia de lo que aquél decía o hacía (o decía que hacía). No se esforzaba por imitarlo u opacarlo.
En la fiesta de bienvenida de la generación, él no se limitó a dos latas de cerveza para poder llevarla a su casa y no se encontraron en el estacionamiento a escondidas porque ella no le dijo que se escabulló de sus amigos para “irse los dos solitos”. Él no pensó que solamente lo hizo para evitarle la molestia de otros cuatro pasajeros “desmadrosos” amontonados en el asiento trasero de su “vocho” de dos puertas.  La plática en el camino no “se puso buena” y no empezaron a hablar de comida. Ella no sugirió que fueran por unas chascas de arrachera por Santa Anita ni pagó por la de él. Después no fueron por un six ni caminaron hasta Ferronales para pasear entre las silenciosas casas de estilo estadounidense, riéndose de la palabra “chasquero” que a él se le salió; riéndose de cualquier cosa, felices. Ella no le ofreció un billete por la gasolina que le costó el desviarse, pero él no lo habría rechazado.
No se pusieron de acuerdo para “pinteársela” de la clase de dos horas del profesor “barco” para ir a ver la nueva película de Pixar, al principio de la cual ella no lloró y él no le “tronó” un beso electrificado en la mejilla que la hizo gritar. No se rieron con las frentes apoyadas y los alientos cercanos. No se besaron ahí ni se volvieron a besar en el estacionamiento. Y nada de esto habría ocurrido como si lo hubieran planeado telepáticamente. No la llevó a casa ni se despidieron largamente.
Sus padres no se alegraron por él porque ella no se hizo amiga de su hermana menor ni se ganó la simpatía de la abuela desde la primer visita.  Él no conoció a su madre, divorciada desde hacía diez años y alardeando de ser una mujer liberal, así que no se preguntó si ella también se vería “como una milf” a su edad.
No asistían juntos a las funciones de la Cineteca en la universidad ni se iban a beber “bombas” a Calvillo con los compañeros del salón, por lo que no tuvieron su primer discusión cuando una amiga de ella fue arrestada por decirle “puerco” a un policía y él se abstuvo de defenderla y de cooperar para la fianza. No se reconciliaron al día siguiente en el salón, riendo ante el video del incidente que uno de sus amigos grabó a escondidas.
-Te encabronas conmigo y este güey aparte de no haber ayudado todavía la anda quemando en las redes -no le dijo él.
Ella no lloraba de la risa.

No fueron al casamiento civil de un compañero de salón en un terreno cercano a La Tomatina. No se besaron en la soledad oscura del estacionamiento hasta meterse las manos bajo la ropa. Ella no le desabrochó el cinturón ni el pantalón ansiosamente. Él no sintió su boca salivando en su erección mientras miraba las estrellas ni tenía miedo de eyacular prematuramente, como si hubiera sido ésta su primera experiencia. No fue más grande el temor a ser atrapados ni regresaron a la fiesta abrazados y besándose.
No se llamaban a sus trabajos matutinos, con los que pagaban la colegiatura, ni se quedaban solos los fines de semana en la casa donde él acababa de mudarse con un conocido de su hermana. No se ponían a ver videos pornográficos amateurs ni se burlaban de las faltas de ortografía en los avisos de las escorts. No hizo él la observación de que las mujeres siempre estiran el elástico del calzoncillo para bajarlo sin tocar la erección, mientras el hombre sabe innecesario tal cuidado. No siguió a esto una tensión en la soledad y en la quietud de la casa, ni se sintió él intimidado cuando ella lo miró como a un “adolescente mañoso”. No se recostó en el sillón mientras ella lo besaba gimiendo. No sintió su lengua vehemente ni el peso de su cuerpo montando el suyo. No tenía su respiración en su oído, ni temblaban estremecidos ambos, y sus manos no buscaban su piel. No recuerda el color de su ropa interior ni los lunares y cicatrices que siempre estuvieron ahí, ocultos a su vista. No se quedó con la sensación de sus muslos y sus nalgas en las manos ni de la suavidad del busto en su cara junto con la aspereza del sostén. No recordaría después el momento en que ella se despojó de sus bragas y descubrió su “corte de pelo”, ni cuando vio el color y la forma de sus pezones. No la recuerda transfigurada en su desnudez, con un rostro nuevo, hecho para él en ese momento. Ella no sacó un condón de su morral jamaiquino. No iba preparada.

