jueves, 26 de diciembre de 2019

Schopenhauer para niños.

                                                                      Catedrático                                                                                                                            (beodo)

          A ver, güeyes, ¿quién me describe el silencio? Ta cabrón, ¿edá? Tonces, cállensen y sientensen, como dijo el alemán… ¡hip! El chico de atrás, páseme al frente, pinche platicón. 

        Ora que meditaba yo sobre el origen de la filosofía, concluí que no derivó de la ciencia, como dicen. La filosofía deriva del desempleo. ¿Cómo iba yo a entregarme a estas reflexiones filosóficas sino estando cesado? El buen Diógenes de Sínope no andaba por las calles soltando vigas como teporocho por convicción filosófica. La neta era que lo habían corrido de cuanta chamba había tenido. Era tan güevón que cuando alguien le ofreció un chingo de varo, con tal de no levantar la mano pa´ recibirlo, mejor dijo: “lo aceptaré si me garantizas que viviré mañana para gastarlo”. ¿Y quién iba a atreverse a garantizar tal cosa con el estilo de vida que llevaba este cabrón? Tons, al día siguiente se despertó, se rascó las talegas y al ver que seguía vivito exclamó para sí: “¡Pendejo!”

         La filosofía, pues, la fundó el desocupado. Pero no es lo mismo no hallar jale que no querer hallarlo. Para esa bola de ociosos que fueron los filósofos de la antigua Grecia había tiempo de sobra para discutir por mamadas. Tenían la barriga llena pero no había redes sociales y se aburrían tanto que para pasar el rato ¡se ponían a leer! ¡Libros! Como resultado se pusieron a buscarle tres pies al gato y nos legaron circunloquios como “yo sólo sé que no sé nada”, cuya doble negación bien puede que sea un vicio gramatical o una traducción fiel, en cuyo caso la expresión es intencionalmente afirmativa y el autor de la misma insinuaba ser una reata omnisapiente. Mas históricamente se interpreta como “yo sólo sé que nada sé”, lo cual significa “si digo alguna pendejada no se me llamará pendejo sino sabio pues he reconocido de antemano que no sé una chingada”. Por ésta y otras aportaciones, nuestra civilización está en deuda con los pinches griegos. Gracias a sus pathos tenemos la demagogia, y gracias a la catarsis de sus tragedias hoy nos emocionamos con las telenovelas y nos da mucho pinche gusto cuando meten al tambo a la estúpida babosa de la villana, perra maldita, que le quemó el jacal a los abuelitos de la pobre María Escapulario. ¡Ojalá que se pudra ahí! Arquímedes dijo “denme un punto de apoyo y moveré al mundo”. Así, mi compadre el mantenido puede decir “denme un güey botón y no me moveré del puto sillón”. Total, que gracias a tales mentes brillantes podemos solazarnos con las pendejadas de youtube así como mandar mensajes de texto mientras manejamos un coche. Y a los pinches romanos debemos no sólo el asimilar y legarnos el saber griego, sino también su propia afición a los putazos y la sangre, de modo que hoy disfrutamos tanto el cine gore como algunos deportes de contacto.

          Pero volviendo a los griegos, se dice que, lejos de estar tan buenotes como sus esculturas de soldados o sus frescos de heteras, eran feos con “f” de “fundillo”. Pero eran tan visionarios que se retrataron como querían que los del futuro los viéranos. Así que eso aprendánsen esto: la historia es la idealización de los sucesos y sus actores. ¿Si no por qué hablaban así de? “o sea, nuestras flechas cubrirán el sol, papá”, “¿ah, sí?, pues pelearemos a la sombra, mi rey…” O sea… ¡No mamen! ¿Cómo unos pinches asesinos jediondos, hijos de la riata van a decirse de mariconadas antes de los madrazos? Si algo se dijeron habrá sido “te voy a romper los dientes”, y “entonces me pondrás El Chimuelo…”. Ni que los hubiera acogido bajo su sobaco el mismísimo Aristóteles, quien aconsejó al pinche Alejandro Mango “trata a los griegos como amigos y familiares, y a los bárbaros como a animales y plantas”; por eso lo halló mandando a un tal Filotas a que se lanzara por las guamas sin clavarse el vuelto, como si fuera su carnalillo, mientras recogía las cacas de un esclavo en su mansión de Babilonia.

           La historia no es justa, pues. Déjenme hacerle justicia a un carnal, que como único legado nos dejó una paradoja que se convertiría en una expresión coloquial muy común. Llamábase Empínocles. Su padre fue un carnicero transa que cuando le pedías veinte pesos de chistorra los ponía en la balanza y te salía con la clásica mamada de “se pasó con diez, amigo, ¿no le hace? -de ahí la expresión “pasarse de verga”. Cuenta una anécdota que Zenón de Elea invitó a su cantón a varios filosos, como ellos mismos se decían de cariño, entre los que figuraba el mentado Empínocles. Ese día se discutían temas elevados y profundos, como por ejemplo: ¿por qué la imagen es cuadrada si el lente de la cámara es redondo?, ¿por qué las tortillas son más amarillas entre más cal les echen y más blancas entre más maíz tengan?; ¿Por qué se le dice “trono” a la taza del baño?, ¿será porque por entonces, igual que ahoy, era un lujo de reyes no tener que hacer de aguilita entre el zacate?; pero sobre todo, ¿qué es mejor, una nalgona despechugada o una pechugona desnalgada?” Pues sepan, estudiambres, que nuestros arcaicos maestros ya habían advertido que nuestro Padre a veces no le atina a la proporción del barro al amasar a la mujer. Claro que lo de ellos lo de ellos no eran las viejas. Las montaban porque no había de otra para procrear soldados y nomás se fijaban en el cuerpo femenino pa´ dos cosas: para hacer maniquíes de mármol, a los que ahora les dicen esculturas, y para criticarlo en sus comidillas. ¡Porque a ellos les gustaban los hombres, chingao! 

          El asunto es que en esta reunión enunció Zenón aquello que reza: “ser naco es ser chido, ergo es chido ser naco”. Pa que wachen, lo adelantados que estaban. Ellos te manejaban el latín porque podían prever qué lengua se impondría. Total, que todos aplaudían a las palabras de Zenón, excepto Empínocles que meditaba sabiamente: “ssschiale, si las ocurrencias de este güey se les hacen la gran verija, ¿por qué he de quedarme yo atrás?” Ni tardo ni perezoso se levantó de su asiento e hizo sonar su copa como si fuera a hacer un brindis por la quinciañera. Cuando tuvo la atención general puso cara de concentración. Todos estaban expectantes por lo que emitiría, y lo que emitió, inclinándose de ladito, fue la ventosidad más aguda, prolongada y escalada que alguien se hubiera atrevido a soltar en un banquete. Algunos dijeron que sonó como si un gato se desinflara, otros más elocuentes dijeron que se le salió un pedacito de psyche; pero todos coinciden en que, siendo pedo de filósofo, sonó a interrogación. Imaginen el bochorno y la confusión de aquellos sabios maestros. En medio de su aturdimiento se pusieron a buscar alguna frase chingona para hacer frente con ingenio a las marranadas de aquel cabrón, pues ninguno olvidó que la historia estaba tomando nota. Pero lo mejor con que pudo salir uno de ellos en ese momento, con el cerebro embotado y la nariz arrugada, fue: “¿te echaste uno?” Lo que equivale a preguntarle al recién llegado “¿ya llegastes?” No obstante, aún se debate sobre la auténtica intención de esta pregunta. Pues bien pudo ser que inquiriera “¿fue sólo uno, o una sucesión de ellos magistralmente ligados como notas musicales?” Empínocles se explicó entonces: 
          “No se sientan agraviados, queridos hermanos. Este airecillo del dios Flatos lo he dejado ir para comprobar si me pertenecía. Pero dado que no volvió a mí, mío no es. Quizá se lo aventó Empédocles” 
          Al momento se pusieron todos de pie para rendirle pleitesía y reconocerlo como sabio chingón, doctor honoris causa, se lumen proferre, y cuanta mamada rimbombante en latín se les vino a la mente. Y así, desde entonces, cuando alguien quiere desligarse de alguna bronca nomás dice “ese no es mi pedo”. 

