jueves, 26 de septiembre de 2019

CONTROL Z

Cuando yo era adolescente había un par de canales europeos que transmitían “cine de arte”. Yo lo veía por los puros “desnudos justificados”. Lo admito: aparte de caliente, era un ignorante. Hasta ahora entiendo que no se trataba de mostrar un buen par de nalgas o unas pinches chichotas. Se trataba de la iluminación, del ángulo de la toma… no se rían. Es en serio. Se trataba de la desnudez física como metáfora de la desnudez emocional. Por eso cuando hoy veo un “desnudo bien justificado”, ya no se me para como a cualquier viejo cochino. En cambio, pienso “ah, la iluminación está bien lograda… el juego de sombras… el significado metonímico...no me quiero tirar esa vieja, quiero analizar su lenguaje semiótico”.
Pero esto del “desnudo digital” ya es demasiado. ¿Cuándo fue la última vez que vieron un desnudo de carne y hueso en la pantalla? No sabrían responder con seguridad. Una cosa es el maquillaje digital, pero crear una vagina o un pene por computadora es una mentada de madre para el público. Los actores ahora se creen demasiado importantes como para salir encuerados. Y eso sí, todavía se atreven a cobrar sus millones.
Como sea, el caso es que tengo un amigo que estaba en el negocio del desnudo por computadora. Estaba tan acostumbrado al uso de un comando en el teclado, el Control Z… Ah, sí se acuerdan. Era para deshacer. Pues tan acostumbrado estaba  a usarlo, que hasta cuando la regaba en la vida real, alzaba la mano izquierda, para deshacer su error. ¿Se acuerdan que eran dos teclas en la parte inferior izquierda? Pues éste es el origen del nombre de esta famosa fregadera que todos usamos hoy. Y si en mis tiempos de puberto, había quienes se quejaban de que los dichosos smart phones eran una plaga, ¿que dirían hoy del control z? Todo mundo, hasta mi abuela con alzheimer, carga uno. Yo traigo aquí el mío, listo para usarlo en caso de que diga algo indebido. Y como siempre, todos tienen uno pero nadie sabe cómo fue creado.
Todo empezó con la mente visionaria de un pinche güevón: mi compa. “¿Y si fuera posible deshacer los errores que cometemos en el día a día del mismo modo que podemos deshacer un error cometido en un software de edición con un simple comando?”, se preguntó él siendo un estudiante más interesado en emborracharse que en estudiar. Así que él y un compañero visitaron a una eminencia de la física cuántica que, contra la creencia popular, siempre había defendido la existencia del “hubiera”. “Realidad alternativa”, era como le llamaba. Había dedicado su vida a probar que “el hubiera sí existe” desde que vio un letrero en una caseta de peaje que decía “el hubiera NO existe, prevé y evita accidentes”. “Eso no es verdad”, rebatió, “si hubiera tomado la carretera libre no tendría que pagar, y la posibilidad sigue ahí puesto que aún podría dar marcha atrás y volver… si no hubiera un muro de contención entre los carriles”. Así se le ocurrió lo de la barrera temporal que nos separa de las “realidades alternas”, líneas en blanco donde podemos rehacer nuestros actos. Pero su dichosa teoría tenía una falla muy obvia: la posibilidad de volver sin haber pagado seguía ahí porque todavía no había pagado. Supongan que volviera tras haber pagado. Habría desperdiciado su dinero. Pero para eso tenía también su respuesta: “esa es otra barrera, para otra línea, que también puede cruzarse”. O sea que así como podrías madrearte al pobre empleado de la caseta para recuperar tu varo, arriesgándote a que te la partieran a ti, podrías violentar al tiempo. Esto asustó a los que creían en su teoría.