Después de eso, ella no fue al ginecólogo acompañada de su madre para que le colocaran el dispositivo intrauterino. Y a partir de entonces, las calificaciones de él no bajaron gradualmente ni estuvo a punto de repetir el tercer semestre. Ella  no se propuso mejorar sus calificaciones para irse de intercambio a Europa y él no se propuso lo mismo sólo para poder irse juntos. No fueron con algunos amigos de Sociología al Festival Cervantino ni con un tío de él y su novia al Vive Latino para ver a Caifanes, y de paso a  San Pascualito Rey y al Instituto Mexicano del Sonido. No se embriagaron en la feria de los Chicahuales ni se andaba peleando él con un marihuano bajito y correoso que le colmó la paciencia, por lo que ella no lo calmó acariciándole la entrepierna. No hablaban de que era más caro tener una hija que un hijo cada vez que pasaban ante las tiendas de ropa infantil en los centros comerciales.
No cancelaron una cena romántica por haber peleado cuando él insistió en tener sexo antes de bañarse, excitado por su olor tras jugar basket ball y asqueada ella. Al final de un día trabajando como mesero en la feria, él no la acompañó toda la noche en el hospital cuando a su madre la llevaron a urgencias por una apendicitis. Ella no se regresó de Guadalajara la misma noche que llegó, para abrazarlo llorando, cuando supo que lo asaltaron con un cuchillo cerca de las vías del ferrocarril. No lloraron copulando al amanecer ni juraron que jamás se separarían.
No fueron a la Ciudad de México en un viaje de campo con el grupo y un maestro. No planeaban ir a un club de bailarinas en la Zona Rosa y ella no le iba diciendo que le gustaría meterse a un privado con él para que la viera “manosear” a la desnudista. En el hotel no reservaron un cuarto para ellos dos. No fueron a una sex shop ni se metieron a una cabina donde había un DVD, un televisor y un glory hole que usaron para espiar a la pareja en la otra cabina. No fueron a una pulquería y luego a un club cerca de Plaza Garibaldi con siete compañeros del salón. Ella no hizo un comentario sobre cómo miraba “hipnotizado” las torneadas piernas de una bailarina colgada del tubo y él no respondió que estaba mirando al vacío mientras escuchaba la canción de Guns and Roses. No empezaron a discutir ni a decirse cosas hirientes hasta que ella se fue al hotel y él se quedó en Garibaldi con sus amigos, tomándose fotos y cantando el “mono de alambre” con un conjunto. No descubrió que ella había sacado sus cosas del cuarto cuando regresó al hotel ni fue “encabronado” a tocar la puerta al cuarto donde estaban sus amigas. Ellas no le dijeron que no estaba ahí sin dejarlo asomarse siquiera. Una estudiante sinaloense de intercambio no fue a pedirle usar su regadera con el pretexto de que la suya no funcionaba y él no la miró desnudarse en el baño, embrutecido por el alcohol y la ira, mientras ella cantaba tranquilamente, como si lo ignorara. No se desnudó también ni oyó que tocaban la puerta. No era ella la que llamaba, en licra y camiseta de tirantes. No se quedó inmóvil y sin respirar en medio del cuarto, oyendo el agua caer y los golpes en la puerta,seguidos de su nombre en la voz dolida de ella, apagado por la puerta. La sinaloense no empezó a cantar una canción ranchera de desamor y él no corrió a cerrar la puerta del baño. No oyó los golpes más impacientes ni la escuchó insistir casi llorando, sintiendo que se le revolvía el estómago. No se arrepentiría de lo que haría. No iría a entreabrir la puerta torpemente ni vería su rostro afeado por el llanto y el desvelo. No balbucearía contradictorias excusas para no dejarla entrar. No diría que estaba en el baño ni negaría enfurecido que había alguien en la regadera. No se enfurecería por el hecho de que para él realmente nadie había adentro porque nada había hecho él. El rostro de ella no se encendería también al comprender que lo tenía acorralado. Sus palabras rugientes no lo atravesarían ni harían salir a un huesped a quejarse y callarlos. Él no cerraría la puerta cobardemente, herido, suplicando que ella dejara de gritar, oyendo la voz severa del huésped. No fue a vomitar al lavabo ni la estudiante de intercambio ya no estaba. Ella no había parado ya de  gritar. No se quedó dormido sobre la tapa del inodoro ni se levantó un rato después para acostarse en la cama.
Ella no se fue temprano en un autobús de Turipaquetes ni él intentó alcanzarla cuando un compañero de clase le avisó por mensaje que la vio con su maleta desayunando en un mercado. Tampoco se atrevió a preguntarle a la sinaloense si ella la vio salir del cuarto. En el autobús de regreso, él no se puso a platicar con una de sus amigas ni la hizo jurar que ignoraba dónde había pasado ella la noche. Por lo tanto él no sospechó que le ocultaban algo y no fue a preguntar al compañero que le envió el mensaje si la vio sola. Aquél no le dijo por fin que alguien la ayudaba con su maleta, pero de haber sido así la descripción no habría encajado con la de un amigo de ella que tenía un local a tres cuadras del hotel. Así pues, durante el resto del viaje, no se atormentó a sí mismo ni a los demás con preguntas necias y repetitivas, entre la duda y la certidumbre.
Él no la estuvo llamando ni ella ignorándolo durante todo el fin de semana. El lunes no hubo de perseguirla por el campus para obligarla a detenerse a hablar. Ella no lo torturaba con una forzada indiferencia, propensa a explotar en ira, ni él le exigía impotente que le dijera dónde pasó la noche. Tampoco ansiaba que ella le preguntara si había estado con alguien. No tuvo que ceder y detallar cuánto ocurrió de verdad en su cuarto sin que ella se lo pidiera. No sufrió su media sonrisa de desdén. No acabó ella  por llorar con rabia y mentarle la madre, ni él se sintió estúpido pues no le juró que nada había ocurrido mientras ignoraba aún lo que ella había hecho. No la aferró por la muñeca y ella no forcejeó para que la dejara ir a clase. Un vigilante no intervino. Él no faltó al resto de las clases ni perdió el apetito ese día.
Ella no lo citó en un café. Él no fue con vértigo. Ella no le juró tranquilamente que nada había ocurrido ni le dijo que fue con su amigo para pedirle dinero prestado para el pasaje porque sus amigas no tenían suficiente. No eligió creerle ni volvió a insistir en que también él decía la verdad. No apretó su mano sobre la mesa ni la miró a los ojos para decirle:                                                                                        
 -Quiero estar contigo solamente. 
No se reconciliaron ahí, en el anochecer.

