jueves, 21 de mayo de 2020

Música para desvelados

bibliotecas como cementerios de libros como lápidas con títulos como epitafios para difuntos de voces vivas, llameantes o cantarinas como arroyuelos.  Y los silencios blancos entre sus líneas 7  eran para el inspector un

7 La autora alude con un guiño a su peculiarísima relación con un locutor de radio que transmitía dos horas de boleros cinco noches a la semana. Cuando Ariza llamó a la emisora para solicitar una canción, Zagal, el locutor, que llevaba años escuchando las voces sin rostro de los radioescuchas y era desde joven propenso al romanticismo, le confesó -fuera del aire- experimentar aleteos en el estómago al escucharla. En verdad, lo que sintió fueron cosquilleos en el bajo vientre y nuestra futura escritora lo comprendía en su propio cuerpo desde que lo oyó por primera vez en un taxi rodeado por una noche lluviosa. Se dieron a intercambiar llamadas en las que era palpable "el elefante en la habitación", como se dice. Ninguno se atrevía a proponer el verse cara a cara, mas no por el juvenil apocamiento del enamorado, sino por la certidumbre de que su incipiente romance terminaría en cuanto conocieran los rostros tras las voces, cual desencantada culminación de un baile de máscaras. Acordaron un sitio para depositar y recoger sus largas epístolas -al igual que un horario para prevenir un encuentro fortuito- a fin de ignorar sus domicilios particulares y evitar buscarse. Y siendo sus palabras lo único que tenían el uno de la otra, se aseguraron de vertir su auténtico ser en cuanto se comunicaban, ya fuera oralmente o por escrito; despojándose de  muletillas y frases meramente consuetudinarias, formalidades vacías; eludían los circunloquios y los temas baladíes, referentes a las cosas que a ninguno interesa pero que son tránsito obligado para llegar a la franca confidencia. En suma, se despojaron de toda letra muerta, como quien se apresura a desnudarse al ver clarear el Día Final. Él hizo una lista de sus palabras favoritas -fonéticamente- para oírla leérselas, y ella le pidió que le recitara los poemas de su puño y letra, sueños en voz alta de lo que anhelaba oír a un hombre decirle sin ambages. Peroraban en otros idiomas sin que el hablante mismo supiera lo que decía. Quisieron oír cómo sonaban sus voces inflamadas de ira, trémulas de miedo o deseo, suplicantes, llorosas y de hinojos. Se rugían y jadeaban obscenidades que iban desde vocablos procaces hasta maratónicas descripciones, de minucioso acabado, sobre cómo se deleitarían abusando física y emocionalmente la una del otro. Y tras este sudoroso intercambio verbal, este copular de sus voces, se sentían más sucios, irreconocibles y vivos que si sus cuerpos se hubieran revolcado en el suelo, cuales niños o animales.  Pero había un límite: nunca describían sus apariencias. De sobra comprendían que su relación se cimentaba en la mutua ceguera, ese lienzo negro como un universo de posibilidades infinitas, donde el retrato de ambos no cesaba de variar. A veces, él era un mongol requemado por un sol agreste, o un campesino caucásico, robusto y barbado. Ella podía tener ojos rasgados, pómulos altos y tez aperlada, o ser una africana de labios gruesos y curvas como cimas. Lo mismo aplicaba para los rasgos generales de sus vidas, aquello que delineaba los relieves de sus existencias como la silueta de un eclipse: con quién y en qué barrio residían ahora y anteriormente, quiénes eran sus amigos, sus lugares de esparcimiento y sus medios de transporte, adónde y para qué viajaban, cuáles eran sus indumentarias en la calle y el dormitorio; todo aquello, pues, que era sólo circunstancial, todo cuanto el mundo había elegido para ellos y que sólo creían haber elegido -como la ropa, no confeccionada por ellos sino adquirida entre una variedad limitada e impuesta por la moda del tiempo que les tocó vivir. Cierto, sus voces eran también circunstanciales, hereditarias, pero mucho más flexibles y fértiles de ellos mismos que sus aspectos. Entre sus omisiones, estaba el acuerdo lo que procedería en caso de  conocer a alguien más. Y así le ocurrió a Zagal, quien, en vez de dialogar con su "voz gemela", se limitó a detallar a la recién llegada la situación en que lo hallaba. Tras meditarlo una noche, ella decidió que podía aceptarlo como quien acepta