jueves, 31 de diciembre de 2020

 Un joven aldeano, fuerte, intrépido, fue comisionado por una comunidad de colonos a internarse en un bosque vecino y dar con la cabaña -o cueva- de la bruja que aterrorizaba a los niños y hombres que hallaba solos en el campo. Durante una semana llenaron su ausencia los llantos femeninos y las recriminaciones que se hacían rudos varones, buscándolo, incansables y deseando haber partido en su lugar.

El regocijo de la pequeña comunidad fue doble cuando, extenuado y consumido, volvió aquél anunciando el fin absoluto de la maldición que los ensombrecía. Retirándose a descansar para reponer sus fuerzas, nadie se atrevió a importunarlo pidiéndole detalles

   No había acabado aún la estación de siembra, cuando una horda de chiquillos regresó del bosque arrastrando una joven mujer herida a golpes e insultos   -La vieja bruja se ha rejuvenecido por arte de maleficio!

          El muchacho fue arrastrado fuera de su lecho para rendir cuentas ante un tribunal extraordinario sobre lo ocurrido durante aquella semana. 

Contó cómo halló la guarida de la bruja, diestramente tallada en la oscura oquedad de un gigantesco árbol muerto. La ausencia de la moradora y su curiosidad juvenil lo llevaron a husmear hasta reparar en un gabinete digno del mejor ebanista. Abiertas sus dos hojas de par en par, retrocedió azorado ante lo que se derramaba a sus pies: más trabajo en madera, amoroso, compulsivo, desesperado: falos. Falos ciclópeos o pequeños como plátanos dominicos, cabezones como hongos o enanos ensombrerados, esbeltos y rectos como husos o dedos categóricos, curvos a diestra o siniestra, venosos o tersos, incluso los había bicéfalos como dragones o guitarras extravagantes; todos acompañados por sus gónadas, macizas como un firme asidero para la misma mano talladora. Con la resaca de la sorpresa vino una oleada de compasión. Se hallaba ante la inmemorial soledad de una mujer.

-¡¿Qué hicieron ustedes dos durante esa semana?! -tronó el juez, imaginando lo peor.     

 Interrogados por separado, ambos omitieron los detalles; limitándose a denominarse mutuamente con la misma palabra.         -Si en verdad eres un ángel, como afirma tu cómplice -dijo el juez-, no sufrirás en el fuego del infierno.                                                                                                                                                                                                                                        


domingo, 27 de diciembre de 2020

La hora amarga

Silencio.
Viene la mala noticia
y debo abrirle la puerta:
soy el anfitrión.

Estoy preparado:
No he llorado
en casi tres meses
y cuando lo hice
fueron ensayos
para este día,
un llanto que no evocó
ningún recuerdo tuyo,
un llanto educado,
medido,
inservible.

Viene la hora amarga.
Silencio.

Ya está aquí,
en el no tocar a la puerta
que abro
para dar la bienvenida
a tu no llegada. 

viernes, 25 de diciembre de 2020

Segmentos

A) Tomas la llave. B) Cierras la puerta.

A) Dejas tu casa. B) Llegas al mercado.

A)Se te cae un billete B) Recoges el billete.

A) Piensas en lo que harás al volver a casa. B) Te estrellas contra otro vehículo.

A) Pactas con el diablo B) Pagas tu deuda.

A) Naces B) Mueres.

Los segmentos entre dos puntos varían en longitud pero se nos pasan desapercibidos, como si estuvieran vacíos. 


lunes, 21 de diciembre de 2020

He soñado un sueño,
de esos que son tan cortos. 
He visto visiones sublimes 
en los espacios ocultos 
de mi mente. 
Pero el recuerdo de aquel sueño 
se apagó en un instante. 
Se apagó cuando abrí mis ojos, 
cuando mi consciencia regresó.
¡Ah! Fatal destino, 
que eres tan incierto. 
Ni aún en sueños logro descifrar
tus motivos. 
Oh, sombra maldita
de mi futuro,
de mi escaso porvenir;
ni aún cuando todo es oscuro 
me dejas en paz dormir. 

