Tu mirada inocente
observa el cielo nocturno,
admirando la luz etérea
de un amor incomprendido.
Un día te escuché decir
que la luna,
madre de las estrellas en el firmamento,
se hallaba dormida.
Eras tan pequeño
y había tanta verdad en tus palabras,
que no dejé de pensar
nunca más al anochecer.
Y recordé de pronto,
que años atrás
vi a la luna
y la imaginé bella,
con rostro de mujer:
brillante y serena.
La vi entre sueños,
y la imaginé despierta.
Pero aquella noche
tú la viste tal y como era.
Tú la coronaste esa noche
como madre del cielo nocturno
y del eterno firmamento.
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