martes, 7 de abril de 2020

Parábola del héroe

Como dijo un miembro de Steely Dan: “no es muy divertido hacer una exégesis de mi propia obra”. En verdad, ¿de qué sirve el arte si el mismo artista debe explicárnoslo después? Por otro lado, ¿no es tentador y hasta justo averiguar la historia encriptada en la canción que nuestra voz en cuello se ha aprendido tan fervorosamente. ¿Pero cómo hacerlo sin importunar al autor con esa trillada y odiosa pregunta? Aquí entran los Bar Songtellers, sujetos conversadores y más o menos cercanos a los músicos, que se sientan a la barra y cuentan sus anécdotas por un trago. En el declinar de un sábado charlé con uno que decía conocer al ingeniero de sonido que trabajó con una canta-autora de olvidado apogeo -como su nombre. Afines en edad y nostalgia recordamos su éxito de radio Bum me a Cigarette, Action Hero, y por un ruso blanco -o negro- abrió las arcas de su memoria ahumada de mariguana  y agrietada por las borracheras:
-Bien, lo que todos saben, si algo de atención han puesto a lo que cantaba esa chica, es que era una canción de protesta por las intervenciones de nuestro gobierno en la soberanía de otras épocas, lo cual tampoco era un secreto. Estados Unidos de América ya no se conforma con orquestar golpes de estado o desembarcos en el extranjero. Ahora vamos “en auxilio” de repúblicas y monarquías más allá de nuestro tiempo. Pasamos de Policía del Mundo a Policía de la Historia. Lo que pocos sabemos es que el padre de la autora de Action Hero era parte del proyecto Bagauda, financiado y estrechamente controlado por el Departamento de Inteligencia. Tú has oído de él. “Reyertas entre los bagaudas y el Bajo Imperio Romano”, se titulaba un artículo sobre la canción en la revista Shivers.
“El rumor no habla de los motivos, pero sostiene que un escuadrón estadounidense se infiltró entre los rebeldes bagaudas, para minar su lucha desde adentro, acelerar su derrota y permitir a los romanos concentrarse en su rechazo de los invasores germánicos. Si el plan era perpetuar la existencia del Imperio esto nunca fue especificado. El comandante del escuadrón, el famoso Ridgeway, se enamoró de una campesina y tuvieron hijos. Se separaron por primera y única vez cuando el joven oficial recibió instrucciones urgentes de adelantarse algunos años en la historia de la revuelta para localizar a los líderes en su senectud y darles muerte. Como dice mi amigo Ramón: “son lo mismo aquí y en China”. Aquellos líderes jóvenes morirían al ser asesinados los viejos por el escuadrón de Ridgeway.”
Mi interlocutor hizo aquí una pausa para ir al baño -y tal vez inhalar una línea. Volvió renovado. -Si recuerdas, a mitad de la canción “cambia” el narrador y el último de los ancianos líderes ve llegar a los hombres de Ridgeway hasta su escondite en las montañas. Sabe a lo que vienen. Se cubre el rostro y sale a la dura intemperie para recibirlos, desarmado. La anciana sirvienta del rebelde es apresada recolectando leña mientras Ridgeway interroga a su adversario. Como sólo risas apagadas le responden tras la basta tela, los hombre proceden. Ante los azules ojos inmóviles, idénticos a los del comandante, la vieja, una bruja insufrible y escandalosa, es torturada hasta la muerte. Los huesudos hombros del viejo campesino se sacuden. Pero su risa no es el colapso de su cuarteada entereza, como el joven oficial supone. Aquél se descubre el rostro y saluda familiarmente “hola, hijo”. Ridgeway se queda mudo como piedra. Ese rostro es y no es el de su padre, general condecorado y partícipe de un proyecto secreto; desertor de su misión por asumir seriamente el papel que sólo debía interpretar. Ridgeway está dividido entre el hijo y el militar, pero sólo por un instante. Como el relámpago, desenfunda su láser y asesina a todo su escuadrón. Su padre sigue riendo cuando le dice “bien hecho, muchacho, ahora ve a reunirte con tu familia... si puedes”. Un horrible presentimiento lo hace volver apresuradamente a los primeros años de la lucha. Su amada campesina ha muerto “aquí y en china”, torturada y asesinada por sus propios hombres, envejecida junto a un Ridgeway hecho auténtico líder rebelde. Años antes el general había muerto de una enfermedad contra la que su moderno sistema inmunológico no tenía defensas desarrolladas.
“Pero, como sabes, la canción finaliza optimista; si se puede decir así. El joven sospechó que el anciano no reía saboreando la sorpresa y el dolor que le esperaban porque siendo tú mismo el asesino de la mujer que amas no hay venganza ni satisfacción posibles. Por lo tanto, ¿era posible que aquel viejo ya no amara a la madre de sus hijos y en todos aquellos años se hubiera hartado de ella igual que el joven lo hizo en los pocos minutos antes de matarla? Sabía que la locura lo consumiría hasta la muerte si no volvía para interrogarse en ese futuro que había dejado atrás. Se las arregló para volver, pero esta vez se encontró con su hijo mayor, un joven musculoso que reconoció a uno de los asesinos de su madre…”
Hubo de interrumpirse súbitamente cuando desde la puerta del bar alguien, recuperando el aliento, le avisó que un tal Joe Daddy venía por él. Al levantarse, su taburete cayó derribando otro asiento. Corrió a hacia la salida de emergencia rodeando las mesas circulares y, según me enteré, no volvió sino más de dos meses después.

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