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Tengo un pensamiento tímido en mi mente
se oculta por los rincones
en las oscuras habitaciones de mis recuerdos,
sale al anochecer
en los escasos minutos que miro al techo.
Hace ya mucho tiempo que noto las fisuras,
los espacios por donde el amor se escapa y la tristeza aflora.
Lágrimas salen a borbotones
quemando mi rostro contraído.
Mi alma se quiebra un poco
intento llenar el vacío.
Me voy quedando dormida

despierto a ratos

en mis sueños

cuando comienzo a sentir. 

sábado, 12 de diciembre de 2020

La silla incómoda

Escribo poco
porque me duele la espalda
pero nunca escribo
de mi espalda o de la silla
sino de la luna,
de la noche y de los grillos,
de dios y las hormigas,
de un dolor que invento o que recuerdo
que me vuelve más humano,
más sincero,
más agradecido con las sillas.

Tampoco escribo
de las uñas de los dedos de mis pies,
del papel higiénico
o acostado.

lunes, 16 de noviembre de 2020

Vacacionando en la playa, de noche, tumbado sobre la arena fría; entre turistas nocturnos, como yo. Sentado a la mesa de cafés nocturnos al aire libre, mirando las calles de escasos paseantes. Haciendo las compras con toda calma, en pasillos de supermercado despejados, casi solitarios, a altas horas de la noche. Paseando al perro por parques y avenidas, con tramos iluminados aquí y allá por farolas antiguas y modernas. En mi casa, de madrugada, mirando televisión, escuchando la radio, usando la computadora o el teléfono para videollamar a los pocos amigos que siguen despiertos. Cocinando, haciendo la limpieza no por necesidad sino por llenar de actividad el silencio de las horas desocupadas, oscuras profundamente. No por necesidad.

                                                                             En la noche de mi vida.

 

domingo, 27 de septiembre de 2020

 Un cartero descalzo cruzó una cordillera con una talega de mil monedas de oro. Por tres razones el gobierno de su provincia le encomendó llevar el tributo anual al monarca: siendo hombre sin ambiciones, nada tomaría para sí y ningún salteador lo creería poseedor de algo más que simples misivas. Cuando llegó a la corte hizo entrega del tributo al monarca mismo y éste, a su tesorero.  

  -Mil monedas -confirmó.

 El monarca quedó satisfecho y mandó colgar al cartero, seguro de que algo había guardado para sí en el camino y de que había que aceptar la pérdida pues era irrecuperable. Este juicio atemperado y aplaudido por sus súbditos fue la tercera razón por la que se eligió al cartero: se le pagaba con lo descontado al tributo de mil y un monedas, estipulado por el monarca en un arrebato de sabiduría y su profundo conocimiento del pensar y actuar humanos.

martes, 7 de julio de 2020

Dos restaurantes (el mismo)