      Mas no fue éste el único legado del buen Empínocles. Incidentalmente sentó el precedente del estereotipo del genio incomprendido. O sea que cada vez que algún pinche loco se orina en una mesa, rompe algo en casa ajena o hace cualquier tipo de desmadre y alguien dice “pinche loco” hay otro que responde “no, no entiendes, ¡él es un genio!, un artista radical y atormentado; nuestras acartonadas normas sociales no encajan en sus complejos esquemas de pensamiento, se supone que haga chingaderas…” Al menos en nuestro hemisferio occidental, claro está. Los “bárbaros” no la hacían tanto de emoción. Cuentan que en Córdoba, Veracruz, el célebre filósofo médico matemático astrónomo químico biólogo parasitólogo árabe Amar Mahamar -castellanizado como Avorazado-, fumaba shisha en compañía de sus contertulios cuando se sorrajó uno que sonó a derrumbe. "Al derrumbe de la poca vergüenza y los más elementales modales", refirió en sus memorias uno de los agraviados. Ante la contrariedad de los presentes, aquél sólo dijo: “sorry, creí que no se escucharía. Ji. ji”. 

      Y hablando de pinches locos, vamos a saltarnos algunos siglos en la historia de la filosofía, pasando sobre la receta del maimón de Maimónides y las monadas de Leibniz. Les hablaré de alguien conocido en el bajo mundo de la filosofía como Niche. Éste fue otro de esos genios controversiales que hubieran subido el rating de un talk show porque desde puberto era problemático el cabrón. Se matriculó en pomología y se salió cuando descubrió que nada tenía que ver el estudio del pomo. Intelectuales de todas la épocas se han visto divididos en torno a la polémica que su pensamiento causó: algunos dicen que fue el último gran pensador; otros, que era un pobre pendejo, como él mismo lo reconoció . El asunto es que dedicó su vida a escribir pendejadas en vez de hacerlas. Y no hablo de defender a un pinche caballo ni a salir a la calle en plena luz del día con una lámpara encendida, imitando al pinche Diógenes en su pregón de “ando en busca de un hombre”; costumbrita que se le acabó, por cierto, cuando un día le cayó Oscar Wilde así de “¡ay, ya somos dos!” 

       Seguidor de Schupenberguen, el Niche fue uno de esos pensadores, como Erasmo Catarino de Rotterdam, que usó su inteligencia y erudicción para autocompadecerse y llorar como nena porque el mundo estaba como sigue estando. Pero también fue generoso y muy altruista, así que tuvo la gentileza de legarnos sus grandes ideas en libros como “Eshe homie” y “¡Zarathustra habla aaaaaaaasííííííí´!”. También se sabe que dejó unas memorias inconclusas sobre su vida sexual que titularía “Sin novedad en el frente”. Una vez se pasó de veras en una entrevista donde, nomás por quedar bien con la periodista, dijo que él era más importante para los jóvenes que John Lennon. Esto fue antes de decir que el Rock estaba muerto. Cuentan que el origen de esta sentencia se originó una noche en que salió de juerga con el Wagner, su milky brother. Salían los dos de un congal donde las rolas estaban a diez pesos y la cubeta a doscientos con un privado de cortesía. El Wagner, al ver el estado del otro le dijo: “tás bien destruido, ca’ón, dame las riendas, yo manejo”. Y el pinche Niche rejego: “¡nicht!” Y el Wagner, no lo conociera, mejor pa’ no discutir le cedió el lugar en el pescante. “Igual y con el airecito se espabila”, pensó el alma de Dios. Pero el Niche venía inspirado por el alcohol y de pronto le salió al Wagner con una de sus ideas: “hay que llevarle serenata a mi prima, la Jenny”. Ante la negativa del Richard no pararon de alegar en todo el camino, forcejeando con las riendas. ¿Resultado? Ahí está el coche embarrado en una glorieta, los caballos desbocados y el Wagner cagando al Niche mientras éste guacareaba en un pirul: “¡hijo de la chingada… te dije que estabas hasta el culo…!” El otro disculpándose entre guacareada y guacareada: “perdón, we… eh, we, eh, ¿me perdonas, we?” Y el Wagner “¡no, que perdón ni que mis aguacates, ira nomás… el pinche carruaje… y la pinche trulla!” Y que la pinche tenencia, que dizque ya no iba a cobrarse… pero le subieron al control vehicular pa’ compensar… y sabe qué tanto rezongaba el Richi. Pero ora que me acuerdo, a estos batos les daba por hablar inglés gabacho cuando andaban briagos, igual a los deportados de Los Ángeles que regresan hablando como si todavía anduvieran con su pandilla de hood. Total, imagínensen al Wagner bien emputado y así de “ you crazy cocksucka moda foca, what´s wrong with ya, fool?” Y el Niche así de “chill out, broda; just relax, jou; everything cool”. “Don´t fucking tell me to chill out, nigga; you fucking superweirdo!” “Wooh, wooh, wooh! Don´t fuck me with that shit, dog. I warn ya. Just be cool, all right?” “Don´t fuckin ‘wooh, wooh’ me, jou…!” Pa’ acabar pronto, se estuvieron diciendo de mariconadas al más puro estilo de Holywood, repitiendo las mismas tarugadas que llenan el repertorio de vigas gabachas. Y en eso que les cae el tránsato y los estatales. El Wagner, acá a la discreta, le dijo al tamarindo: “la neta, mi poli, arréglese con él; yo le dije que no manejara pero estuvo mame y mame…” Leal y nada rajón el Wagner. Pero cuando les aplicaron el alcoholímetro el que salió ganador, o sea el de mayor puntaje, fue el pinche Wagner. “¿Cómo vergas?”, se preguntó, sintiéndola adentro. “Si el que viene cayéndose de pedo es Niche”. Pero sepan ustedes que éste era pedo de mecha corta. Por la tarde se había tomado un rompope que en la noche se le cruzó con un sorbito de calimocho. Ante la evidencia, el transi le preguntó: “usted que ha bebido menos que este pinche borracho dígame ¿quién le dio tequila San Matías a los caballos que se quedaron ciegos?” Y Niche y su dedote acusador: “¡ese puto!” -o sea Wagner. Y que me lo trepan a la julia, o sea la carroza municipal. Saldo de esa noche: alármala de tos o tribunazo, como dicen en Aguascalientes, y el encabezado IBAN HECHOS LA CABALGATA DE LAS VALQUIRIAS; sabadazo en el Torito pa’l Wagner y corralón pa su carruaje. Aparte, los caballos le costaron un güevo de la cara porque nomás los llevó a que les cambiaran los ojos pero el pinche mecánico acomedido les puso herraduras cromadas y radiador nuevo. “¿Pero pa’ qué fregados radiador si nunca han usado?” “Por eso, mein valedor, ora ya tienen (silbidito)”. No, no, no, no, no. Pa qué les digo que el Wagner no le volvió a hablar a aquél en lo que le restó de vida.

       Si lo pesamos mejor, fue mejor que el Niche se limitara a escribir y a sentar uno de los cimientos del nazismo -ya fuera con o sin la ayuda de su carnala. Porque si actuaba acorde a sus ideas, capaz que alguien, aparte de Hitler, lo usaba para crear algo todavía peor: como el cristianismo. Cabe, pues, la posibilidad de que Niche no estuviera tan güey como parecía y previó aquello al recordar lo que, según él, le pasó a Jesucristo: que el oportunista ese, el de la Risa en Vacaciones, lo usó como mártir de su causa nacionalista y así fundó la religión cristiana. 

