Con el auge de los patronímicos y su relevancia social, las vírgenes se
resistían a la fogosidad de sus pretendientes argumentando:
-Si me posees sin que mi padre te lo permita antes, sería como si lo
estuvieras poseyendo a él también, así como al resto de mi familia. Y tú no
quieres eso, ¿verdad?
Cedía el varón si conocía y estimaba al jefe de familia. En rarísimas ocasiones ocurría que él mismo contuviera su deseo y diera sus razones:
Cedía el varón si conocía y estimaba al jefe de familia. En rarísimas ocasiones ocurría que él mismo contuviera su deseo y diera sus razones:
-Si hacemos esto sin que tu padre me dé su consentimiento, sentiría que me lo estoy tirando a él y al resto de tu familia. Y eso no se me
antoja.
Pero comúnmente, tal perspectiva no sólo era inútil para disuadir al
amante, sino que hasta avivaba su espíritu de aventura:
-¡A güevo! ¡Se la estoy dejando a caer a ese pinche viejo mamón! ¡Voy a
hacer que chilles como tu jefa, y luego voy a hacer que tu carnala me la…!
Se optó por un convenio: quedó instaurado que sólo prestando su apellido
el interesado y comprometiéndose a la manutención vitalicia de la mujer
deseada, pasaría ésta a ser de su propiedad y no ya de la familia,con cuya venía podría él hacer uso de ella cuantas veces
quisiera -o lo quisiera ella. Desde entonces, la vieja moral desacredita
las relaciones sexuales premaritales.