Fui al Restaurante Kafka. El servicio es excelente. Te atienden como si fueras importante. Te repiten que están para servirte y te prometen toda clase de manjares. Pero nunca te sirven más que pan y sólo te alimentan de esperanza. Saben cómo mantener vivo a un hombre. 
Una familia emprendió la apertura de un restaurante que nombrarían El Progreso. Construyeron su local con sus propias manos y con herramientas de su propia hechura. Con madera de abeto erigieron la estructura y usaron madera de arce para el piso y las puertas. Prepararon argamasa y fijaron los ladrillos cocidos en sus propios hornos. Extrajeron cobre, fabricaron las tuberías y el cableado eléctrico. Revistieron las paredes y el techo con madera de alerce y usaron madera de cerezo para las escaleras y los gabinetes de la cocina, cuyos cerrojos y bisagras eran de bronce salido de su propia fundidora al igual que el acero inoxidable para los enseres de corte y cocción. En sus talleres procesaron la arcilla y la arena para producir, respectivamente, la loza y el vidrio con que fabricaron la vajilla y la cubertería. Con madera de fresno construyeron los muebles. Tapizaron los sillones con cuero de animales cazados por ellos mismos. Con almajo recolectado por los pequeños, hicieron los jabones y el vidrio para embotellar el producto de sus viñedos, previamente añejado entre las duelas de roble. Las hilanderas de la familia tejieron las cortinas, las alfombras, las servilletas y hasta trapos de cocina con lana y fibras vegetales procesadas por los varones, quienes se encargaron de los menús. Con palisandro y palo de rosa hicieron tablas de quesos, cajas de puros, pipas, juegos de ajedrez, y hasta instrumentos de cuerda para interpretar música de su propia inspiración ante los comensales. Con piedra de cantera  circundaron un jardín sembrado de naranjos olorosos a azahares. Finalmente procedieron a la horticultura, la apicultura,  el cultivo de cafetos, cebada y lúpulo y la cría de ganado productor de carne y leche. Listos los suministros de alimentos, anunciaron la gran apertura. Pero no sabían cocinar. El negocio quebró.  



jueves, 18 de junio de 2020

De La Tradición Humana


Con el auge de los patronímicos y su relevancia social, las vírgenes se resistían a la fogosidad de sus pretendientes argumentando: 
-Si me posees sin que mi padre te lo permita antes, sería como si lo estuvieras poseyendo a él también, así como al resto de mi familia. Y tú no quieres eso, ¿verdad?      
Cedía el varón si conocía y estimaba al jefe de familia. En rarísimas ocasiones ocurría que él mismo contuviera su deseo y diera sus razones:                             
-Si hacemos esto sin que tu padre me dé su consentimiento, sentiría que me lo estoy tirando a él y al resto de tu familia. Y eso no se me antoja.
Pero comúnmente, tal perspectiva no sólo era inútil para disuadir al amante, sino que hasta avivaba su espíritu de aventura:
-¡A güevo! ¡Se la estoy dejando a caer a ese pinche viejo mamón! ¡Voy a hacer que chilles como tu jefa, y luego voy a hacer que tu carnala me la…!
Se optó por un convenio: quedó instaurado que sólo prestando su apellido el interesado y comprometiéndose a la manutención vitalicia de la mujer deseada, pasaría ésta a ser de su propiedad y no ya de la familia,con cuya venía podría él hacer uso de ella cuantas veces quisiera -o lo quisiera ella. Desde entonces, la vieja moral desacredita  las relaciones sexuales premaritales.

jueves, 21 de mayo de 2020

Música para desvelados

bibliotecas como cementerios de libros como lápidas con títulos como epitafios para difuntos de voces vivas, llameantes o cantarinas como arroyuelos.  Y los silencios blancos entre sus líneas 7  eran para el inspector un