      Con esto concluimos, pinches goliardos. Y para los que me piden que discutamos a Ortega y Gasset: vayan ustedes a hablar de reguetoneros a la hora del recreo... A ver, Avendaño, comparta sus cuchicheos con el resto del grupo. Han de estar más interesantes que mi pinche clase. ¿Andan con sus jetas porque los reprobé? ¿Y por qué creen que los reprobé? ¿Se creen que es por venganza? ¿Creen que cuando los repruebo me vengo? Acúsenme con el rector. Convoquen a junta de padres. ¿De qué me van a acusar? ¿De venir a cumplir aunque venga… indispuesto? ¡Que quede claro que no estoy pedo! Soy un niño.

jueves, 31 de octubre de 2019

La sombra crepuscular del gnomon


Una feminista aseguró que de rehacer la historia de la civilización arrebatando la hegemonía al hombre, varias creaciones humanas de forma oblonga y fálica desaparecerían: los leños, las antorchas, la palanca, los ejes, el garrote, las mazas, las estacas,, los estiletes, las letras cuneiformes, los cuchillos, las cerbatanas, lanzas, flechas, alabardas, hachas, cimitarras, dagas, katanas, espadas, los picos, azadones, palas, rastrillos, hoces, las guadañas, los arpones, las cañas de pesca, los remos, las canoas, los puntales, los palos de mesana, los palos mayores, los palos de trinquete y las vergas, los faros, las astas de las banderas, las piedras miliares, las estelas, los cimientos, las vigas, las chimeneas, los silos, las torres, las fuentes, las columnas de los propileos, los obeliscos, los pararrayos, la sombra del gnomon, el pulgar hacia abajo, los martillos, los clavos, la cruz, las pipas de opio, los campanarios, los badajos, los cirios y hachones, el hisopo del sacerdote, los cayados de los misioneros, la mano del mortero, los tubos de alambiques, los tubos de ensayo, los cucharones para calderos, las escobas voladoras, las varitas mágicas, los atizadores, el dedo acusador, las picotas, los nudos corredizos, los alfiles y peones, las torres, reinas y reyes del ajedrez, los cetros, las ballestas, los sables, floretes, fuetes y puentes levadizos, los husos, las tijeras, las agujas, los alfileres, las jeringas, los escalpelos, las sondas, los termómetros, cuentagotas, supositorios, las muletas, las parihuelas, los mangos de las carretillas de cadáveres, las narigudas máscaras de los médicos, la navaja del barbero, la férula del maestro, el cincel del escultor, el telescopio, el pincel, la batuta, las notas musicales blancas y negras, las corcheas y semicorcheas, las fusas y semifusas, los sistros, el sitar, el laúd, el figle, los oboes, las flautas, los fagotes, las trompetas, los cornos, los tubos del órgano, las teclas del clavicordio y del clavecín, los mástiles de violines, violas, violonchelos y mandolinas, las baquetas, la aguja del metrónomo y la brújula, los compases, los catalejos, las chalupas, los tótems, los mosquetes y trabucos, las bayonetas, las empalizadas de las reservas, las mangueras, las tuberías, los grifos y sus chorros, los canales de riego, los surcos de los sembradíos, las gavillas, los plumeros, los trapeadores, la mano del metate, el molinillo, los rodillos, las cucharas, los cuchillos y tenedores, los péndulos de los relojes, los bastones de los burgueses y los ciegos, el signo de silencio, las porras de los gendarmes, los machetes de los campesinos, la balanza de la justicia, el mazo del juez, las cuerdas de prisioneros, los barrotes de las celdas, las torretas de vigilancia, los túneles, la dinamita, las escalas y escaleras de manos, las linternas eléctricas,  los lingotes de oro, el humo de carbón de las locomotoras, las vías férreas y sus durmientes, las agujas de desvío y sus palancas, los taladros, tornillos, desarmadores, sopletes, las llaves de tuerca, las palancas de tractores y apisonadoras, los taladros de concreto, las vigas de acero, las grúas, las filas de obreros, los silbatos de las fábricas, las torres petrolíferas y sus chorros negros, las columnas de humo industrial, las carreteras, los postes del telégrafo, faroles y semáforos, las plumas de las casetas, las manivelas y palanca de los automóviles, los cigüeñales, las aceiteras, los medidores de aceite, los limpiaparabrisas, los gatos hidráulicos, las pistolas de gasolina, los silbatos de los policías, los zancos, las concertinas, las banderillas y los estoques de los toreros, los cigarrillos, las botellas de vino, la bocina y la manivela del fonógrafo, las bocinas de los teléfonos, las manecillas del reloj, los saludos fascistas, las balas, pistolas y sus gatillos, los rifles, las metralletas, los morteros, lanzallamas, cañones, misiles, los submarinos y sus periscopios, la nube de la bomba atómica, el asta de la bandera blanca, los ataúdes, los puentes colgantes, los rascacielos, las plumas fuente, los lápices, marcadores, correctores y crayones, los cepillos dentales, los cotonetes, labiales, las corbatas, los calcetines y medias, los cohetes espaciales, las torres de control, las antenas de alta tensión, las antenas radiales, los pedestales de micrófonos, las antenas de conejo, los controles remotos y sus pilas, los bates de baseball, los pinos de boliche, las raquetas, los palos de hockey, los tacos de polo y billar, las jabalinas, las garrochas, la señal de poder negro, los cuellos de contrabajos, guitarras, ukeleles, banjos, los cigarros de marihuana, el billete en rollo, las líneas de cocaína, las jeringas, velas y cucharas metálicas, las píldoras antidepresivas, los inhaladores para asmáticos, las palancas de los videojuegos, las lámparas de magma, el pulgar arriba, los atrapa-dedos chinos, los espantasuegras, los mangos de los baleros, las salchichas, el chorizo, los dedos de pescado, los tacos, los churros, los pirulís, los conos de nieve las paletas de hielo, los popotes, los batidores de cocktail, el dedo medio, los condones, los dildos, vibradores y la torre de babel en construcción