Finalmente ella no se fue de intercambio estudiantil a Inglaterra ni a él le resultó imposible mejorar sus calificaciones. No se comunicaban cada vez con menos frecuencia y con menos qué decir. Él no se resignaba cada vez más cuando veía sus publicaciones en Facebook e Instagram con sus amigos extranjeros, en las que siempre aparecía un galés pelirrojo abrazándola por los hombros. Su última videollamada no fue una costumbre forzada más que un anhelo cumplido.
-¿A qué hora llegas a Berlín?
-No voy a Berlín. Voy a Viena por tren.
-¿Cuántos días vas a estar ahí?
-Sabe. ¿Para qué quieres saber?
-Por nada… Por si pensabas cambiar la fecha del vuelo.
-Mmm
-¿Quieres que vaya por ti al aeropuerto?
-Mi mamá puede ir.
-No dudo que puede. Esa no fue la pregunta.
Ella no bostezó ni chasqueó la boca. No dejaron pasar un silencio amargo.
-¿Y cuándo regreses… qué? -no preguntó él.
Ella no se quedó pensando ni respondió:
-¿A qué te refieres?
Él no sonrió meneando la cabeza ni dijo:
            -Qué temprano se hizo tarde. Hasta luego.
-Adiós.

          Él no reprobó el penúltimo semestre y ella no se graduó antes que él ni se mudó a  Guadalajara. Durante el último año no fueron pocas las oportunidades para que coincidieran pues ninguno de los dos estaba ocupado con sus trabajos y en sus proyectos académicos. Nunca terminaron por distanciamiento. Ellos realmente nunca se conocieron.

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