Un joven aldeano, fuerte, intrépido, fue comisionado por una comunidad de colonos a internarse en un bosque vecino y dar con la cabaña -o cueva- de la bruja que aterrorizaba a los niños y hombres que hallaba solos en el campo. Durante una semana llenaron su ausencia los llantos femeninos y las recriminaciones que se hacían rudos varones, buscándolo, incansables y deseando haber partido en su lugar.
El regocijo de la pequeña comunidad fue doble cuando, extenuado y consumido, volvió aquél anunciando el fin absoluto de la maldición que los ensombrecía. Retirándose a descansar para reponer sus fuerzas, nadie se atrevió a importunarlo pidiéndole detalles
No había acabado aún la estación de siembra, cuando una horda de chiquillos regresó del bosque arrastrando una joven mujer herida a golpes e insultos -La vieja bruja se ha rejuvenecido por arte de maleficio!
El muchacho fue arrastrado fuera de su lecho para rendir cuentas ante un tribunal extraordinario sobre lo ocurrido durante aquella semana.
Contó cómo halló la guarida de la bruja, diestramente tallada en la oscura oquedad de un gigantesco árbol muerto. La ausencia de la moradora y su curiosidad juvenil lo llevaron a husmear hasta reparar en un gabinete digno del mejor ebanista. Abiertas sus dos hojas de par en par, retrocedió azorado ante lo que se derramaba a sus pies: más trabajo en madera, amoroso, compulsivo, desesperado: falos. Falos ciclópeos o pequeños como plátanos dominicos, cabezones como hongos o enanos ensombrerados, esbeltos y rectos como husos o dedos categóricos, curvos a diestra o siniestra, venosos o tersos, incluso los había bicéfalos como dragones o guitarras extravagantes; todos acompañados por sus gónadas, macizas como un firme asidero para la misma mano talladora. Con la resaca de la sorpresa vino una oleada de compasión. Se hallaba ante la inmemorial soledad de una mujer.
-¡¿Qué hicieron ustedes dos durante esa semana?! -tronó el juez, imaginando lo peor.
Interrogados por separado, ambos omitieron los detalles; limitándose a denominarse mutuamente con la misma palabra. -Si en verdad eres un ángel, como afirma tu cómplice -dijo el juez-, no sufrirás en el fuego del infierno.