7 La autora alude con un guiño a su peculiarísima relación con un locutor de radio que transmitía dos horas de boleros cinco noches a la semana. Cuando Ariza llamó a la emisora para solicitar una canción, Zagal, el locutor, que llevaba años escuchando las voces sin rostro de los radioescuchas y era desde joven propenso al romanticismo, le confesó -fuera del aire- experimentar aleteos en el estómago al escucharla. En verdad, lo que sintió fueron cosquilleos en el bajo vientre y nuestra futura escritora lo comprendía en su propio cuerpo desde que lo oyó por primera vez en un taxi rodeado por una noche lluviosa. Se dieron a intercambiar llamadas en las que era palpable "el elefante en la habitación", como se dice. Ninguno se atrevía a proponer el verse cara a cara, mas no por el juvenil apocamiento del enamorado, sino por la certidumbre de que su incipiente romance terminaría en cuanto conocieran los rostros tras las voces, cual desencantada culminación de un baile de máscaras. Acordaron un sitio para depositar y recoger sus largas epístolas -al igual que un horario para prevenir un encuentro fortuito- a fin de ignorar sus domicilios particulares y evitar buscarse. Y siendo sus palabras lo único que tenían el uno de la otra, se aseguraron de vertir su auténtico ser en cuanto se comunicaban, ya fuera oralmente o por escrito; despojándose de  muletillas y frases meramente consuetudinarias, formalidades vacías; eludían los circunloquios y los temas baladíes, referentes a las cosas que a ninguno interesa pero que son tránsito obligado para llegar a la franca confidencia. En suma, se despojaron de toda letra muerta, como quien se apresura a desnudarse al ver clarear el Día Final. Él hizo una lista de sus palabras favoritas -fonéticamente- para oírla leérselas, y ella le pidió que le recitara los poemas de su puño y letra, sueños en voz alta de lo que anhelaba oír a un hombre decirle sin ambages. Peroraban en otros idiomas sin que el hablante mismo supiera lo que decía. Quisieron oír cómo sonaban sus voces inflamadas de ira, trémulas de miedo o deseo, suplicantes, llorosas y de hinojos. Se rugían y jadeaban obscenidades que iban desde vocablos procaces hasta maratónicas descripciones, de minucioso acabado, sobre cómo se deleitarían abusando física y emocionalmente la una del otro. Y tras este sudoroso intercambio verbal, este copular de sus voces, se sentían más sucios, irreconocibles y vivos que si sus cuerpos se hubieran revolcado en el suelo, cuales niños o animales.  Pero había un límite: nunca describían sus apariencias. De sobra comprendían que su relación se cimentaba en la mutua ceguera, ese lienzo negro como un universo de posibilidades infinitas, donde el retrato de ambos no cesaba de variar. A veces, él era un mongol requemado por un sol agreste, o un campesino caucásico, robusto y barbado. Ella podía tener ojos rasgados, pómulos altos y tez aperlada, o ser una africana de labios gruesos y curvas como cimas. Lo mismo aplicaba para los rasgos generales de sus vidas, aquello que delineaba los relieves de sus existencias como la silueta de un eclipse: con quién y en qué barrio residían ahora y anteriormente, quiénes eran sus amigos, sus lugares de esparcimiento y sus medios de transporte, adónde y para qué viajaban, cuáles eran sus indumentarias en la calle y el dormitorio; todo aquello, pues, que era sólo circunstancial, todo cuanto el mundo había elegido para ellos y que sólo creían haber elegido -como la ropa, no confeccionada por ellos sino adquirida entre una variedad limitada e impuesta por la moda del tiempo que les tocó vivir. Cierto, sus voces eran también circunstanciales, hereditarias, pero mucho más flexibles y fértiles de ellos mismos que sus aspectos. Entre sus omisiones, estaba el acuerdo lo que procedería en caso de  conocer a alguien más. Y así le ocurrió a Zagal, quien, en vez de dialogar con su "voz gemela", se limitó a detallar a la recién llegada la situación en que lo hallaba. Tras meditarlo una noche, ella decidió que podía aceptarlo como quien acepta el probable recuerdo indeleble de una "ex" en la mente de su pareja. Cuando él se preguntó a sí mismo si debía presentar formalmente a