Lo único que tenemos en común es que nos amamos menos cada día. Me hace sentir responsable de su desinterés hacia mí, y de su desencanto por la vida. Si tiene un pobre desempeño al hacerme el amor, o no puede terminar un poema, es culpa mía.
Él
En las noches, cuando sueña que la engaño, lloro en silencio. Lloro como un niño que tiene una herida en la pierna, o como un niño sin heridas, o como un niño sin piernas, o como un niño que se cae, o como un niño que recuerda su caída. Esas noches siento que me he equivocado de camino, y que es imposible regresar sin tropezar, sin caer las mismas veces, sin volver a llorar.
Ella
Isaac inventa sus dolores, me contagia su tristeza, se muere de mentiras. Me lo imagino acostado dentro de una caja, en donde las únicas partes que quedan fuera son sus pies y su cabeza. Entonces me mira como despidiéndose, como si un mago estuviera a punto de partirlo a la mitad con un serrucho gigante. Cómo detesto esos ojos de súplica y arrepentimiento.
Él
Rebeca va a abandonarme un día, como la edecán que, en un acto de magia, se despide del público sonriendo mientras la cubren con una sábana que la hace desaparecer al instante. Va a abandonarme así, con una sonrisa. Pero no es eso lo que me atormenta, sino no echarla de menos. ¿Quién, después de consumir todo el amor que tiene, es capaz de sentir algo, cualquier cosa?
No hay comentarios.:
Publicar un comentario