jueves, 26 de septiembre de 2019

CONTROL Z

Cuando yo era adolescente había un par de canales europeos que transmitían “cine de arte”. Yo lo veía por los puros “desnudos justificados”. Lo admito: aparte de caliente, era un ignorante. Hasta ahora entiendo que no se trataba de mostrar un buen par de nalgas o unas pinches chichotas. Se trataba de la iluminación, del ángulo de la toma… no se rían. Es en serio. Se trataba de la desnudez física como metáfora de la desnudez emocional. Por eso cuando hoy veo un “desnudo bien justificado”, ya no se me para como a cualquier viejo cochino. En cambio, pienso “ah, la iluminación está bien lograda… el juego de sombras… el significado metonímico...no me quiero tirar esa vieja, quiero analizar su lenguaje semiótico”.
Pero esto del “desnudo digital” ya es demasiado. ¿Cuándo fue la última vez que vieron un desnudo de carne y hueso en la pantalla? No sabrían responder con seguridad. Una cosa es el maquillaje digital, pero crear una vagina o un pene por computadora es una mentada de madre para el público. Los actores ahora se creen demasiado importantes como para salir encuerados. Y eso sí, todavía se atreven a cobrar sus millones.
Como sea, el caso es que tengo un amigo que estaba en el negocio del desnudo por computadora. Estaba tan acostumbrado al uso de un comando en el teclado, el Control Z… Ah, sí se acuerdan. Era para deshacer. Pues tan acostumbrado estaba  a usarlo, que hasta cuando la regaba en la vida real, alzaba la mano izquierda, para deshacer su error. ¿Se acuerdan que eran dos teclas en la parte inferior izquierda? Pues éste es el origen del nombre de esta famosa fregadera que todos usamos hoy. Y si en mis tiempos de puberto, había quienes se quejaban de que los dichosos smart phones eran una plaga, ¿que dirían hoy del control z? Todo mundo, hasta mi abuela con alzheimer, carga uno. Yo traigo aquí el mío, listo para usarlo en caso de que diga algo indebido. Y como siempre, todos tienen uno pero nadie sabe cómo fue creado.
Todo empezó con la mente visionaria de un pinche güevón: mi compa. “¿Y si fuera posible deshacer los errores que cometemos en el día a día del mismo modo que podemos deshacer un error cometido en un software de edición con un simple comando?”, se preguntó él siendo un estudiante más interesado en emborracharse que en estudiar. Así que él y un compañero visitaron a una eminencia de la física cuántica que, contra la creencia popular, siempre había defendido la existencia del “hubiera”. “Realidad alternativa”, era como le llamaba. Había dedicado su vida a probar que “el hubiera sí existe” desde que vio un letrero en una caseta de peaje que decía “el hubiera NO existe, prevé y evita accidentes”. “Eso no es verdad”, rebatió, “si hubiera tomado la carretera libre no tendría que pagar, y la posibilidad sigue ahí puesto que aún podría dar marcha atrás y volver… si no hubiera un muro de contención entre los carriles”. Así se le ocurrió lo de la barrera temporal que nos separa de las “realidades alternas”, líneas en blanco donde podemos rehacer nuestros actos. Pero su dichosa teoría tenía una falla muy obvia: la posibilidad de volver sin haber pagado seguía ahí porque todavía no había pagado. Supongan que volviera tras haber pagado. Habría desperdiciado su dinero. Pero para eso tenía también su respuesta: “esa es otra barrera, para otra línea, que también puede cruzarse”. O sea que así como podrías madrearte al pobre empleado de la caseta para recuperar tu varo, arriesgándote a que te la partieran a ti, podrías violentar al tiempo. Esto asustó a los que creían en su teoría.
Y ya saben el resto de la historia: el profesor ganó el premio Nobel por su contribución, mi compa desarrolló un prototipo del control z y ahora cualquier baboso puede desperdiciar el tiempo alterno viajando cada vez que quiere cambiar cualquier babosada que no le gusta. Porque siendo sinceros, eso es lo que de verdad hacen la mayoría de los llamados alternautas. Como las viejas que en una fiesta se encuentran a otra usando el mismo vestido, o el mismo color, o la misma tonalidad… Y aquí se están riendo las señoritas. Sí, a güevo. Díganme por qué no mejor van, agarran el pinche auto y se regresan a cambiarse el pinche vestido. “Para ahorrar tiempo”, me dirían como si yo estuviera pendejo. Pero pendejo el que me salga con esto porque es todo lo contrario: aparte de gastar el tiempo alterno en mamadas, generan contaminación temporal dejando tiradotas sus líneas de tiempo interrumpidas. Los científicos ya están hasta el culo de señalar lo contaminado que está nuestro “espacio temporal”. ¿O por qué creían que hay tanta pinche aberración caminando por la calle?: viejos con cara de escuincles, perros con dos o tres colas, y toda esa bola de transformers que no sabes si son vato o vieja -lo que no les ahorra la operación de cambio de sexo porque, como dije, ¡no se sabe cuál es su bando! ¡Estamos desestabilizando la continuidad del espacio-tiempo! Pero les vale madre. Y al gobierno también. Se contenta con obligar a las compañías a poner en el empaque la pinche leyenda esa de “úsese con moderación, este producto no es un juguete”. O están promulgando leyes para regularizarlo, como al alcohol y los automóviles. ¿Por qué no mejor aumentaron los aranceles para su importación? Porque sepan que lo fabrican en maquilas de países más pobres que el nuestro. ¡Pero si no aumentaron el impuesto a la comida chatarra cuando los índices de obesidad fueron alarmantes y mejor lanzaron una ley que prohibía decirle “gorda” a la gente gorda! Se aprobó con cuarenta y nueve “rellenitos” a favor. Desde antes la gente ya hablaba con eufemismos mamones: “Mary Chuy se ve repuestita”. En vez de decir que traía puesta la llanta de repuesto. O la estupidez esa de “Chuyita embarneció”. ¿“Embarneció”? ¡Se volvió Barney la hija de la chingada! Se acabó la cintura de avispa. Hoy pura cintura de obispo… No los estoy ofendiendo, ¿verdad? Para eso tendría que quedarles el saco y no creo que les quede. ¡Ja,ja,ja!
Bueno, ya no me hagan cambiar el tema. Les decía que para todo le dan click a su mentado aparato: desde escaparse de su vieja cuando les cacha los mensajes de la otra hasta cambiar la apuesta por la final del torneo, lo que no ha acabado con las apuestas. Nomás le hacen como en el casino: favor de dejar su control z en la entrada. Por cierto para salir de aquellos pedos no les sirve el teletransportador, que aparte de que se limita al espacio, ta bien pinche caro. También dicen que hay gente que ha quedado deforme de por vida. Con las moléculas no se juega al rompecabezas. Lo bueno de que pocos lo usen es que desde que se lanzó al mercado nos volvimos más pinches impuntuales, si es posible. “En un minuto tengo que estar en el jale… hay tiempo… un segundo”.
Volviendo al control z… No es de su incumbencia, pero, por motivos de los que no necesitan enterarse, estaba yo realizando un pequeño servicio comunitario. ¡Lo que importa aquí es que estaba sirviendo a mi comunidad!: llevaba a una viejita invidente al cine… Sí, todavía hay uno en nuestro rancho. Total que ahí me tienen describiendo una pinche película: “ahorita se lo está metiendo… ahora se lo está sacando… ahora se lo está metiendo… ahora se lo está sacando…” Hasta que la cabecita blanca me dijo: “joven, mejor avíseme cuando el maniático deje de acuchillar a esa pobre muchacha”. Es que la llevé a ver Psicosis. ¿Qué dijeron, cochambrosos? ¿Creen que la llevé a ver, o a oír, cochinadas? Cochina la actriz por estar encuerada, aunque se estuviera bañando.