Y ya saben el resto de la historia: el profesor ganó el premio Nobel por su contribución, mi compa desarrolló un prototipo del control z y ahora cualquier baboso puede desperdiciar el tiempo alterno viajando cada vez que quiere cambiar cualquier babosada que no le gusta. Porque siendo sinceros, eso es lo que de verdad hacen la mayoría de los llamados alternautas. Como las viejas que en una fiesta se encuentran a otra usando el mismo vestido, o el mismo color, o la misma tonalidad… Y aquí se están riendo las señoritas. Sí, a güevo. Díganme por qué no mejor van, agarran el pinche auto y se regresan a cambiarse el pinche vestido. “Para ahorrar tiempo”, me dirían como si yo estuviera pendejo. Pero pendejo el que me salga con esto porque es todo lo contrario: aparte de gastar el tiempo alterno en mamadas, generan contaminación temporal dejando tiradotas sus líneas de tiempo interrumpidas. Los científicos ya están hasta el culo de señalar lo contaminado que está nuestro “espacio temporal”. ¿O por qué creían que hay tanta pinche aberración caminando por la calle?: viejos con cara de escuincles, perros con dos o tres colas, y toda esa bola de transformers que no sabes si son vato o vieja -lo que no les ahorra la operación de cambio de sexo porque, como dije, ¡no se sabe cuál es su bando! ¡Estamos desestabilizando la continuidad del espacio-tiempo! Pero les vale madre. Y al gobierno también. Se contenta con obligar a las compañías a poner en el empaque la pinche leyenda esa de “úsese con moderación, este producto no es un juguete”. O están promulgando leyes para regularizarlo, como al alcohol y los automóviles. ¿Por qué no mejor aumentaron los aranceles para su importación? Porque sepan que lo fabrican en maquilas de países más pobres que el nuestro. ¡Pero si no aumentaron el impuesto a la comida chatarra cuando los índices de obesidad fueron alarmantes y mejor lanzaron una ley que prohibía decirle “gorda” a la gente gorda! Se aprobó con cuarenta y nueve “rellenitos” a favor. Desde antes la gente ya hablaba con eufemismos mamones: “Mary Chuy se ve repuestita”. En vez de decir que traía puesta la llanta de repuesto. O la estupidez esa de “Chuyita embarneció”. ¿“Embarneció”? ¡Se volvió Barney la hija de la chingada! Se acabó la cintura de avispa. Hoy pura cintura de obispo… No los estoy ofendiendo, ¿verdad? Para eso tendría que quedarles el saco y no creo que les quede. ¡Ja,ja,ja!
Bueno, ya no me hagan cambiar el tema. Les decía que para todo le dan click a su mentado aparato: desde escaparse de su vieja cuando les cacha los mensajes de la otra hasta cambiar la apuesta por la final del torneo, lo que no ha acabado con las apuestas. Nomás le hacen como en el casino: favor de dejar su control z en la entrada. Por cierto para salir de aquellos pedos no les sirve el teletransportador, que aparte de que se limita al espacio, ta bien pinche caro. También dicen que hay gente que ha quedado deforme de por vida. Con las moléculas no se juega al rompecabezas. Lo bueno de que pocos lo usen es que desde que se lanzó al mercado nos volvimos más pinches impuntuales, si es posible. “En un minuto tengo que estar en el jale… hay tiempo… un segundo”.
Volviendo al control z… No es de su incumbencia, pero, por motivos de los que no necesitan enterarse, estaba yo realizando un pequeño servicio comunitario. ¡Lo que importa aquí es que estaba sirviendo a mi comunidad!: llevaba a una viejita invidente al cine… Sí, todavía hay uno en nuestro rancho. Total que ahí me tienen describiendo una pinche película: “ahorita se lo está metiendo… ahora se lo está sacando… ahora se lo está metiendo… ahora se lo está sacando…” Hasta que la cabecita blanca me dijo: “joven, mejor avíseme cuando el maniático deje de acuchillar a esa pobre muchacha”. Es que la llevé a ver Psicosis. ¿Qué dijeron, cochambrosos? ¿Creen que la llevé a ver, o a oír, cochinadas? Cochina la actriz por estar encuerada, aunque se estuviera bañando.
