Fui al
Restaurante Kafka. El servicio es excelente. Te atienden como si fueras
importante. Te repiten que están para servirte y te prometen toda clase de
manjares. Pero nunca te sirven más que pan y sólo te alimentan de esperanza.
Saben cómo mantener vivo a un hombre.
Una familia emprendió la apertura de un restaurante que nombrarían El Progreso. Construyeron su local con sus propias manos y con herramientas de su propia hechura. Con madera de abeto erigieron la estructura y usaron madera de arce para el piso y las puertas. Prepararon argamasa y fijaron los ladrillos cocidos en sus propios hornos. Extrajeron cobre, fabricaron las tuberías y el cableado eléctrico. Revistieron las paredes y el techo con madera de alerce y usaron madera de cerezo para las escaleras y los gabinetes de la cocina, cuyos cerrojos y bisagras eran de bronce salido de su propia fundidora al igual que el acero inoxidable para los enseres de corte y cocción. En sus talleres procesaron la arcilla y la arena para producir, respectivamente, la loza y el vidrio con que fabricaron la vajilla y la cubertería. Con madera de fresno construyeron los muebles. Tapizaron los sillones con cuero de animales cazados por ellos mismos. Con almajo recolectado por los pequeños, hicieron los jabones y el vidrio para embotellar el producto de sus viñedos, previamente añejado entre las duelas de roble. Las hilanderas de la familia tejieron las cortinas, las alfombras, las servilletas y hasta trapos de cocina con lana y fibras vegetales procesadas por los varones, quienes se encargaron de los menús. Con palisandro y palo de rosa hicieron tablas de quesos, cajas de puros, pipas, juegos de ajedrez, y hasta instrumentos de cuerda para interpretar música de su propia inspiración ante los comensales. Con piedra de cantera circundaron un jardín sembrado de naranjos olorosos a azahares. Finalmente procedieron a la horticultura, la apicultura, el cultivo de cafetos, cebada y lúpulo y la cría de ganado productor de carne y leche. Listos los suministros de alimentos, anunciaron la gran apertura. Pero no sabían cocinar. El negocio quebró.
Una familia emprendió la apertura de un restaurante que nombrarían El Progreso. Construyeron su local con sus propias manos y con herramientas de su propia hechura. Con madera de abeto erigieron la estructura y usaron madera de arce para el piso y las puertas. Prepararon argamasa y fijaron los ladrillos cocidos en sus propios hornos. Extrajeron cobre, fabricaron las tuberías y el cableado eléctrico. Revistieron las paredes y el techo con madera de alerce y usaron madera de cerezo para las escaleras y los gabinetes de la cocina, cuyos cerrojos y bisagras eran de bronce salido de su propia fundidora al igual que el acero inoxidable para los enseres de corte y cocción. En sus talleres procesaron la arcilla y la arena para producir, respectivamente, la loza y el vidrio con que fabricaron la vajilla y la cubertería. Con madera de fresno construyeron los muebles. Tapizaron los sillones con cuero de animales cazados por ellos mismos. Con almajo recolectado por los pequeños, hicieron los jabones y el vidrio para embotellar el producto de sus viñedos, previamente añejado entre las duelas de roble. Las hilanderas de la familia tejieron las cortinas, las alfombras, las servilletas y hasta trapos de cocina con lana y fibras vegetales procesadas por los varones, quienes se encargaron de los menús. Con palisandro y palo de rosa hicieron tablas de quesos, cajas de puros, pipas, juegos de ajedrez, y hasta instrumentos de cuerda para interpretar música de su propia inspiración ante los comensales. Con piedra de cantera circundaron un jardín sembrado de naranjos olorosos a azahares. Finalmente procedieron a la horticultura, la apicultura, el cultivo de cafetos, cebada y lúpulo y la cría de ganado productor de carne y leche. Listos los suministros de alimentos, anunciaron la gran apertura. Pero no sabían cocinar. El negocio quebró.