A lo que voy es que recibí un mensaje por what´s, que es para lo único para lo que me alcanza.  Era mi compa, el magnate, que, luego de cagarme por seguir usando esta madre obsoleta que hacía difícil contactarme, me dijo que lo llamara porque tenía una propuesta de negocios. Él no podía gastarse su crédito en una llamada, como ustedes entenderán. “¿Sabes algo del proyecto Operación Jarocha?”, me preguntó. “Puras teorías de la conspiración”, le contesté. “¡Mis nalgas!”, contestó a su vez, “Esa chingadera es real. Yo tengo varo invertido en eso. ¿No has oído los rumores? ¡Hemos revolucionado el control z, ca´ón! Hasta hace poco el tiempo de retroceso estaba limitado a  cuarenta y dos horas. ¡Pero hoy podemos ir hasta los umbrales de la existencia humana!¿Te imaginas?” “Sí”, le digo. “Se les va a caer el dedo de tanto click”. Pero no me oyó y le siguió: “Podemos viajar al origen y hallar la solución a nuestro único pedo irresoluble: la muerte?” “¿O sea, los suicidios que han aumentado desde que salió tu aparatito?”, le dije. Pero este güey, como todo el mundo, se hizo pendejo pa no reconocer la mayor desventaja del control z: puede cambiar el curso de tus actos, pero no mejorarlos. ¡Todo lo contrario! ¿Que no leen el Alarma? Antes estaba plagado de pinches borrachos accidentados. Ora son los pinches alternautas que se matan o matan a su pareja cuando sus traiciones son más cabronas en cada línea temporal, o los que le dan al click porque los cagó un pájaro y varios saltos después terminan en el funeral de un familiar, al que ellos mataron. 
 Total que me dijo: “¡La muerte está en cada línea de tiempo así que no podemos más que cambiar la forma en que ocurre, pero ahora…!” Y aquí se me acabó el crédito. Tuve que ir a las oficinas de su corporación y me explicó pa qué era yo bueno. Aresulta que tenían todo un equipo bien cabrón de alternautas listos para viajar pa atrás. Pero primero tenían que probar los efectos psicológicos de un viaje temporal prolongado. Y como los dichosos alternautas eran muy valiosos por todo lo que les habían invertido, no podían darse el lujo de experimentar con ellos. Para eso ocupaban un pobre pendejo como su servidor. Y como yo ya soy un güey muy ocupado y aparte le sacaba a sus pinches experimentos, muy amablemente le dije que ni madres. Y entonces me dice: “¿sabes por qué te conté los detalles de nuestro proyecto ultrasecreto, del cual nada más un puñado del personal de esta corporación está al tanto?” De pronto me hizo sentir importante y pensé que me iría a decir que yo era una especie de elegido por un oráculo y que el destino de la tierra dependía de mí. Pero luego me la soltó: “como tú no perteneces a nuestro equipo pero estás enterado de lo que andamos armando, te quedan dos sopas: o aceptas colaborar por una retribución de ochenta dólares o te damos cuello para salvaguardar la confidencialidad de nuestro proyecto”. No se la hice de emoción para no darle el gusto de ver cómo me bajó gacho la moral. Mejor hice cuentas: “ochenta dólares, a mil pesos el dólar… pos no está tan peor”. Acepté y aquí estoy, contándoles todo con lujo de detalles. 
El proyecto Operación Jarocha se proponía usar a los grandes genios del pasado para llegar hasta los orígenes del tiempo. Para eso, tenían un simulador bien perro, donde podían crear personificaciones para comprobar cómo reaccionarían esos genios en contacto con la tecnología moderna. Por ejemplo, pusieron al buen Arquímedes dentro de una carcacha a veinte kilómetros por hora. El resultado fue que se orinó, se cagó y vomitó en menos de un minuto, igualito que una gata que yo tenía. Mi compa me dijo que,  para calarle de a poquito, empezaríamos con un viaje de cuarenta y ocho horas a un lugar donde yo estuve.  “Y si me en encuentro conmigo mismo, ¿entonces qué, genio?” le digo y me dice “No me vengas con mamadas de Volver al Futuro. De sobra sabes que para viajar al pasado viajas a una nueva línea temporal y con esto ya cambiaste tu existencia. Da lo mismo con quien te encuentres o lo que hagas”. Esta información no viene en los empaques del control.
Después de pusharle al comando diez veces regresé al fin de semana. Estaba en los quince años de una prima de trece que había quedado embarazada y le habían adelantado la fiesta. Me puse a buscar a un güey que estaba en mi mesa dándoselas de Juan Camaney. Ya bastante es estar sentado entre invitados desconocidos, dándole sorbos a la cuba mientras esperas a que sirvan la birria. Encima, hay que aguantar a un güey al que no le para la boca diciendo cómo deben hacerse las cosas. Hubo un momento en que pude haberlo hecho que se callara con un solo comentario, pero la inspiración llegó tarde. Aproveché la vuelta y le dije “un sabio dijo que en vez de decir mamadas hay que hacerlas”. Y me fui muy orondo al baño. Ahí había un vato patizambo, jorobado y desnalgado meando en un mingitorio. Cuando ocupé el de su lado, se asomó por encima del panel divisorio y me preguntó la hora con voz de Alex Lora. Entonces creí en los dragones. ¡Hijo de su pinche madre! “Es hora de comprar enguaje bucal”, pensé. Cuando se fue le mandé un mensaje a mi compa para que me regresara al tiempo presente. “¡No chingues!”, me dijo. “¿Nomás a eso fuiste?” “Te dije que no tenía arrepentimientos”, le contesté. “Pero ahora me arrepiento”. Y le conté del güey del baño. “Ese güey eras tú”, me dijo. “Ya sabía”, le dije.
Mi compa me dijo que ahora venía lo sabroso: tendría que viajar a mi infancia para averiguar si había algún suceso traumático que no había podido superar. Le conté de una vez que mis padres me regañaron por brincar sobre la cama, así que, cuando en la noche oí rechinar su colchón, fui a abrirles la puerta del cuarto para sorprenderlos brincando. “No, eso es demasiado traumático”, dijo. Le pensé un poco más y me acordé de cuando mi jefa me mandó espiar a mi jefe. “Quiero ver si tu papá no se ha conseguido otra mamá para ti”, me dijo y me dio dinero para que al día siguiente faltara a clase y lo siguiera toda la mañana. Yo estaba muy contento con el bolsillo lleno y la mañana libre, así que en vez de  seguir a mi jefecito me fuí a las maquinitas. A la hora de la comida regresé sin novedad y sin varo. Mi jefa se acabó la sandalia a fregadazos y cuando llegó mi jefe le contó que me la había pinteado así que me agarró a cinturonazos. Al mes se divorciaron y desde entonces me quedó la intriga de lo que habría descubierto si lo hubiera seguido.
Programaron el número de clicks y, después de un chingo, estaba yo de regreso en ese día. Pero en vez de seguir personalmente a mi jefe, me obligué a mí mismo a seguirlo. Me esperé afuera de mi casa, me agarré y me dije: “a ver, güey, te vas derechito a hacer lo que te dijeron y si veo que te vas a los videojuegos, te agarro a fregadazos peor que tu jefa”. “Haré lo que me diga, pero hábleme de perfil”, me dije. “Qué igualado”, pensé. Y para asegurarme de que me obedecería me quité todo el varo de mi jefa y me vigilé de lejos. Pero como tenía dinero y mucho tiempo libre, me fui al casino a jugar a la ruleta. Apostando de a poquito fui perdiendo de a poquito hasta que me quedé sin nada. A la hora de la comida me acordé de mi misión y regresé a mi casa. Me vi regresar corriendo, como si trajera noticias. Fui atrás de la casa, donde estaba la pared del fondo del patio. Mi jefa estaba lavando la ropa cuando entré yo muy agitado y le dije: “tenías razón, mi papá no fue al trabajo; en vez de eso se fue al cine, luego por una nieve, y por último a una casa que abrió con su llave...” Y en lo que agarré aire para seguir hablando, mi jefa preguntó toda histérica “¡¿pero con quién?!” y yo le dije “mi papá se consiguió otro hijo”. 

