El Señor llamó al humano a Su presencia.
-Tengo un regalo para ti -le dijo-: es mi más reciente invención, mi obra magna, el aditamento que te faltaba.
Y diciendo así abrió un cofre dorado y mostró su nuevo don al humano, quien apenas pudo articular palabra:
-Es... es... perfecto.
-Es tuyo. Cuídalo muy bien. Úsalo sabiamente, es decir, para sentarte pues para ello lo he creado.
Pero tristemente célebres son la insensatez y la ingratitud humanas. Así, desoyendo las palabras de su Creador el humano dio un uso indigno a aquella nueva parte de su anatomía. Y un día que fue llamado a Su presencia acudió como el perro sabedor de su fechoría: escondiendo el rabo.
-¿Qué te ocurre? -inquirió el Señor.
Aquél no respondía, limitándose a agachar la mirada.
-¡¿Ahora qué hiciste?! ¡Ven para acá! ¡Que vengas para...! ¡Quítate las manos de ahí! ¡QUI-TA TUS MA-NO-TAS CO-CHI-NAS! ¡Iiih...! ¡Mira nada más! ¿Qué te dije? ¡¿QUÉ FUE LO QUE TE DIJE?! ¡TOMA! ¡Y TOMA! ¡Y no chilles! ¡Te voy a dar razones para que chilles, animal! ¡Y pura madre eso de "me va a doler más a mí que a ti" porque te va a doler hasta la punta de la...!
Y ya podrán imaginar el resto. El Señor maldijo al humano de aquí a la eternidad:
"Desde ahora los hijos de tus hijos, y los hijos de los hijos de los hijos de tus hijos llevarán la marca de la ignominia que tú mismo te infligiste; y por ella saldrá lo peor y lo más bajo, y tendrán que padecer la vergüenza y el repudio cuando no puedan aguantarse en un elevador o en una cena."
Y desde entonces llevamos el culo partido.
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