el probable recuerdo indeleble de una "ex" en la mente de su pareja. Cuando él se preguntó a sí mismo si debía presentar formalmente a ambas, se dijo que "la primera" no necesitaba enterarse de que "una segunda" se había mudado a su casa dado que esto era parte de su vida exterior y aparente. Ni siquiera se preguntó a cuál de las dos estaría dispuesto a dejar ir de suscitarse un -esperado- conflicto pues le pareció una hosquedad propia de comerciantes el recurrir a la balanza para valorar lo invaluable. Pero Ariza advirtió los súbitos accidentes geográficos en su voz  y los incómodos silencios en las entrelíneas de sus cartas: un encogimiento, una inhibición en el discurso de los que él mismo no era consciente -como el que no es consciente de su rostro delator- y que se agravaron cuando su nueva compañera comenzó a encelarse y a reprimir su disgusto para no desdecirse de su convicción primera. Hasta que al atardecer de un mal día de trabajo, estalló en reproches y se lamentó de que "una desconocida lo conociera mejor que la mujer que conocía sus olores y sus defectos". El declive hacia la separación fue suave y parsimonioso, como la distancia que se formó entre ambos, hasta que ella se convirtió en un puntito y desapareció. Un punto final de cuyo episodio optó por no discutir con Ariza, pero no porque hablar de ello avivara la herida -pues no había tal- sino por considerarlo un tema de conversación más digno de sus colegas y conocidos del trabajo, e incluso del vendedor de periódicos afuera de la estación; es decir, algo perteneciente a la superficie de su vida. Mas la mujer al teléfono se percató de su restablecimiento e inquirió: "¿estuviste enfermo?" Él se sintió asaltado y como el que reconoce su propia voz en una grabación. "Tuve dudas", confesó para no mentirle ni entrar en detalles. "¿Y... ya se te pasaron? Porque te duraron meses, casi un año." Se vio arrinconado por esta intromisión en su fuero interno antes de ofenderse y sentirse como un estúpido por su reacción ante lo que románticos incurables como él esperan precisamente de la vida: alguien capaz de entenderlo y conocerlo a fondo. No halló otro deshago que enfadarse con ella: "¡para qué te lo dije...! ahora no vas a dejar de mencionarlo cada vez que puedas usar tu comodín... pero al menos yo fui sincero... ¿yo qué sé de ti?¿cómo sé que no hay un hombre en tu cama, o una mujer?, ¿cómo sé que no hay alguien en otra línea escuchándonos para excitarse?" "¿Y por qué no me lo preguntas?¿Tienes miedo? ¿Te da más miedo enterarte de mi vida o que te mienta y ni siquiera lo sospeches porque después de todo lo que sabes de mí todavía no me conoces?"  La discusión arreció como un abrupto e imparable descenso que él no se atrevía a interrumpir colgando la bocina porque entonces tendría que ser él quien esperase a que ella lo llamara, conciliadora, pues de hacerlo él tendría que volver como un arrepentido despojado y mendicante; y en esos momentos intensos se desahogaba como un dios desatado que destruía lo que aún quedaba de su devastación. Pero al final colgó de un golpe. 
Aguardó semanas, meses. Quebrantado, la llamó. Pero ella había cambiado su número de teléfono. Después de alzarse en toda su furia e indignación cargadas de maldiciones condenatorias de ultrajado, se dejó caer en el abismo de la desesperación que alcanzó los lindes de su existencia hasta el más nimio rincón. Trabajo, familia, amigos, proyectos, pasatiempos, conflictos. Todo fue devorado por el vórtice de la herida que se abría para devorarlo entero a él también. "Pero todo esto es sólo lo exterior", se alentó y así resistió débilmente. Una mañana de domingo lo despertó una idea que lo hizo estremecerse. Acudió al sitio de depósito de su correspondencia por primera vez después del rompimiento. Metió la mano temiendo encontrar la muerte en el vacío. Pero tocó un paquete. Llorando de agradecimiento, lo abrazó sintiendo su corazón exaltado latir contra él. Buscó una banca y se acomodó para la revelación. Su ansiedad fue menguando al descubrir el contenido de las cien cuartillas mecanografiadas: una novela de detectives ambientada en un país ajeno continental y culturalmente. Ni un vestigio había de la vida de la autora; al menos, no de la parte exterior, circunstancial: la que el mundo eligió para nosotros. N del E.