domingo, 25 de agosto de 2019

Mi celular, mi novia y mi automóvil.

Gracias a todos por haber venido. ¡Ejem! Permítanme contarles una historia. Ésta era una mujer muy ocupada. Tan ocupada que el día no le alcanzaba para sus múltiples ocupaciones. Por ello aprendió a realizar varias tareas a la vez: como comer mientras miraba videos o escuchaba audios en su teléfono, o platicar mientras enviaba o leía mensajes en su teléfono. Pero sobre todo, dominó la técnica de manejar la camioneta de sus padres mientras hacía uso de su teléfono. Los más allegados a  ella estaban asombrados con la destreza con que podía hacer esto.
“Es un don”, les decía ella con simplicidad.
Pero quiso el destino que una mañana se estrellara contra una glorieta por esquivar un automóvil que se detuvo de pronto en un semáforo en rojo, justo cuando ella enviaba un mensaje de voz. El volante el quebró el antebrazo derecho y su mano quedó inhabilitada. Pero no crean que por esto se resignó a pasar los siguientes días como una incapacitada. Cierto que su camioneta era standart, pero el automóvil de su prometido, su servidor… Discúlpenme... Perdón. El automóvil de su prometido era automático. Así, con los dedos libres de la férula braquiopalmar podía aún mover el volante mientras con la mano izquierda aprendió a manipular su teléfono, mismo que sobrevivió al accidente. Sus familiares y amigos no salían de su asombro, al igual que los otros conductores y algunos peatones.
Pero ya saben que el destino es inclemente. Un peatón cruzó la avenida cuando el semáforo seguía en amarillo mientras nuestra conductora aceleraba y veía que su prometido había dejado su último mensaje en “visto”. Ello viró bruscamente y se estrelló contra el costado de una combi. La trasladaron a urgencias, junto con siete pasajeros. Perdió la vista pero no enfrentó cargos porque el otro vehículo se hallaba detenido en una vuelta continua. Esto ocurrió tan sólo a dos días del primer choque. 
Mas su espíritu era inquebrantable. Aprendió a andar sola por la calle, con su bastón en la mano izquierda y su fiel teléfono acomodado en su hombro derecho. Como tras los gastos de la hospitalización y la terapia no podía costear un dispositivo especial para invidentes, y el único daño en su teléfono era la pantalla rota, descargó una app para invidentes. Así podía seguir haciendo uso de él cada vez que salía a pasear. 
Pasó el tiempo. Ella sufría de fuertes dolores pero aún podía trabajar. Su brazo sanó y recuperó la vista gracias a un trasplante de córnea en Cuba. Sus padres debieron hipotecar su casa para cubrir los gastos, pero había valido la pena. Ella volvió a ser la misma de antes. Podía manejar un vehículo standart y su viejo teléfono a la vez. Había desarrollado un vínculo con él. Durante sus momentos más difíciles, su teléfono estuvo con ella. Excepto, cuando la encarcelaron porque un conductor se rompió el cuello al salir disparado por el parabrisas al frenar para no atropellarla cuando cruzaba a media calle mirando un meme… que yo le envié... El hecho de que la víctima no estuviera usando el cinturón de seguridad fue un atenuante que redujo considerablemente su condena. Pero vivir apartada de su amigo fue demasiado para ella. Se suicidó al tercer día.



jueves, 20 de junio de 2019

Galerna y Mistral

¿Te conté la historia de tu abuela casada con un dios?
Era un dios celoso, mucho más celoso que yo.
Cuando de niños nos casamos supe que ella me dejaría.
Se iría con un viento que conoció antes que a mí.
Así me lo contó:

Hay vientos distintos, cada uno con su nombre y carácter.
El que jugaba conmigo era tibio y amigable por aquel entonces.
Lo conocí en la época en que traía siempre mi mano entre las piernas.
Los adultos me regañaban y me decían que no querían que me tocara
Los obedecí y empecé a frotarme contra los objetos.

Hasta que aquel viento entró a mi habitación una noche.
Yo había dejado mi ventana abierta, como mis piernas.
Supe que tenía un compañero de juegos, pero a escondidas.
Los adultos me cerraban la ventana, no fuera a resfriarme.
Así que yo lo esperaba en la azotea.

Conocí varones, me olvidé de él, pero no realmente.
Tuve hijos, tuve fantasías, él me rondaba, no dejaba huellas.
Había crecido, se impuso en mi vida, lo abandoné todo.
Lo abandoné por él, pero mi familia no me soltaba.
Me tenía toda para él, pero no estaba satisfecho.

¡Tú provocaste esta tempestad!, me acusó su voz de trueno.
Pero eres tú quien provoca las tempestades, repliqué.
¡Pero no las creo de la nada! ¡Alguien debe hacerme estallar!
¡Y esa fuiste tú otra vez!

Ser su esposa es llevar la vida a cuestas.
Como su prometida me exigió el primer sacrificio:
¡Dame a tus amigos si de verdad me amas!¡A todos ellos!
¡Ya tienes todos mis días! ¡Hasta el último! ¡
¿De qué te sirven mis pobres amigos?!

Pero su voluntad no podía ser contrariada.
Los perdí a todos ellos, quienes me habían advertido de él:
Es un tirano, es vano y egoísta, y está lleno de rabia.
Pero esto es justo lo que un no-creyente diría.
Las palabras y los razonamientos sólo enturbian el pozo de nuestra fe.

Quien no odie a su padre y a su madre no es digno de mí, sentenció él.
Y hube de inmolar algo que creí demasiado grande para su altar.
Jamás creí imposible poder inmolar un día, un fin de semana.
Pero no hay imposibles para su poder.
Adiós a mis reuniones familiares de domingo.

¡No me mires con esos ojos de pozo sin fondo!, vociferó.
¡Te he desposado a tí, entre tantas bellezas bajo mi reino!
¡Hubiera podido elegir a cualquiera! ¡A cualquier otra!
Y luego dejaba de hablarme durante días.

Fue entonces que cerró el cielo con ceñudas nubes en plena primavera.
Arrojaba afiladas y pesadas gotas de lluvia en mi camino.
La lluvia no demoraba en volverse granizo.
Arruinó muchos sembradíos.

De pronto volvió a brillar el sol y besó mi rostro herido con aire arrepentido.
Pero entonces me acusaba de no alegrarme con veneración por sus disculpas.
¡Nada has aprendido de mí sobre el perdón, víbora rencorosa!
Nada tenía que perdonarle pues no estaba resentida con él, pero no me creía:
¡Conque eres una fuente de virtud! ¡¿O me amas tanto que no puedes enfadarte?!

Yo callaba, me empequeñecía al nivel de las más humildes criaturas.
¡Conque prefieres la compañía de seres rastreros! ¡¿Los amas?!  
¡¿No sabes distinguir entre tu amor verdadero y un montón de insectos?!
Claro que sí, mi Señor. Mis seres queridos son sólo insectos.
Unos insectos a los que amo profundamente.
Mi respuesta me costó una pedrada en la boca.

Vino el invierno y me abandonó al frío.
Lo veía distante y borroso en las alturas.
No había el más mínimo calor en su presencia.
Sólo había ausencia en su presencia.
Mi corazón aterido imploró de hinojos.

En verano, cuando tenía el calor del cielo y de la tierra
tus caricias no me daban reposo, le recriminé.
Es por eso que nada te daré esta temporada, perra.
Veamos cómo te las arreglas ahora.

Me alejaré de su gélida ira para no morir, me dije.
Él escuchó mis ruegos arrastrándose en el lodo.
Pero no me expresé bien porque me advirtió:
¡Los hombres, mis hijos predilectos, te lapidarán si huyes!

Lo odié por un instante que él advirtió asombrado.
Fue mi amor el que lo odió y le gritó llorando:
Si me quedo ahora pensarás que es porque me has asustado
y no porque quiero quedarme contigo. ¡No es justo!
Mi oración lo complació ampliamente.

Realizó un milagro sólo para mí:
me acarició con un lejano y exótico perfume.
Desearía que mis seres queridos vieran esto, le dije.
Quiero que vean que mi dios realmente me ama.

Ellos dos se buscaban desde antes de conocerse.