ambas, se dijo que "la primera" no necesitaba enterarse de que "una segunda" se había mudado a su casa dado que esto era parte de su vida exterior y aparente. Ni siquiera se preguntó a cuál de las dos estaría dispuesto a dejar ir de suscitarse un -esperado- conflicto pues le pareció una hosquedad propia de comerciantes el recurrir a la balanza para valorar lo invaluable. Pero Ariza advirtió los súbitos accidentes geográficos en su voz  y los incómodos silencios en las entrelíneas de sus cartas: un encogimiento, una inhibición en el discurso de los que él mismo no era consciente -como el que no es consciente de su rostro delator- y que se agravaron cuando su nueva compañera comenzó a encelarse y a reprimir su disgusto para no desdecirse de su convicción primera. Hasta que al atardecer de un mal día de trabajo, estalló en reproches y se lamentó de que "una desconocida lo conociera mejor que la mujer que conocía sus olores y sus defectos". El declive hacia la separación fue suave y parsimonioso, como la distancia que se formó entre ambos, hasta que ella se convirtió en un puntito y desapareció. Un punto final de cuyo episodio optó por no discutir con Ariza, pero no porque hablar de ello avivara la herida -pues no había tal- sino por considerarlo un tema de conversación más digno de sus colegas y conocidos del trabajo, e incluso del vendedor de periódicos afuera de la estación; es decir, algo perteneciente a la superficie de su vida. Mas la mujer al teléfono se percató de su restablecimiento e inquirió: "¿estuviste enfermo?" Él se sintió asaltado y como el que reconoce su propia voz en una grabación. "Tuve dudas", confesó para no mentirle ni entrar en detalles. "¿Y... ya se te pasaron? Porque te duraron meses, casi un año." Se vio arrinconado por esta intromisión en su fuero interno antes de ofenderse y sentirse como un estúpido por su reacción ante lo que románticos incurables como él esperan precisamente de la vida: alguien capaz de entenderlo y conocerlo a fondo. No halló otro deshago que enfadarse con ella: "¡para qué te lo dije...! ahora no vas a dejar de mencionarlo cada vez que puedas usar tu comodín... pero al menos yo fui sincero... ¿yo qué sé de ti?¿cómo sé que no hay un hombre en tu cama, o una mujer?, ¿cómo sé que no hay alguien en otra línea escuchándonos para excitarse?" "¿Y por qué no me lo preguntas?¿Tienes miedo? ¿Te da más miedo enterarte de mi vida o que te mienta y ni siquiera lo sospeches porque después de todo lo que sabes de mí todavía no me conoces?"  La discusión arreció como un abrupto e imparable descenso que él no se atrevía a interrumpir colgando la bocina porque entonces tendría que ser él quien esperase a que ella lo llamara, conciliadora, pues de hacerlo él tendría que volver como un arrepentido despojado y mendicante; y en esos momentos intensos se desahogaba como un dios desatado que destruía lo que aún quedaba de su devastación. Pero al final colgó de un golpe. 
Aguardó semanas, meses. Quebrantado, la llamó. Pero ella había cambiado su número de teléfono. Después de alzarse en toda su furia e indignación cargadas de maldiciones condenatorias de ultrajado, se dejó caer en el abismo de la desesperación que alcanzó los lindes de su existencia hasta el más nimio rincón. Trabajo, familia, amigos, proyectos, pasatiempos, conflictos. Todo fue devorado por el vórtice de la herida que se abría para devorarlo entero a él también. "Pero todo esto es sólo lo exterior", se alentó y así resistió débilmente. Una mañana de domingo lo despertó una idea que lo hizo estremecerse. Acudió al sitio de depósito de su correspondencia por primera vez después del rompimiento. Metió la mano temiendo encontrar la muerte en el vacío. Pero tocó un paquete. Llorando de agradecimiento, lo abrazó sintiendo su corazón exaltado latir contra él. Buscó una banca y se acomodó para la revelación. Su ansiedad fue menguando al descubrir el contenido de las cien cuartillas mecanografiadas: una novela de detectives ambientada en un país ajeno continental y culturalmente. Ni un vestigio había de la vida de la autora; al menos, no de la parte exterior, circunstancial: la que el mundo eligió para nosotros. N del E.