martes, 7 de abril de 2020

Parábola del héroe

Como dijo un miembro de Steely Dan: “no es muy divertido hacer una exégesis de mi propia obra”. En verdad, ¿de qué sirve el arte si el mismo artista debe explicárnoslo después? Por otro lado, ¿no es tentador y hasta justo averiguar la historia encriptada en la canción que nuestra voz en cuello se ha aprendido tan fervorosamente. ¿Pero cómo hacerlo sin importunar al autor con esa trillada y odiosa pregunta? Aquí entran los Bar Songtellers, sujetos conversadores y más o menos cercanos a los músicos, que se sientan a la barra y cuentan sus anécdotas por un trago. En el declinar de un sábado charlé con uno que decía conocer al ingeniero de sonido que trabajó con una canta-autora de olvidado apogeo -como su nombre. Afines en edad y nostalgia recordamos su éxito de radio Bum me a Cigarette, Action Hero, y por un ruso blanco -o negro- abrió las arcas de su memoria ahumada de mariguana  y agrietada por las borracheras:
-Bien, lo que todos saben, si algo de atención han puesto a lo que cantaba esa chica, es que era una canción de protesta por las intervenciones de nuestro gobierno en la soberanía de otras épocas, lo cual tampoco era un secreto. Estados Unidos de América ya no se conforma con orquestar golpes de estado o desembarcos en el extranjero. Ahora vamos “en auxilio” de repúblicas y monarquías más allá de nuestro tiempo. Pasamos de Policía del Mundo a Policía de la Historia. Lo que pocos sabemos es que el padre de la autora de Action Hero era parte del proyecto Bagauda, financiado y estrechamente controlado por el Departamento de Inteligencia. Tú has oído de él. “Reyertas entre los bagaudas y el Bajo Imperio Romano”, se titulaba un artículo sobre la canción en la revista Shivers.
“El rumor no habla de los motivos, pero sostiene que un escuadrón estadounidense se infiltró entre los rebeldes bagaudas, para minar su lucha desde adentro, acelerar su derrota y permitir a los romanos concentrarse en su rechazo de los invasores germánicos. Si el plan era perpetuar la existencia del Imperio esto nunca fue especificado. El comandante del escuadrón, el famoso Ridgeway, se enamoró de una campesina y tuvieron hijos. Se separaron por primera y única vez cuando el joven oficial recibió instrucciones urgentes de adelantarse algunos años en la historia de la revuelta para localizar a los líderes en su senectud y darles muerte. Como dice mi amigo Ramón: “son lo mismo aquí y en China”. Aquellos líderes jóvenes morirían al ser asesinados los viejos por el escuadrón de Ridgeway.”
Mi interlocutor hizo aquí una pausa para ir al baño -y tal vez inhalar una línea. Volvió renovado. -Si recuerdas, a mitad de la canción “cambia” el narrador y el último de los ancianos líderes ve llegar a los hombres de Ridgeway hasta su escondite en las montañas. Sabe a lo que vienen. Se cubre el rostro y sale a la dura intemperie para recibirlos, desarmado. La anciana sirvienta del rebelde es apresada recolectando leña mientras Ridgeway interroga a su adversario. Como sólo risas apagadas le responden tras la basta tela, los hombre proceden. Ante los azules ojos inmóviles, idénticos a los del comandante, la vieja, una bruja insufrible y escandalosa, es torturada hasta la muerte. Los huesudos hombros del viejo campesino se sacuden. Pero su risa no es el colapso de su cuarteada entereza, como el joven oficial supone. Aquél se descubre el rostro y saluda familiarmente “hola, hijo”. Ridgeway se queda mudo como piedra. Ese rostro es y no es el de su padre, general condecorado y partícipe de un proyecto secreto; desertor de su misión por asumir seriamente el papel que sólo debía interpretar. Ridgeway está dividido entre el hijo y el militar, pero sólo por un instante. Como el relámpago, desenfunda su láser y asesina a todo su escuadrón. Su padre sigue riendo cuando le dice “bien hecho, muchacho, ahora ve a reunirte con tu familia... si puedes”. Un horrible presentimiento lo hace volver apresuradamente a los primeros años de la lucha. Su amada campesina ha muerto “aquí y en china”, torturada y asesinada por sus propios hombres, envejecida junto a un Ridgeway hecho auténtico líder rebelde. Años antes el general había muerto de una enfermedad contra la que su moderno sistema inmunológico no tenía defensas desarrolladas.
“Pero, como sabes, la canción finaliza optimista; si se puede decir así. El joven sospechó que el anciano no reía saboreando la sorpresa y el dolor que le esperaban porque siendo tú mismo el asesino de la mujer que amas no hay venganza ni satisfacción posibles. Por lo tanto, ¿era posible que aquel viejo ya no amara a la madre de sus hijos y en todos aquellos años se hubiera hartado de ella igual que el joven lo hizo en los pocos minutos antes de matarla? Sabía que la locura lo consumiría hasta la muerte si no volvía para interrogarse en ese futuro que había dejado atrás. Se las arregló para volver, pero esta vez se encontró con su hijo mayor, un joven musculoso que reconoció a uno de los asesinos de su madre…”
Hubo de interrumpirse súbitamente cuando desde la puerta del bar alguien, recuperando el aliento, le avisó que un tal Joe Daddy venía por él. Al levantarse, su taburete cayó derribando otro asiento. Corrió a hacia la salida de emergencia rodeando las mesas circulares y, según me enteré, no volvió sino más de dos meses después.