A lo que voy es que recibí un mensaje por what´s, que es para lo único para lo que me alcanza.  Era mi compa, el magnate, que, luego de cagarme por seguir usando esta madre obsoleta que hacía difícil contactarme, me dijo que lo llamara porque tenía una propuesta de negocios. Él no podía gastarse su crédito en una llamada, como ustedes entenderán. “¿Sabes algo del proyecto Operación Jarocha?”, me preguntó. “Puras teorías de la conspiración”, le contesté. “¡Mis nalgas!”, contestó a su vez, “Esa chingadera es real. Yo tengo varo invertido en eso. ¿No has oído los rumores? ¡Hemos revolucionado el control z, ca´ón! Hasta hace poco el tiempo de retroceso estaba limitado a  cuarenta y dos horas. ¡Pero hoy podemos ir hasta los umbrales de la existencia humana!¿Te imaginas?” “Sí”, le digo. “Se les va a caer el dedo de tanto click”. Pero no me oyó y le siguió: “Podemos viajar al origen y hallar la solución a nuestro único pedo irresoluble: la muerte?” “¿O sea, los suicidios que han aumentado desde que salió tu aparatito?”, le dije. Pero este güey, como todo el mundo, se hizo pendejo pa no reconocer la mayor desventaja del control z: puede cambiar el curso de tus actos, pero no mejorarlos. ¡Todo lo contrario! ¿Que no leen el Alarma? Antes estaba plagado de pinches borrachos accidentados. Ora son los pinches alternautas que se matan o matan a su pareja cuando sus traiciones son más cabronas en cada línea temporal, o los que le dan al click porque los cagó un pájaro y varios saltos después terminan en el funeral de un familiar, al que ellos mataron. 
 Total que me dijo: “¡La muerte está en cada línea de tiempo así que no podemos más que cambiar la forma en que ocurre, pero ahora…!” Y aquí se me acabó el crédito. Tuve que ir a las oficinas de su corporación y me explicó pa qué era yo bueno. Aresulta que tenían todo un equipo bien cabrón de alternautas listos para viajar pa atrás. Pero primero tenían que probar los efectos psicológicos de un viaje temporal prolongado. Y como los dichosos alternautas eran muy valiosos por todo lo que les habían invertido, no podían darse el lujo de experimentar con ellos. Para eso ocupaban un pobre pendejo como su servidor. Y como yo ya soy un güey muy ocupado y aparte le sacaba a sus pinches experimentos, muy amablemente le dije que ni madres. Y entonces me dice: “¿sabes por qué te conté los detalles de nuestro proyecto ultrasecreto, del cual nada más un puñado del personal de esta corporación está al tanto?” De pronto me hizo sentir importante y pensé que me iría a decir que yo era una especie de elegido por un oráculo y que el destino de la tierra dependía de mí. Pero luego me la soltó: “como tú no perteneces a nuestro equipo pero estás enterado de lo que andamos armando, te quedan dos sopas: o aceptas colaborar por una retribución de ochenta dólares o te damos cuello para salvaguardar la confidencialidad de nuestro proyecto”. No se la hice de emoción para no darle el gusto de ver cómo me bajó gacho la moral. Mejor hice cuentas: “ochenta dólares, a mil pesos el dólar… pos no está tan peor”. Acepté y aquí estoy, contándoles todo con lujo de detalles. 
El proyecto Operación Jarocha se proponía usar a los grandes genios del pasado para llegar hasta los orígenes del tiempo. Para eso, tenían un simulador bien perro, donde podían crear personificaciones para comprobar cómo reaccionarían esos genios en contacto con la tecnología moderna. Por ejemplo, pusieron al buen Arquímedes dentro de una carcacha a veinte kilómetros por hora. El resultado fue que se orinó, se cagó y vomitó en menos de un minuto, igualito que una gata que yo tenía. Mi compa me dijo que,  para calarle de a poquito, empezaríamos con un viaje de cuarenta y ocho horas a un lugar donde yo estuve.  “Y si me en encuentro conmigo mismo, ¿entonces qué, genio?” le digo y me dice “No me vengas con mamadas de Volver al Futuro. De sobra sabes que para viajar al pasado viajas a una nueva línea temporal y con esto ya cambiaste tu existencia. Da lo mismo con quien te encuentres o lo que hagas”. Esta información no viene en los empaques del control.