martes, 7 de abril de 2020

Parábola del héroe

Como dijo un miembro de Steely Dan: “no es muy divertido hacer una exégesis de mi propia obra”. En verdad, ¿de qué sirve el arte si el mismo artista debe explicárnoslo después? Por otro lado, ¿no es tentador y hasta justo averiguar la historia encriptada en la canción que nuestra voz en cuello se ha aprendido tan fervorosamente. ¿Pero cómo hacerlo sin importunar al autor con esa trillada y odiosa pregunta? Aquí entran los Bar Songtellers, sujetos conversadores y más o menos cercanos a los músicos, que se sientan a la barra y cuentan sus anécdotas por un trago. En el declinar de un sábado charlé con uno que decía conocer al ingeniero de sonido que trabajó con una canta-autora de olvidado apogeo -como su nombre. Afines en edad y nostalgia recordamos su éxito de radio Bum me a Cigarette, Action Hero, y por un ruso blanco -o negro- abrió las arcas de su memoria ahumada de mariguana  y agrietada por las borracheras:
-Bien, lo que todos saben, si algo de atención han puesto a lo que cantaba esa chica, es que era una canción de protesta por las intervenciones de nuestro gobierno en la soberanía de otras épocas, lo cual tampoco era un secreto. Estados Unidos de América ya no se conforma con orquestar golpes de estado o desembarcos en el extranjero. Ahora vamos “en auxilio” de repúblicas y monarquías más allá de nuestro tiempo. Pasamos de Policía del Mundo a Policía de la Historia. Lo que pocos sabemos es que el padre de la autora de Action Hero era parte del proyecto Bagauda, financiado y estrechamente controlado por el Departamento de Inteligencia. Tú has oído de él. “Reyertas entre los bagaudas y el Bajo Imperio Romano”, se titulaba un artículo sobre la canción en la revista Shivers.
“El rumor no habla de los motivos, pero sostiene que un escuadrón estadounidense se infiltró entre los rebeldes bagaudas, para minar su lucha desde adentro, acelerar su derrota y permitir a los romanos concentrarse en su rechazo de los invasores germánicos. Si el plan era perpetuar la existencia del Imperio esto nunca fue especificado. El comandante del escuadrón, el famoso Ridgeway, se enamoró de una campesina y tuvieron hijos. Se separaron por primera y única vez cuando el joven oficial recibió instrucciones urgentes de adelantarse algunos años en la historia de la revuelta para localizar a los líderes en su senectud y darles muerte. Como dice mi amigo Ramón: “son lo mismo aquí y en China”. Aquellos líderes jóvenes morirían al ser asesinados los viejos por el escuadrón de Ridgeway.”
Mi interlocutor hizo aquí una pausa para ir al baño -y tal vez inhalar una línea. Volvió renovado. -Si recuerdas, a mitad de la canción “cambia” el narrador y el último de los ancianos líderes ve llegar a los hombres de Ridgeway hasta su escondite en las montañas. Sabe a lo que vienen. Se cubre el rostro y sale a la dura intemperie para recibirlos, desarmado. La anciana sirvienta del rebelde es apresada recolectando leña mientras Ridgeway interroga a su adversario. Como sólo risas apagadas le responden tras la basta tela, los hombre proceden. Ante los azules ojos inmóviles, idénticos a los del comandante, la vieja, una bruja insufrible y escandalosa, es torturada hasta la muerte. Los huesudos hombros del viejo campesino se sacuden. Pero su risa no es el colapso de su cuarteada entereza, como el joven oficial supone. Aquél se descubre el rostro y saluda familiarmente “hola, hijo”. Ridgeway se queda mudo como piedra. Ese rostro es y no es el de su padre, general condecorado y partícipe de un proyecto secreto; desertor de su misión por asumir seriamente el papel que sólo debía interpretar. Ridgeway está dividido entre el hijo y el militar, pero sólo por un instante. Como el relámpago, desenfunda su láser y asesina a todo su escuadrón. Su padre sigue riendo cuando le dice “bien hecho, muchacho, ahora ve a reunirte con tu familia... si puedes”. Un horrible presentimiento lo hace volver apresuradamente a los primeros años de la lucha. Su amada campesina ha muerto “aquí y en china”, torturada y asesinada por sus propios hombres, envejecida junto a un Ridgeway hecho auténtico líder rebelde. Años antes el general había muerto de una enfermedad contra la que su moderno sistema inmunológico no tenía defensas desarrolladas.
“Pero, como sabes, la canción finaliza optimista; si se puede decir así. El joven sospechó que el anciano no reía saboreando la sorpresa y el dolor que le esperaban porque siendo tú mismo el asesino de la mujer que amas no hay venganza ni satisfacción posibles. Por lo tanto, ¿era posible que aquel viejo ya no amara a la madre de sus hijos y en todos aquellos años se hubiera hartado de ella igual que el joven lo hizo en los pocos minutos antes de matarla? Sabía que la locura lo consumiría hasta la muerte si no volvía para interrogarse en ese futuro que había dejado atrás. Se las arregló para volver, pero esta vez se encontró con su hijo mayor, un joven musculoso que reconoció a uno de los asesinos de su madre…”
Hubo de interrumpirse súbitamente cuando desde la puerta del bar alguien, recuperando el aliento, le avisó que un tal Joe Daddy venía por él. Al levantarse, su taburete cayó derribando otro asiento. Corrió a hacia la salida de emergencia rodeando las mesas circulares y, según me enteré, no volvió sino más de dos meses después.