viernes, 3 de abril de 2020

La tercera en discordia más peligrosa es la que no se oculta porque no puedes verla.
Su presencia intangible se interpone entre nosotros como la distancia entre dos mundos.
Me distrae de lo que dices y me aburre de ti.
No es la penumbra propiciadora del romance y la intimidad.
No es que se vaya cuando tú llegas y su sombra se retira hasta mi pecho oprimido.
Cuando enciendes la luz de mi casa ella desaparece afuera, pero sigue estando adentro. 
La luna palidece radiante frente al sol y ella está más presente cuando más te acercas.
Su corazón es la isla de mi tamaño exacto, desde donde contemplo nuestro naufragio…

                                                                               La soledad, tú y yo.

domingo, 22 de marzo de 2020

Madrugada

-No puedo dormir, madre. Afuera hay tres señores posados en el cable del telégrafo.
-Que no te engañen sus sombreros y su paraguas negros. Son meros disfraces.
-Si no son hombres, ¿qué son?
-Solo una pesadilla. Vuelve a despertar.

jueves, 13 de febrero de 2020

Sin título

Un joven desesperado acudió con  un médico.
-¡Doctor, soy alérgico a la mujer que amo!
Tras un minucioso examen, el médico llegó a una conclusión:
-Sólo quedan dos alternativas: vivir con ella sobrellevando la intoxicación y los escozores o bien...
-¿Abandonarla? ¡Jamás!
-No me interrumpa. Diríjase a esta dirección si lo desea, pero aténgase a las consecuencias.
El joven se presentó en una casucha situada en lo recóndito de un arrabal. Lo escuchó una anciana indiferente que dictaminó:
-Es simple: hay que convertir a su prometida en algo distinto. Piense en algo que ambos necesiten.
El joven volvió al consultorio médico más desesperado que antes. 
-¡Doctor, la bruja convirtió a mi mujer en una linda casa y ahora cualquier vecino entra por su puerta trasera!
-Pues usted ha corrido con suerte. La mala salud de mi esposa y mi incapacidad para curarla me llevaron a pedir que la convirtiera en una fortaleza, y ahora sus amantes la asedian noche y día. 
Un viejo intendente que los escuchaba les habló con una sonrisa siniestra:
-Los dos son unos tristes novatos. La bruja convirtió a mi vieja en un cepillo de dientes. ¡Y ahora sólo yo la uso!

lunes, 27 de enero de 2020

Mirar de reojo

Dios periodista informa que Dios creador codició a la mujer de su prójimo.

Ninguno de los dioses se atreve a dudar de la veracidad de la noticia (el profesionalismo de Dios periodista es intachable), ni tampoco a arrojar la primera piedra: el pecado era inevitable, debido a la omnividencia del transgresor y a la excesiva higiene de Betsabé.