Después de pusharle al comando diez veces regresé al fin de semana. Estaba en los quince años de una prima de trece que había quedado embarazada y le habían adelantado la fiesta. Me puse a buscar a un güey que estaba en mi mesa dándoselas de Juan Camaney. Ya bastante es estar sentado entre invitados desconocidos, dándole sorbos a la cuba mientras esperas a que sirvan la birria. Encima, hay que aguantar a un güey al que no le para la boca diciendo cómo deben hacerse las cosas. Hubo un momento en que pude haberlo hecho que se callara con un solo comentario, pero la inspiración llegó tarde. Aproveché la vuelta y le dije “un sabio dijo que en vez de decir mamadas hay que hacerlas”. Y me fui muy orondo al baño. Ahí había un vato patizambo, jorobado y desnalgado meando en un mingitorio. Cuando ocupé el de su lado, se asomó por encima del panel divisorio y me preguntó la hora con voz de Alex Lora. Entonces creí en los dragones. ¡Hijo de su pinche madre! “Es hora de comprar enguaje bucal”, pensé. Cuando se fue le mandé un mensaje a mi compa para que me regresara al tiempo presente. “¡No chingues!”, me dijo. “¿Nomás a eso fuiste?” “Te dije que no tenía arrepentimientos”, le contesté. “Pero ahora me arrepiento”. Y le conté del güey del baño. “Ese güey eras tú”, me dijo. “Ya sabía”, le dije.
Mi compa me dijo que ahora venía lo sabroso: tendría que viajar a mi infancia para averiguar si había algún suceso traumático que no había podido superar. Le conté de una vez que mis padres me regañaron por brincar sobre la cama, así que, cuando en la noche oí rechinar su colchón, fui a abrirles la puerta del cuarto para sorprenderlos brincando. “No, eso es demasiado traumático”, dijo. Le pensé un poco más y me acordé de cuando mi jefa me mandó espiar a mi jefe. “Quiero ver si tu papá no se ha conseguido otra mamá para ti”, me dijo y me dio dinero para que al día siguiente faltara a clase y lo siguiera toda la mañana. Yo estaba muy contento con el bolsillo lleno y la mañana libre, así que en vez de  seguir a mi jefecito me fuí a las maquinitas. A la hora de la comida regresé sin novedad y sin varo. Mi jefa se acabó la sandalia a fregadazos y cuando llegó mi jefe le contó que me la había pinteado así que me agarró a cinturonazos. Al mes se divorciaron y desde entonces me quedó la intriga de lo que habría descubierto si lo hubiera seguido.
Programaron el número de clicks y, después de un chingo, estaba yo de regreso en ese día. Pero en vez de seguir personalmente a mi jefe, me obligué a mí mismo a seguirlo. Me esperé afuera de mi casa, me agarré y me dije: “a ver, güey, te vas derechito a hacer lo que te dijeron y si veo que te vas a los videojuegos, te agarro a fregadazos peor que tu jefa”. “Haré lo que me diga, pero hábleme de perfil”, me dije. “Qué igualado”, pensé. Y para asegurarme de que me obedecería me quité todo el varo de mi jefa y me vigilé de lejos. Pero como tenía dinero y mucho tiempo libre, me fui al casino a jugar a la ruleta. Apostando de a poquito fui perdiendo de a poquito hasta que me quedé sin nada. A la hora de la comida me acordé de mi misión y regresé a mi casa. Me vi regresar corriendo, como si trajera noticias. Fui atrás de la casa, donde estaba la pared del fondo del patio. Mi jefa estaba lavando la ropa cuando entré yo muy agitado y le dije: “tenías razón, mi papá no fue al trabajo; en vez de eso se fue al cine, luego por una nieve, y por último a una casa que abrió con su llave...” Y en lo que agarré aire para seguir hablando, mi jefa preguntó toda histérica “¡¿pero con quién?!” y yo le dije “mi papá se consiguió otro hijo”. 

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