Te vi a lo lejos, mirando al cielo con ojos hambrientos. Tu mirada absorta en las nubes, y en la sombra de una luna apenas perceptible. Te vi como nunca miré a nadie y escuché de tu boca, viajando entre el viento, palabras hermosas, palabras que hechizaban mi alma con cada aliento. Susurrabas para ti, hablabas de cosas que solo tú podías comprender, de lo que admirabas del cielo y del propio universo.
Te vi tan en calma, padeciendo los ardores de una pasión temprana. Como si contemplaras el reflejo del atardecer desde las paredes antiguas de una iglesia. Porque es como si tus ojos observaran el pasado, y se quedaran ahí embelesados, soñando con anhelos ingenuos, con memorias plantadas por el mismo tiempo.
Se clavaron en ti mis ojos desde el principio, y tuve la esperanza de que al menos por un segundo yo fuera a quien vieras con tanto asombro, yo fuera aquella sombra hundida en tu mente que tan obsesionado te tiene.
Quisiera por un momento ser esa presencia que te recuerda las sensaciones cálidas que tan celosamente guardas en tu mente. Como ese olor a lluvia fresca, o tus pies desnudos tocando pasto recién cortado, o la calidez que sientes en el pecho al ver el sol ocultarse tras el horizonte.
Ojalá yo fuera eso que tanto admiras, las hojas en las que escribes tus más bellas poesías.