Se ignora a cuál prójimo pertenecía aquella mujer.

jueves, 26 de diciembre de 2019

Schopenhauer para niños.

                                                                      Catedrático                                                                                                                            (beodo)

          A ver, güeyes, ¿quién me describe el silencio? Ta cabrón, ¿edá? Tonces, cállensen y sientensen, como dijo el alemán… ¡hip! El chico de atrás, páseme al frente, pinche platicón. 

        Ora que meditaba yo sobre el origen de la filosofía, concluí que no derivó de la ciencia, como dicen. La filosofía deriva del desempleo. ¿Cómo iba yo a entregarme a estas reflexiones filosóficas sino estando cesado? El buen Diógenes de Sínope no andaba por las calles soltando vigas como teporocho por convicción filosófica. La neta era que lo habían corrido de cuanta chamba había tenido. Era tan güevón que cuando alguien le ofreció un chingo de varo, con tal de no levantar la mano pa´ recibirlo, mejor dijo: “lo aceptaré si me garantizas que viviré mañana para gastarlo”. ¿Y quién iba a atreverse a garantizar tal cosa con el estilo de vida que llevaba este cabrón? Tons, al día siguiente se despertó, se rascó las talegas y al ver que seguía vivito exclamó para sí: “¡Pendejo!”

         La filosofía, pues, la fundó el desocupado. Pero no es lo mismo no hallar jale que no querer hallarlo. Para esa bola de ociosos que fueron los filósofos de la antigua Grecia había tiempo de sobra para discutir por mamadas. Tenían la barriga llena pero no había redes sociales y se aburrían tanto que para pasar el rato ¡se ponían a leer! ¡Libros! Como resultado se pusieron a buscarle tres pies al gato y nos legaron circunloquios como “yo sólo sé que no sé nada”, cuya doble negación bien puede que sea un vicio gramatical o una traducción fiel, en cuyo caso la expresión es intencionalmente afirmativa y el autor de la misma insinuaba ser una reata omnisapiente. Mas históricamente se interpreta como “yo sólo sé que nada sé”, lo cual significa “si digo alguna pendejada no se me llamará pendejo sino sabio pues he reconocido de antemano que no sé una chingada”. Por ésta y otras aportaciones, nuestra civilización está en deuda con los pinches griegos. Gracias a sus pathos tenemos la demagogia, y gracias a la catarsis de sus tragedias hoy nos emocionamos con las telenovelas y nos da mucho pinche gusto cuando meten al tambo a la estúpida babosa de la villana, perra maldita, que le quemó el jacal a los abuelitos de la pobre María Escapulario. ¡Ojalá que se pudra ahí! Arquímedes dijo “denme un punto de apoyo y moveré al mundo”. Así, mi compadre el mantenido puede decir “denme un güey botón y no me moveré del puto sillón”. Total, que gracias a tales mentes brillantes podemos solazarnos con las pendejadas de youtube así como mandar mensajes de texto mientras manejamos un coche. Y a los pinches romanos debemos no sólo el asimilar y legarnos el saber griego, sino también su propia afición a los putazos y la sangre, de modo que hoy disfrutamos tanto el cine gore como algunos deportes de contacto.

          Pero volviendo a los griegos, se dice que, lejos de estar tan buenotes como sus esculturas de soldados o sus frescos de heteras, eran feos con “f” de “fundillo”. Pero eran tan visionarios que se retrataron como querían que los del futuro los viéranos. Así que eso aprendánsen esto: la historia es la idealización de los sucesos y sus actores. ¿Si no por qué hablaban así de? “o sea, nuestras flechas cubrirán el sol, papá”, “¿ah, sí?, pues pelearemos a la sombra, mi rey…” O sea… ¡No mamen! ¿Cómo unos pinches asesinos jediondos, hijos de la riata van a decirse de mariconadas antes de los madrazos? Si algo se dijeron habrá sido “te voy a romper los dientes”, y “entonces me pondrás El Chimuelo…”. Ni que los hubiera acogido bajo su sobaco el mismísimo Aristóteles, quien aconsejó al pinche Alejandro Mango “trata a los griegos como amigos y familiares, y a los bárbaros como a animales y plantas”; por eso lo halló mandando a un tal Filotas a que se lanzara por las guamas sin clavarse el vuelto, como si fuera su carnalillo, mientras recogía las cacas de un esclavo en su mansión de Babilonia.