viernes, 3 de abril de 2020

La tercera en discordia más peligrosa es la que no se oculta porque no puedes verla.
Su presencia intangible se interpone entre nosotros como la distancia entre dos mundos.
Me distrae de lo que dices y me aburre de ti.
No es la penumbra propiciadora del romance y la intimidad.
No es que se vaya cuando tú llegas y su sombra se retira hasta mi pecho oprimido.
Cuando enciendes la luz de mi casa ella desaparece afuera, pero sigue estando adentro. 
La luna palidece radiante frente al sol y ella está más presente cuando más te acercas.
Su corazón es la isla de mi tamaño exacto, desde donde contemplo nuestro naufragio…

                                                                               La soledad, tú y yo.

domingo, 22 de marzo de 2020

Madrugada

-No puedo dormir, madre. Afuera hay tres señores posados en el cable del telégrafo.
-Que no te engañen sus sombreros y su paraguas negros. Son meros disfraces.
-Si no son hombres, ¿qué son?
-Solo una pesadilla. Vuelve a despertar.

jueves, 13 de febrero de 2020

Sin título

Un joven desesperado acudió con  un médico.
-¡Doctor, soy alérgico a la mujer que amo!
Tras un minucioso examen, el médico llegó a una conclusión:
-Sólo quedan dos alternativas: vivir con ella sobrellevando la intoxicación y los escozores o bien...
-¿Abandonarla? ¡Jamás!
-No me interrumpa. Diríjase a esta dirección si lo desea, pero aténgase a las consecuencias.
El joven se presentó en una casucha situada en lo recóndito de un arrabal. Lo escuchó una anciana indiferente que dictaminó:
-Es simple: hay que convertir a su prometida en algo distinto. Piense en algo que ambos necesiten.
El joven volvió al consultorio médico más desesperado que antes. 
-¡Doctor, la bruja convirtió a mi mujer en una linda casa y ahora cualquier vecino entra por su puerta trasera!
-Pues usted ha corrido con suerte. La mala salud de mi esposa y mi incapacidad para curarla me llevaron a pedir que la convirtiera en una fortaleza, y ahora sus amantes la asedian noche y día. 
Un viejo intendente que los escuchaba les habló con una sonrisa siniestra:
-Los dos son unos tristes novatos. La bruja convirtió a mi vieja en un cepillo de dientes. ¡Y ahora sólo yo la uso!

lunes, 27 de enero de 2020

Mirar de reojo

Dios periodista informa que Dios creador codició a la mujer de su prójimo.

Ninguno de los dioses se atreve a dudar de la veracidad de la noticia (el profesionalismo de Dios periodista es intachable), ni tampoco a arrojar la primera piedra: el pecado era inevitable, debido a la omnividencia del transgresor y a la excesiva higiene de Betsabé.

Se ignora a cuál prójimo pertenecía aquella mujer.

Desengaño

Nada más fácil para enamorar a alguien que haber sufrido mucho o, al menos, aparentarlo. Solemos confundir el amor con la caridad. Sólo debe...