Uno quería dominar y la otra ser dominada

lunes, 20 de mayo de 2019

Antihistoria


Ella nunca le sonrió de lejos la primera vez que presentaron el EXANI en la preparatoria Benito Juárez. Él no se preguntó si la conocía sin recordarla o si ella lo confundía con alguien más, ni jamás le habría atraído esa seguridad al sonreírle familiarmente, como si ella lo hubiera elegido. No volvió a encontrarla en el segundo intento, en la universidad, tras prepararse en el curso del profesor Lázaro. No se apresuró, inconscientemente, a responder las últimas siete preguntas para poder abordarla antes que se fuera. Ella no estaba aún en el corredor afuera del salón y al verlo no le preguntó familiarmente:
-¿Cómo te fué?
            Y él no enarcó las cejas ni suspiró:
            -Más o menillos.
            Así como tampoco inquirió a su vez:
            -¿Y a ti?
            Ella no se encogió de hombros ni sonrió desafiante al futuro, en lo cuál él no habría repar magnetizado, indeciso de irse. No tuvo necesidad de llenar el vacío en la charla:
            -¿Esperas a alguien?
            -A una amiga que también vino a presentar. Quedamos en ir a celebrar con unas alitas. ¿Para qué carreras vas?
            -Mi primer opción es LCO.
            -Órale... Yo para LCI. LCO es mi segunda opción.
-Y la tercera Filosofía o Letras -no bromeó él. 
-Sociología, de hecho. ¿Esas son tus segundas opciones?
Su amiga no llegó entonces ni él la reconoció como una ex compañera de la secundaria. Los tres no se encaminaron juntos, comentando el examen. No tuvo cosquilleos en las plantas de los pies ni en el abdomen porque ellas no lo invitaron:
-Si traes carro síguenos. Es aquí cerca, en Canal...
Tampoco se avergonzó de oler a sudor debido a su nerviosismo durante el examen. Nunca fueron a ese bar, no se rieron de anécdotas estudiantiles, no hablaron de las películas que los habían hecho llorar ni de los conciertos a los que habían ido o querrían ir. No se entusiasmaron al recordar a los actores que realmente representan un personaje y aquellos que solamente se representan a sí mismos en diferentes situaciones. No hablaron de “canciones con letra optimista y música triste, como Perfec Day de Lou Reed”. El mesero no tuvo que decirles que ya iban a cerrar así que ninguno de ellos dijo “qué temprano se hizo tarde”, por lo que éste no habría sido su primer “chiste local”. No se agregaron en Facebook.

En la mañana en que compró el periódico no buscó el nombre de ella en la lista de admitidos después de hallar el suyo. Ella no le mandó un inbox avisándole que no quedó en la primer opción y que serían “compañeritos” de carrera. Él no le respondió con un emoticón triste, diciéndole que no llegó ni a la segunda opción, y ella no le dijo: “pinche parero, ya vi tu nombre en la lista de admitidos”.  No hubiera sido esto lo que él habría querido oírla confesar.
No tuvo celos ni se decepcionó durante los primeros días de clase, tampoco se sintió inseguro. Ella no se mostraba atraída por un estudiante de tercer semestre que era primo de una media hermana suya. Nunca llegó a compararse con él ni le intrigó lo que de atractivo pudiera hallar ella en su personalidad. Jamás hizo o dijo algo en presencia de ella como consecuencia de lo que aquél decía o hacía (o decía que hacía). No se esforzaba por imitarlo u opacarlo.
En la fiesta de bienvenida de la generación, él no se limitó a dos latas de cerveza para poder llevarla a su casa y no se encontraron en el estacionamiento a escondidas porque ella no le dijo que se escabulló de sus amigos para “irse los dos solitos”. Él no pensó que solamente lo hizo para evitarle la molestia de otros cuatro pasajeros “desmadrosos” amontonados en el asiento trasero de su “vocho” de dos puertas.  La plática en el camino no “se puso buena” y no empezaron a hablar de comida. Ella no sugirió que fueran por unas chascas de arrachera por Santa Anita ni pagó por la de él. Después no fueron por un six ni caminaron hasta Ferronales para pasear entre las silenciosas casas de estilo estadounidense, riéndose de la palabra “chasquero” que a él se le salió; riéndose de cualquier cosa, felices. Ella no le ofreció un billete por la gasolina que le costó el desviarse, pero él no lo habría rechazado.
No se pusieron de acuerdo para “pinteársela” de la clase de dos horas del profesor “barco” para ir a ver la nueva película de Pixar, al principio de la cual ella no lloró y él no le “tronó” un beso electrificado en la mejilla que la hizo gritar. No se rieron con las frentes apoyadas y los alientos cercanos. No se besaron ahí ni se volvieron a besar en el estacionamiento. Y nada de esto habría ocurrido como si lo hubieran planeado telepáticamente. No la llevó a casa ni se despidieron largamente.
Sus padres no se alegraron por él porque ella no se hizo amiga de su hermana menor ni se ganó la simpatía de la abuela desde la primer visita.  Él no conoció a su madre, divorciada desde hacía diez años y alardeando de ser una mujer liberal, así que no se preguntó si ella también se vería “como una milf” a su edad.
No asistían juntos a las funciones de la Cineteca en la universidad ni se iban a beber “bombas” a Calvillo con los compañeros del salón, por lo que no tuvieron su primer discusión cuando una amiga de ella fue arrestada por decirle “puerco” a un policía y él se abstuvo de defenderla y de cooperar para la fianza. No se reconciliaron al día siguiente en el salón, riendo ante el video del incidente que uno de sus amigos grabó a escondidas.
-Te encabronas conmigo y este güey aparte de no haber ayudado todavía la anda quemando en las redes -no le dijo él.
Ella no lloraba de la risa.

No fueron al casamiento civil de un compañero de salón en un terreno cercano a La Tomatina. No se besaron en la soledad oscura del estacionamiento hasta meterse las manos bajo la ropa. Ella no le desabrochó el cinturón ni el pantalón ansiosamente. Él no sintió su boca salivando en su erección mientras miraba las estrellas ni tenía miedo de eyacular prematuramente, como si hubiera sido ésta su primera experiencia. No fue más grande el temor a ser atrapados ni regresaron a la fiesta abrazados y besándose.
No se llamaban a sus trabajos matutinos, con los que pagaban la colegiatura, ni se quedaban solos los fines de semana en la casa donde él acababa de mudarse con un conocido de su hermana. No se ponían a ver videos pornográficos amateurs ni se burlaban de las faltas de ortografía en los avisos de las escorts. No hizo él la observación de que las mujeres siempre estiran el elástico del calzoncillo para bajarlo sin tocar la erección, mientras el hombre sabe innecesario tal cuidado. No siguió a esto una tensión en la soledad y en la quietud de la casa, ni se sintió él intimidado cuando ella lo miró como a un “adolescente mañoso”. No se recostó en el sillón mientras ella lo besaba gimiendo. No sintió su lengua vehemente ni el peso de su cuerpo montando el suyo. No tenía su respiración en su oído, ni temblaban estremecidos ambos, y sus manos no buscaban su piel. No recuerda el color de su ropa interior ni los lunares y cicatrices que siempre estuvieron ahí, ocultos a su vista. No se quedó con la sensación de sus muslos y sus nalgas en las manos ni de la suavidad del busto en su cara junto con la aspereza del sostén. No recordaría después el momento en que ella se despojó de sus bragas y descubrió su “corte de pelo”, ni cuando vio el color y la forma de sus pezones. No la recuerda transfigurada en su desnudez, con un rostro nuevo, hecho para él en ese momento. Ella no sacó un condón de su morral jamaiquino. No iba preparada.