           La historia no es justa, pues. Déjenme hacerle justicia a un carnal, que como único legado nos dejó una paradoja que se convertiría en una expresión coloquial muy común. Llamábase Empínocles. Su padre fue un carnicero transa que cuando le pedías veinte pesos de chistorra los ponía en la balanza y te salía con la clásica mamada de “se pasó con diez, amigo, ¿no le hace? -de ahí la expresión “pasarse de verga”. Cuenta una anécdota que Zenón de Elea invitó a su cantón a varios filosos, como ellos mismos se decían de cariño, entre los que figuraba el mentado Empínocles. Ese día se discutían temas elevados y profundos, como por ejemplo: ¿por qué la imagen es cuadrada si el lente de la cámara es redondo?, ¿por qué las tortillas son más amarillas entre más cal les echen y más blancas entre más maíz tengan?; ¿Por qué se le dice “trono” a la taza del baño?, ¿será porque por entonces, igual que ahoy, era un lujo de reyes no tener que hacer de aguilita entre el zacate?; pero sobre todo, ¿qué es mejor, una nalgona despechugada o una pechugona desnalgada?” Pues sepan, estudiambres, que nuestros arcaicos maestros ya habían advertido que nuestro Padre a veces no le atina a la proporción del barro al amasar a la mujer. Claro que lo de ellos lo de ellos no eran las viejas. Las montaban porque no había de otra para procrear soldados y nomás se fijaban en el cuerpo femenino pa´ dos cosas: para hacer maniquíes de mármol, a los que ahora les dicen esculturas, y para criticarlo en sus comidillas. ¡Porque a ellos les gustaban los hombres, chingao! 

          El asunto es que en esta reunión enunció Zenón aquello que reza: “ser naco es ser chido, ergo es chido ser naco”. Pa que wachen, lo adelantados que estaban. Ellos te manejaban el latín porque podían prever qué lengua se impondría. Total, que todos aplaudían a las palabras de Zenón, excepto Empínocles que meditaba sabiamente: “ssschiale, si las ocurrencias de este güey se les hacen la gran verija, ¿por qué he de quedarme yo atrás?” Ni tardo ni perezoso se levantó de su asiento e hizo sonar su copa como si fuera a hacer un brindis por la quinciañera. Cuando tuvo la atención general puso cara de concentración. Todos estaban expectantes por lo que emitiría, y lo que emitió, inclinándose de ladito, fue la ventosidad más aguda, prolongada y escalada que alguien se hubiera atrevido a soltar en un banquete. Algunos dijeron que sonó como si un gato se desinflara, otros más elocuentes dijeron que se le salió un pedacito de psyche; pero todos coinciden en que, siendo pedo de filósofo, sonó a interrogación. Imaginen el bochorno y la confusión de aquellos sabios maestros. En medio de su aturdimiento se pusieron a buscar alguna frase chingona para hacer frente con ingenio a las marranadas de aquel cabrón, pues ninguno olvidó que la historia estaba tomando nota. Pero lo mejor con que pudo salir uno de ellos en ese momento, con el cerebro embotado y la nariz arrugada, fue: “¿te echaste uno?” Lo que equivale a preguntarle al recién llegado “¿ya llegastes?” No obstante, aún se debate sobre la auténtica intención de esta pregunta. Pues bien pudo ser que inquiriera “¿fue sólo uno, o una sucesión de ellos magistralmente ligados como notas musicales?” Empínocles se explicó entonces: 
          “No se sientan agraviados, queridos hermanos. Este airecillo del dios Flatos lo he dejado ir para comprobar si me pertenecía. Pero dado que no volvió a mí, mío no es. Quizá se lo aventó Empédocles” 
          Al momento se pusieron todos de pie para rendirle pleitesía y reconocerlo como sabio chingón, doctor honoris causa, se lumen proferre, y cuanta mamada rimbombante en latín se les vino a la mente. Y así, desde entonces, cuando alguien quiere desligarse de alguna bronca nomás dice “ese no es mi pedo”. 

