El Señor llamó al humano a Su presencia.
-Tengo un regalo para ti -le dijo-: es mi más reciente invención, mi obra magna, el aditamento que te faltaba.
Y diciendo así abrió un cofre dorado y mostró su nuevo don al humano, quien apenas pudo articular palabra:
-Es... es... perfecto.
-Es tuyo. Cuídalo muy bien. Úsalo sabiamente, es decir, para sentarte pues para ello lo he creado.
Pero tristemente célebres son la insensatez y la ingratitud humanas. Así, desoyendo las palabras de su Creador el humano dio un uso indigno a aquella nueva parte de su anatomía. Y un día que fue llamado a Su presencia acudió como el perro sabedor de su fechoría: escondiendo el rabo.
-¿Qué te ocurre? -inquirió el Señor.
Aquél no respondía, limitándose a agachar la mirada.
-¡¿Ahora qué hiciste?! ¡Ven para acá! ¡Que vengas para...! ¡Quítate las manos de ahí! ¡QUI-TA TUS MA-NO-TAS CO-CHI-NAS! ¡Iiih...! ¡Mira nada más! ¿Qué te dije? ¡¿QUÉ FUE LO QUE TE DIJE?! ¡TOMA! ¡Y TOMA! ¡Y no chilles! ¡Te voy a dar razones para que chilles, animal! ¡Y pura madre eso de "me va a doler más a mí que a ti" porque te va a doler hasta la punta de la...!
Y ya podrán imaginar el resto. El Señor maldijo al humano de aquí a la eternidad:
"Desde ahora los hijos de tus hijos, y los hijos de los hijos de los hijos de tus hijos llevarán la marca de la ignominia que tú mismo te infligiste; y por ella saldrá lo peor y lo más bajo, y tendrán que padecer la vergüenza y el repudio cuando no puedan aguantarse en un elevador o en una cena."
Y desde entonces llevamos el culo partido.
jueves, 7 de febrero de 2019
viernes, 1 de febrero de 2019
Ella y él
Ella
Él
Ella
Él
Lo único que tenemos en común es que nos amamos menos cada día. Me hace sentir responsable de su desinterés hacia mí, y de su desencanto por la vida. Si tiene un pobre desempeño al hacerme el amor, o no puede terminar un poema, es culpa mía.
Él
En las noches, cuando sueña que la engaño, lloro en silencio. Lloro como un niño que tiene una herida en la pierna, o como un niño sin heridas, o como un niño sin piernas, o como un niño que se cae, o como un niño que recuerda su caída. Esas noches siento que me he equivocado de camino, y que es imposible regresar sin tropezar, sin caer las mismas veces, sin volver a llorar.
Ella
Isaac inventa sus dolores, me contagia su tristeza, se muere de mentiras. Me lo imagino acostado dentro de una caja, en donde las únicas partes que quedan fuera son sus pies y su cabeza. Entonces me mira como despidiéndose, como si un mago estuviera a punto de partirlo a la mitad con un serrucho gigante. Cómo detesto esos ojos de súplica y arrepentimiento.
Él
Rebeca va a abandonarme un día, como la edecán que, en un acto de magia, se despide del público sonriendo mientras la cubren con una sábana que la hace desaparecer al instante. Va a abandonarme así, con una sonrisa. Pero no es eso lo que me atormenta, sino no echarla de menos. ¿Quién, después de consumir todo el amor que tiene, es capaz de sentir algo, cualquier cosa?
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Desengaño
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