Un cartero descalzo cruzó una cordillera con una talega de mil monedas de oro. Por tres razones el gobierno de su provincia le encomendó llevar el tributo anual al monarca: siendo hombre sin ambiciones, nada tomaría para sí y ningún salteador lo creería poseedor de algo más que simples misivas. Cuando llegó a la corte hizo entrega del tributo al monarca mismo y éste, a su tesorero.
-Mil monedas -confirmó.
El monarca quedó satisfecho y mandó colgar al cartero, seguro de que algo había guardado para sí en el camino y de que había que aceptar la pérdida pues era irrecuperable. Este juicio atemperado y aplaudido por sus súbditos fue la tercera razón por la que se eligió al cartero: se le pagaba con lo descontado al tributo de mil y un monedas, estipulado por el monarca en un arrebato de sabiduría y su profundo conocimiento del pensar y actuar humanos.