      Mas no fue éste el único legado del buen Empínocles. Incidentalmente sentó el precedente del estereotipo del genio incomprendido. O sea que cada vez que algún pinche loco se orina en una mesa, rompe algo en casa ajena o hace cualquier tipo de desmadre y alguien dice “pinche loco” hay otro que responde “no, no entiendes, ¡él es un genio!, un artista radical y atormentado; nuestras acartonadas normas sociales no encajan en sus complejos esquemas de pensamiento, se supone que haga chingaderas…” Al menos en nuestro hemisferio occidental, claro está. Los “bárbaros” no la hacían tanto de emoción. Cuentan que en Córdoba, Veracruz, el célebre filósofo médico matemático astrónomo químico biólogo parasitólogo árabe Amar Mahamar -castellanizado como Avorazado-, fumaba shisha en compañía de sus contertulios cuando se sorrajó uno que sonó a derrumbe. "Al derrumbe de la poca vergüenza y los más elementales modales", refirió en sus memorias uno de los agraviados. Ante la contrariedad de los presentes, aquél sólo dijo: “sorry, creí que no se escucharía. Ji. ji”. 

      Y hablando de pinches locos, vamos a saltarnos algunos siglos en la historia de la filosofía, pasando sobre la receta del maimón de Maimónides y las monadas de Leibniz. Les hablaré de alguien conocido en el bajo mundo de la filosofía como Niche. Éste fue otro de esos genios controversiales que hubieran subido el rating de un talk show porque desde puberto era problemático el cabrón. Se matriculó en pomología y se salió cuando descubrió que nada tenía que ver el estudio del pomo. Intelectuales de todas la épocas se han visto divididos en torno a la polémica que su pensamiento causó: algunos dicen que fue el último gran pensador; otros, que era un pobre pendejo, como él mismo lo reconoció . El asunto es que dedicó su vida a escribir pendejadas en vez de hacerlas. Y no hablo de defender a un pinche caballo ni a salir a la calle en plena luz del día con una lámpara encendida, imitando al pinche Diógenes en su pregón de “ando en busca de un hombre”; costumbrita que se le acabó, por cierto, cuando un día le cayó Oscar Wilde así de “¡ay, ya somos dos!” 