Después de eso, ella no fue al ginecólogo acompañada de su madre para que le colocaran el dispositivo intrauterino. Y a partir de entonces, las calificaciones de él no bajaron gradualmente ni estuvo a punto de repetir el tercer semestre. Ella  no se propuso mejorar sus calificaciones para irse de intercambio a Europa y él no se propuso lo mismo sólo para poder irse juntos. No fueron con algunos amigos de Sociología al Festival Cervantino ni con un tío de él y su novia al Vive Latino para ver a Caifanes, y de paso a  San Pascualito Rey y al Instituto Mexicano del Sonido. No se embriagaron en la feria de los Chicahuales ni se andaba peleando él con un marihuano bajito y correoso que le colmó la paciencia, por lo que ella no lo calmó acariciándole la entrepierna. No hablaban de que era más caro tener una hija que un hijo cada vez que pasaban ante las tiendas de ropa infantil en los centros comerciales.
No cancelaron una cena romántica por haber peleado cuando él insistió en tener sexo antes de bañarse, excitado por su olor tras jugar basket ball y asqueada ella. Al final de un día trabajando como mesero en la feria, él no la acompañó toda la noche en el hospital cuando a su madre la llevaron a urgencias por una apendicitis. Ella no se regresó de Guadalajara la misma noche que llegó, para abrazarlo llorando, cuando supo que lo asaltaron con un cuchillo cerca de las vías del ferrocarril. No lloraron copulando al amanecer ni juraron que jamás se separarían.
No fueron a la Ciudad de México en un viaje de campo con el grupo y un maestro. No planeaban ir a un club de bailarinas en la Zona Rosa y ella no le iba diciendo que le gustaría meterse a un privado con él para que la viera “manosear” a la desnudista. En el hotel no reservaron un cuarto para ellos dos. No fueron a una sex shop ni se metieron a una cabina donde había un DVD, un televisor y un glory hole que usaron para espiar a la pareja en la otra cabina. No fueron a una pulquería y luego a un club cerca de Plaza Garibaldi con siete compañeros del salón. Ella no hizo un comentario sobre cómo miraba “hipnotizado” las torneadas piernas de una bailarina colgada del tubo y él no respondió que estaba mirando al vacío mientras escuchaba la canción de Guns and Roses. No empezaron a discutir ni a decirse cosas hirientes hasta que ella se fue al hotel y él se quedó en Garibaldi con sus amigos, tomándose fotos y cantando el “mono de alambre” con un conjunto. No descubrió que ella había sacado sus cosas del cuarto cuando regresó al hotel ni fue “encabronado” a tocar la puerta al cuarto donde estaban sus amigas. Ellas no le dijeron que no estaba ahí sin dejarlo asomarse siquiera. Una estudiante sinaloense de intercambio no fue a pedirle usar su regadera con el pretexto de que la suya no funcionaba y él no la miró desnudarse en el baño, embrutecido por el alcohol y la ira, mientras ella cantaba tranquilamente, como si lo ignorara. No se desnudó también ni oyó que tocaban la puerta. No era ella la que llamaba, en licra y camiseta de tirantes. No se quedó inmóvil y sin respirar en medio del cuarto, oyendo el agua caer y los golpes en la puerta,seguidos de su nombre en la voz dolida de ella, apagado por la puerta. La sinaloense no empezó a cantar una canción ranchera de desamor y él no corrió a cerrar la puerta del baño. No oyó los golpes más impacientes ni la escuchó insistir casi llorando, sintiendo que se le revolvía el estómago. No se arrepentiría de lo que haría. No iría a entreabrir la puerta torpemente ni vería su rostro afeado por el llanto y el desvelo. No balbucearía contradictorias excusas para no dejarla entrar. No diría que estaba en el baño ni negaría enfurecido que había alguien en la regadera. No se enfurecería por el hecho de que para él realmente nadie había adentro porque nada había hecho él. El rostro de ella no se encendería también al comprender que lo tenía acorralado. Sus palabras rugientes no lo atravesarían ni harían salir a un huesped a quejarse y callarlos. Él no cerraría la puerta cobardemente, herido, suplicando que ella dejara de gritar, oyendo la voz severa del huésped. No fue a vomitar al lavabo ni la estudiante de intercambio ya no estaba. Ella no había parado ya de  gritar. No se quedó dormido sobre la tapa del inodoro ni se levantó un rato después para acostarse en la cama.
Ella no se fue temprano en un autobús de Turipaquetes ni él intentó alcanzarla cuando un compañero de clase le avisó por mensaje que la vio con su maleta desayunando en un mercado. Tampoco se atrevió a preguntarle a la sinaloense si ella la vio salir del cuarto. En el autobús de regreso, él no se puso a platicar con una de sus amigas ni la hizo jurar que ignoraba dónde había pasado ella la noche. Por lo tanto él no sospechó que le ocultaban algo y no fue a preguntar al compañero que le envió el mensaje si la vio sola. Aquél no le dijo por fin que alguien la ayudaba con su maleta, pero de haber sido así la descripción no habría encajado con la de un amigo de ella que tenía un local a tres cuadras del hotel. Así pues, durante el resto del viaje, no se atormentó a sí mismo ni a los demás con preguntas necias y repetitivas, entre la duda y la certidumbre.
Él no la estuvo llamando ni ella ignorándolo durante todo el fin de semana. El lunes no hubo de perseguirla por el campus para obligarla a detenerse a hablar. Ella no lo torturaba con una forzada indiferencia, propensa a explotar en ira, ni él le exigía impotente que le dijera dónde pasó la noche. Tampoco ansiaba que ella le preguntara si había estado con alguien. No tuvo que ceder y detallar cuánto ocurrió de verdad en su cuarto sin que ella se lo pidiera. No sufrió su media sonrisa de desdén. No acabó ella  por llorar con rabia y mentarle la madre, ni él se sintió estúpido pues no le juró que nada había ocurrido mientras ignoraba aún lo que ella había hecho. No la aferró por la muñeca y ella no forcejeó para que la dejara ir a clase. Un vigilante no intervino. Él no faltó al resto de las clases ni perdió el apetito ese día.
Ella no lo citó en un café. Él no fue con vértigo. Ella no le juró tranquilamente que nada había ocurrido ni le dijo que fue con su amigo para pedirle dinero prestado para el pasaje porque sus amigas no tenían suficiente. No eligió creerle ni volvió a insistir en que también él decía la verdad. No apretó su mano sobre la mesa ni la miró a los ojos para decirle:                                                                                        
 -Quiero estar contigo solamente. 
No se reconciliaron ahí, en el anochecer.

Finalmente ella no se fue de intercambio estudiantil a Inglaterra ni a él le resultó imposible mejorar sus calificaciones. No se comunicaban cada vez con menos frecuencia y con menos qué decir. Él no se resignaba cada vez más cuando veía sus publicaciones en Facebook e Instagram con sus amigos extranjeros, en las que siempre aparecía un galés pelirrojo abrazándola por los hombros. Su última videollamada no fue una costumbre forzada más que un anhelo cumplido.
-¿A qué hora llegas a Berlín?
-No voy a Berlín. Voy a Viena por tren.
-¿Cuántos días vas a estar ahí?
-Sabe. ¿Para qué quieres saber?
-Por nada… Por si pensabas cambiar la fecha del vuelo.
-Mmm
-¿Quieres que vaya por ti al aeropuerto?
-Mi mamá puede ir.
-No dudo que puede. Esa no fue la pregunta.
Ella no bostezó ni chasqueó la boca. No dejaron pasar un silencio amargo.
-¿Y cuándo regreses… qué? -no preguntó él.
Ella no se quedó pensando ni respondió:
-¿A qué te refieres?
Él no sonrió meneando la cabeza ni dijo:
            -Qué temprano se hizo tarde. Hasta luego.
-Adiós.

          Él no reprobó el penúltimo semestre y ella no se graduó antes que él ni se mudó a  Guadalajara. Durante el último año no fueron pocas las oportunidades para que coincidieran pues ninguno de los dos estaba ocupado con sus trabajos y en sus proyectos académicos. Nunca terminaron por distanciamiento. Ellos realmente nunca se conocieron.

Desengaño

Nada más fácil para enamorar a alguien que haber sufrido mucho o, al menos, aparentarlo. Solemos confundir el amor con la caridad. Sólo debe...