martes, 23 de agosto de 2022

Demundología

 -Hagamos que un niño lo pida! -propuso alguien.

 La idea tomó por sorpresa a los aldeanos  y les pareció buena. En ese momento fueron a buscar a un niño de seis años y le ordenaron.

-Ruégale al cielo que nos mande la lluvia. Pronto.            

 Mas el pequeño era disperso y no era capaz de iniciar su petición sin distraerse con cualquier cosa. Por más que los adultos lo regañaban y lo amenazaban, su atención se desviaba y no podía completar una sencilla oración.

-¡Busquemos un niño más grande y centrado, pero que siga siendo más inocente que un adulto!     

Después de probar con varios que hicieron lo que se les pidió, pero que no fueron escuchados por el cielo, alguien dijo:       

-El problema es que todos ellos son malos hijos: son desobedientes, haraganes y mentirosos; y el cielo lo sabe. Olvidémonos de los niños y busquemos al idiota de la aldea. El cielo sabrá entender sus balbuceos.    

Después de más de una hora de obligarlo a escuchar y repetir el ruego, lo llevaron a la cima de la colina donde lo dejaron a solas para que elevara la oración del pueblo. Poco después, grandes y pesadas gotas comenzaron  a caer convertirse en un recio aguacero. El idiota bajó de la colina, saltando y riendo como un niño. Los aldeanos salieron a su encuentro y le dijeron:

-¡Idiota! ¿Qué hiciste allá arriba? ¡Esto es agua! ¡Queríamos que lloviera licor!                                                            


Un patriarca que amaba a su pueblo pobre y errante, se retiró a meditar a una montaña y descendió varios días después anunciando:

Les traigo una doctrina renovada. Se acabó el errar humano. Nos asentaremos y levantaremos una civilización para nuestros herederos.

Hizo instaurar una serie de ritos diarios, semanales, mensuales y anuales: desde abluciones y genuflexiones con estiramientos musculares antes de la oración matutina, pasando por dietas para niños y adultos, hasta la edificación de imponentes ídolos de tierra y roca condenados a ser destruidos por el pueblo en sus celebraciones litúrgicas.   

Así pasó una generación, bajo la tutela del longevo patriarca. Al morir éste, sus sucesores velaron por el cumplimiento de los ritos sin notar que la verdadera intención de éstos era mantener la higiene física y mental, beneficiar la flexibilidad y la resistencia del cuerpo y el espíritu para evitar el anquilosamiento del día tras día, del año tras año y de la generación tras generación. Así, el mundo cambió y los rituales se convirtieron en reliquias que se mantenían sólo porque agradaban a Dios.


Varios ex compañeros universitarios se reunieron en un salón de eventos. Antes que los primeros se fueran,  pidieron a un mesero fotografiarlos en grupo.

-No me deja tomar la foto el teléfono –anunció el mesero–. Me marca que alguien no está sonriendo.

-¿Quién no está sonriendo? ¡Va de nuevo! ¡Sonrían todos!

-No me deja –repitió el mesero, y vaciló antes de señalar–: La dama del suéter guinda…

Todos voltearon con la aludida e insistieron en que sonriera.

-No nos eches a perder la foto.

Aquella dijo que se retiraría.El descontento fue general.

-¡El grupo tiene que estar completo!

-¡Una sonrisa y ya! –insistió el dueño del teléfono– ¡A ver, todos!

El mesero anunció que la cámara no reconocía las sonrisas de tres personas.

-¡Es que sonrían bien! –dijo el dueño– Sonrisas forzadas no las reconoce.

Alguien sugirió que desactivara la función del detector de sonrisas.  La mayoría protestó.

-¡¿Pero qué les cuesta sonreír?! ¡Sonrían bien y punto! ¡Va de nuevo!

El mesero anunció que no se detectaban sonrisas.

-Tu teléfono está fallando. Mejor con el mío.

-¡Con el que sea, pero ya tomen la maldita foto!

El mesero tomó el teléfono, lo colocó en posición y dijo:

-Me detectó una lágrima.

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