       Seguidor de Schupenberguen, el Niche fue uno de esos pensadores, como Erasmo Catarino de Rotterdam, que usó su inteligencia y erudicción para autocompadecerse y llorar como nena porque el mundo estaba como sigue estando. Pero también fue generoso y muy altruista, así que tuvo la gentileza de legarnos sus grandes ideas en libros como “Eshe homie” y “¡Zarathustra habla aaaaaaaasííííííí´!”. También se sabe que dejó unas memorias inconclusas sobre su vida sexual que titularía “Sin novedad en el frente”. Una vez se pasó de veras en una entrevista donde, nomás por quedar bien con la periodista, dijo que él era más importante para los jóvenes que John Lennon. Esto fue antes de decir que el Rock estaba muerto. Cuentan que el origen de esta sentencia se originó una noche en que salió de juerga con el Wagner, su milky brother. Salían los dos de un congal donde las rolas estaban a diez pesos y la cubeta a doscientos con un privado de cortesía. El Wagner, al ver el estado del otro le dijo: “tás bien destruido, ca’ón, dame las riendas, yo manejo”. Y el pinche Niche rejego: “¡nicht!” Y el Wagner, no lo conociera, mejor pa’ no discutir le cedió el lugar en el pescante. “Igual y con el airecito se espabila”, pensó el alma de Dios. Pero el Niche venía inspirado por el alcohol y de pronto le salió al Wagner con una de sus ideas: “hay que llevarle serenata a mi prima, la Jenny”. Ante la negativa del Richard no pararon de alegar en todo el camino, forcejeando con las riendas. ¿Resultado? Ahí está el coche embarrado en una glorieta, los caballos desbocados y el Wagner cagando al Niche mientras éste guacareaba en un pirul: “¡hijo de la chingada… te dije que estabas hasta el culo…!” El otro disculpándose entre guacareada y guacareada: “perdón, we… eh, we, eh, ¿me perdonas, we?” Y el Wagner “¡no, que perdón ni que mis aguacates, ira nomás… el pinche carruaje… y la pinche trulla!” Y que la pinche tenencia, que dizque ya no iba a cobrarse… pero le subieron al control vehicular pa’ compensar… y sabe qué tanto rezongaba el Richi. Pero ora que me acuerdo, a estos batos les daba por hablar inglés gabacho cuando andaban briagos, igual a los deportados de Los Ángeles que regresan hablando como si todavía anduvieran con su pandilla de hood. Total, imagínensen al Wagner bien emputado y así de “ you crazy cocksucka moda foca, what´s wrong with ya, fool?” Y el Niche así de “chill out, broda; just relax, jou; everything cool”. “Don´t fucking tell me to chill out, nigga; you fucking superweirdo!” “Wooh, wooh, wooh! Don´t fuck me with that shit, dog. I warn ya. Just be cool, all right?” “Don´t fuckin ‘wooh, wooh’ me, jou…!” Pa’ acabar pronto, se estuvieron diciendo de mariconadas al más puro estilo de Holywood, repitiendo las mismas tarugadas que llenan el repertorio de vigas gabachas. Y en eso que les cae el tránsato y los estatales. El Wagner, acá a la discreta, le dijo al tamarindo: “la neta, mi poli, arréglese con él; yo le dije que no manejara pero estuvo mame y mame…” Leal y nada rajón el Wagner. Pero cuando les aplicaron el alcoholímetro el que salió ganador, o sea el de mayor puntaje, fue el pinche Wagner. “¿Cómo vergas?”, se preguntó, sintiéndola adentro. “Si el que viene cayéndose de pedo es Niche”. Pero sepan ustedes que éste era pedo de mecha corta. Por la tarde se había tomado un rompope que en la noche se le cruzó con un sorbito de calimocho. Ante la evidencia, el transi le preguntó: “usted que ha bebido menos que este pinche borracho dígame ¿quién le dio tequila San Matías a los caballos que se quedaron ciegos?” Y Niche y su dedote acusador: “¡ese puto!” -o sea Wagner. Y que me lo trepan a la julia, o sea la carroza municipal. Saldo de esa noche: alármala de tos o tribunazo, como dicen en Aguascalientes, y el encabezado IBAN HECHOS LA CABALGATA DE LAS VALQUIRIAS; sabadazo en el Torito pa’l Wagner y corralón pa su carruaje. Aparte, los caballos le costaron un güevo de la cara porque nomás los llevó a que les cambiaran los ojos pero el pinche mecánico acomedido les puso herraduras cromadas y radiador nuevo. “¿Pero pa’ qué fregados radiador si nunca han usado?” “Por eso, mein valedor, ora ya tienen (silbidito)”. No, no, no, no, no. Pa qué les digo que el Wagner no le volvió a hablar a aquél en lo que le restó de vida.

       Si lo pesamos mejor, fue mejor que el Niche se limitara a escribir y a sentar uno de los cimientos del nazismo -ya fuera con o sin la ayuda de su carnala. Porque si actuaba acorde a sus ideas, capaz que alguien, aparte de Hitler, lo usaba para crear algo todavía peor: como el cristianismo. Cabe, pues, la posibilidad de que Niche no estuviera tan güey como parecía y previó aquello al recordar lo que, según él, le pasó a Jesucristo: que el oportunista ese, el de la Risa en Vacaciones, lo usó como mártir de su causa nacionalista y así fundó la religión cristiana. 

      Con esto concluimos, pinches goliardos. Y para los que me piden que discutamos a Ortega y Gasset: vayan ustedes a hablar de reguetoneros a la hora del recreo... A ver, Avendaño, comparta sus cuchicheos con el resto del grupo. Han de estar más interesantes que mi pinche clase. ¿Andan con sus jetas porque los reprobé? ¿Y por qué creen que los reprobé? ¿Se creen que es por venganza? ¿Creen que cuando los repruebo me vengo? Acúsenme con el rector. Convoquen a junta de padres. ¿De qué me van a acusar? ¿De venir a cumplir aunque venga… indispuesto? ¡Que quede claro que no estoy pedo! Soy un niño.

Desengaño

Nada más fácil para enamorar a alguien que haber sufrido mucho o, al menos, aparentarlo. Solemos confundir el amor con la caridad. Sólo debe...